OPINIÓN

Guerra Rusia-Ucrania | La diferencia entre unos refugiados y otros

El veloz despliegue de la ayuda humanitaria para los ucranianos prueba que sí se puede combatir con el flagelo de la inmigración que, durante décadas, el primer mundo obstaculizó.

El mundo se va acostumbrando ya a las imágenes de destrucción que llegan de Ucrania, porque de los combates en sí, tal como se los concibe en el ideario popular, poco y nada. Ni las apariciones mediáticas de Volodímir Zelensky ni los brulotes en distintos idiomas contra Vladimir Putín van a poner fin, en lo inmediato, a los bombardeos contra las ciudades ucranianas.

Esa meta, en una hipotética negociación de paz en Turquía o en cualquier lugar del globo, llegará recién cuando Joe Biden y el departamento de Estado empoderen al primer humorista de la nación ucraniana para poder cerrar un acuerdo con Moscú. Nunca antes.

En tanto los horrores del conflicto están ahí. Van drenando hacia occidente con la velocidad de los misiles y la ayuda humanitaria desplegada en tiempo récord por los países de la Unión Europea (UE), ONGs y múltiples aprestos individuales, que no sólo se los saluda y aplaude sino que dejan al desnudo la cuota xenófoba con la que se han diseñado algunas políticas por estos lados, aún en el siglo XXI.

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El veloz despliegue de la ayuda humanitaria para los millones de ucranianos que salieron de su país con lo puesto aparece como la prueba fidedigna de que sí se puede combatir con premura el flagelo de la inmigración que, durante décadas, el denominado primer mundo, obstaculizó y combatió, con el mismo ahínco con el que no se logra despejar el tufo racista a la hora de actuar.

Los 27 países de la Unión Europea (UE), rápidos de reflejos esta vez, aplicaron la Directiva de Protección Temporal, diseñada como consecuencia de los efectos de la guerra en la ex Yugoslavia e inaugurada ahora, con la legión de ucranianos obligados por las circunstancias a huir de sus casas. Cerca de cuatro millones de personas abandonaron Ucrania desde que comenzó la guerra y ya están en condiciones de acceder al permiso de residencia en tiempo récord, vivienda, educación y medicina pública, sin pasar por el siempre dificultoso proceso de lograr la residencia o el asilo político.

Así como la reacción de la UE se inscribe dentro de lo políticamente correcto, queda al desnudo la cerrazón, las trabas burocráticas, las excusas o la escenificación del purgatorio que Europa supo levantar para todos aquellos refugiados africanos, sirios, iraquíes, afganos que tratan de ponerse a salvo o mejorar su condición de vida en el denominado primer mundo después de atravesar peligros similares al de los ucranianos.

Abundan la literatura y las imágenes en las costas del mediterráneo o, sin ir más lejos, en las fronteras entre Polonia y Bielorrusia viendo a familias enteras de refugiados padeciendo en campamentos parecidos a campos de concentración o descubriendo a guardias fronterizos o policías costeras en distintas lenguas aplicar los manuales de la xenofobia más ramplona.

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Sin ir más lejos, Polonia, que desde hace más de un mes recibe a los ucranianos como se recibe a los hermanos, casi se traba en un conflicto de proporciones con Bielorrusia, al punto tal de tabicar su frontera para impedir la llegada de sirios y afganos. Miles de personas de distintas nacionalidades, sexo y edades, perecieron en las aguas o en las garras de las mafias dedicadas al tráfico de personas en alta mar. Sin que las autoridades europeas decidan coordinar un esquema de rescate en sus aguas territoriales.

De paso se podría hacer un paneo por la frontera entre México y Estados Unidos (otro actor del conflicto), para darnos cuenta de que el árbol del narcotráfico, desatado con toda la furia, no puede tapar ese bosque tupido de un drama humanitario que lleva décadas, con miles de centroamericanos y antillanos, intentando cruzar el rio Bravo y hasta perdiendo a sus hijos y diezmando familias en el trámite.

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), 82,4 millones de personas se encontraban desplazadas por la fuerza, según las cifras recabadas hasta el 2020. Hoy ese número se estima muy superior.

¿Cuál es la diferencia entre un eslavo y un africano a la hora de poblar esas estadísticas? ¿Cuál es la diferencia de haber nacido en Kiev o en Damasco? ¿Reza más y mejor un católico ortodoxo que un musulmán? ¿Por qué las urgencias y los peligros de cierto patrón racial priman en la consideración de las autoridades ante los ciudadanos que llegan de Medio Oriente, África u otras partes de Asia?

Huelgan las respuestas. Y ya que los 27 están metidos de lleno en el asunto de la auda humanitaria como nunca antes desde el final de la segunda guerra mundial, sería auspicioso para la humanidad, que Europa abandone definitivamente las políticas represivas para aquellos desesperados refugiados de otras partes del mundo, justo en este momento histórico donde los conflictos armados, muchas veces generados por los países centrales o por intereses inconfesables, siguen a la orden del día. ¿Y por qué no? Esa también podría ser una política puntual de ese orden mundial que entre pandemias y a sangre y fuego se viene pergeñando.

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