Enfoque

Frente al riesgo de nuevas estrategias de polarización

Las dos grandes coaliciones que protagonizan la competencia electoral a nivel nacional, una vez más, comparten una misma estrategia, con objetivos diversos, aunque en el fondo convergentes. Tanto en uno como en otro de los extremos del arco político, apenas una docena de dirigentes, todos ellos supervivientes de los últimos gobiernos, vuelven a agitar el fantasma de la crisis y la idea de que el sistema político afronta hoy una elección crucial, acaso la más importante desde los comienzos de la transición democrática en 1983.

La retórica vuelve a ser la misma de siempre. Agita viejos miedos y fantasmas y trata de convocar reacciones defensivas, fundadas en una suerte de guerra a muerte, frente a la que no caben terceras o cuartas alternativas. Todo o nada, ahora o nunca, ellos o nosotros. Se sobrecarga asó al extremo la usina de la crispación, buscando escenarios de polarización extrema. Se trata de llevar las expectativas de la sociedad a una visión surrealista, desnaturalizando la realidad propia de una elección intermedia, en la que ningún dato real permite hasta ahora avizorar resultados que puedan alterar el empate político que, desde hace ya tiempo, viene paralizando la evolución lógica y natural del sistema del sistema político.

Cualquier encuesta seria permite hoy por hoy prever un avance del oficialismo en Diputados, balanceado por un avance opositor en el Senado. Si bien se trata de un equilibrio inestable, que bien puede ser alterado por alguna combinación inesperada de alianzas y candidaturas, lo cierto es que, los posibles resultados medidos ya sea en votos o en escaños parlamentarios, apenas alteraran ese equilibrio de fuerzas, en un contexto institucional mucho más robusto que el de la casi totalidad de los países de América Latina.

Basta ver las conmociones que sacuden a Colombia, Perú y Ecuador, la inestabilidad profunda que aqueja a México y Brasil o la efervescencia imprevisible de Chile, para concluir que, a pesar de sus dificultades y bloqueos, el sistema democrático argentino funciona. Con problemas mas que evidentes de participación, representación, inclusión y legitimación social, pero, con una capacidad para administrar y resolver los conflictos actuales, superior incluso a la de muchas democracias establecidas.

De allí la preocupación que vuelve a suscitas la escalada de la política tradicional por recrear nuevos escenarios de polarización. Consta el nivel de polarización de la clase política. Sin embargo, no esta tan claro hasta qué punto esta polarización de la lucha política desborda hacia otros ámbitos de la vida social. Sabemos poco o nada acerca del grado en que la política de la crispación ha comprometido al tejido vital de valores, convicciones, expectativas y opciones personales de la gente común.

S bien son evidentes los avances del extremismo ideológico y la polarización electoral, no parece nada claro que hayan sido suficientes para desencadenar efectos de polarización afectiva del tipo de la que ha eclosionado en la mayoría de las democracias actuales.

En las encuestas de cultura política de los últimos meses, parece ya muy claro el sentido final de los alineamientos político-electorales, las afinidades partidarias e incluso las intenciones de voto hacia las próximas elecciones. Todo puede modificarse en función de las candidaturas o de la llegada de alguno de los "cisnes negros", desatados por la Pandemia. Sin embargo , vuelven a ser muy poco claros cuales son los temas divisorios (dividing issues) . Mas de 8 de cada diez argentinos se declaran independientes de cualquier opción política permanente. Aun reconociendo una afinidad política o una conducta electoral recurrente, los encuestados subrayan con orgullo una posición de independencia absoluta.

Frente a este nivel de autonomía, la política solo parece contar con el recurso elemental de las candidaturas, esperando que figuras nuevas puedan alterar con su sola presencia, sin ideas ni propuestas, el escepticismo básico de una ciudadanía indignada y convencido de que la política puede aportar a la solución de los grandes y pequeños problemas de todos los días. Bajo estas condiciones, es muy poco probable que nuevas candidaturas vuelvan a despertar nuevos sentimientos. En el mejor de los casos, pueden llegar a operar como "pruebas de vida" -más bien de supervivencia- de partidos agotados en sus funciones clásicas de representación y canalización de las energías colectivas.

En este contexto, al menos en el corto plazo de las próximas elecciones, solo cabe esperar de la política mas de lo mismo. Es decir, más polarización en su dimensión de extremismo ideológico, forzado desde la demanda por sectores minúsculos de uno u otro signo, aunque muy activos en la pugna distributiva. Paralelamente cabe esperar igual presión de un extremismo ideológico planteado desde la oferta por una política entendida como instrumento de lo que los años 70' se denominaba "aceleración de las contradicciones". El riesgo viene pues de minorías extremistas que buscan reflejar a otras minorías igualmente extremas, amplificadas por el espejo de por los medios de comunicación, casi sin excepción volcados a alentar la revolución de expectativas.

Los nuevos liderazgos democráticos son liderazgos fríos y es natural que acumulen más juicios negativos que positivos. Nadie sentirá un impulso afectivo del tipo del que fueron capaces de desencadenar los grandes liderazgos fundacionales de otros tiempos. De allí lo efímero de sus cifras de aprobación de desempeño -Macri o Fernández ofrecen ejemplos paradigmáticos en este sentido- . Es algo natural y en gran medida común a todas las democracias. Lo nuevo es que tampoco existen temas y motivos que despierten polarizaciones afectivas del tipo de las que dinamizaron la tradición política de los dos últimos siglos.

No serán entonces los candidatos ni los temas del político los que bastarán para volver a polarizar a una sociedad cada vez más autónoma y, en el mejor sentido de la expresión, desencantada. Serán mas bien los discursos del miedo, las falacias, la prepotencia y las provocaciones exacerbadas de los nuevos profesionales de la crispación colectiva. Una amenaza que, una vez más, habrá que conjurar desde una actitud de alerta y salvaguarda constante de los valores y practicas de una democracia consolidada.

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