La aprobación en el Senado de la reforma laboral no es un episodio legislativo más. Es, ante todo, una demostración de fortaleza política. En un sistema fragmentado, con minorías intensas y mayorías volátiles, lograr la media sanción de una reforma estructural supone algo más que votos: implica coordinación, disciplina, capacidad de negociación y, sobre todo, control de agenda. Es una señal de gobernabilidad.
Ese dato no es menor. La Argentina viene de años en los que la debilidad política era casi un dato estructural. El segundo mandato de Cristina Kirchner (2011-2015) fue eminentemente defensivo, sin el ánimo reformista de su primer gobierno. El gobierno de Mauricio Macri vio limitado su margen de acción por la precipitada crisis financiera y el regreso del FMI al país, los cuales pusieron a su presidencia en una situación de fragilidad irreversible.

Y el del Frente de Todos es un caso saliente de dilución de la autoridad presidencial, las internas crónicas y la inacción externa.
En ese contexto, el ascenso de Milei al poder implicó no solo la impugnación del orden precedente, sino también una apuesta por quebrar el empate hegemónico de la etapa anterior, la de la grieta estructural que exasperaba a los polos opuestos pero inmovilizaba a la Argentina.
Asumiendo este espíritu refundacional, La Libertad Avanza se ha propuesto desregular y liberalizar al máximo el vínculo entre Estado, mercado y sociedad. Y lo ha hecho a través del Congreso -cuando pudo- como de decretos presidenciales.
La media sanción de la reforma laboral en el Senado es una señal de fortaleza política: el Gobierno le está diciendo al público y a los actores de poder que tras el triunfo de medio término cuenta con la musculatura suficiente para hacer pasar su programa de reformas por el Congreso. Menos decretazo, más construcción de mayorías. No es un dato menor.
La aprobación de la reforma laboral -como la reforma del sistema previsional y tributario- es una demanda histórica de los mercados, pero no necesariamente de la sociedad. De acuerdo con la última encuesta de Opina Argentina, un 50% desaprueba la propuesta de reforma de las relaciones del trabajo planteada por el oficialismo, frente a un 42% que la respalda.
En este sentido, la victoria del gobierno en el Congreso es una señal de gobernabilidad, pero la gobernabilidad es condición necesaria pero no suficiente para tener popularidad y ganar elecciones. Aprobar reformas no garantiza legitimidad social sostenida. La política ordena; la economía evalúa.
Así, los mercados festejan el afán reformista de la Casa Rosada, pero la sociedad mira de reojo y espera resultados concretos. Paradójicamente, esta significativa victoria libertaria se da en un momento en el que el modelo Milei, que podríamos simplificar con la fórmula “dólar barato+ inflación a la baja” empieza a mostrar algunas señales de preocupación.
El dólar bajo expande la capacidad de consumo de las clases medias altas que tienen la posibilidad de viajar al exterior, pero implica una amenaza para la sustentabilidad de sectores productivos que no pueden competir globalmente. El crecimiento económico muestra rasgos desparejos entre sectores, con ganadores claros y rezagados evidentes.
¿Podrá Vaca Muerta absorber todos los puestos de trabajo que se pierden en el conurbano bonaerense por la caída del consumo interno? ¿Podrá la minería cuyana y del norte compensar los empleos que se destruyen en la industria textil?
Estos interrogantes surgen en paralelo a una mayor presión inflacionaria. Es cierto que el aumento de precios ha retrocedido respecto a los picos de diciembre de 2023 y principios de 2024 -y este es uno de los grandes logros de la era Milei-, pero en los últimos meses los indicadores muestran un leve rebote de la dinámica inflacionaria.
Los datos de opinión acompañan este cambio en el clima social: en febrero, un 56% consideró que el gobierno no está solucionando el problema de la inflación (8 puntos porcentuales más de lo registrado en enero).
Entonces, recapitulemos. Victorias como las del miércoles en el Senado transmiten fortaleza política, y la fortaleza política permite administrar las tensiones sociales coyunturales. Pero el destino de este y de todos los gobiernos se juega en los resultados económicos percibidos por la sociedad.
Y si bien el oficialismo salió airoso en 2025, la moneda hacia el 2027 todavía está en el aire.
De acá a las elecciones presidenciales del año que viene, pueden imaginarse tres escenarios. Si al Gobierno le va muy bien —si consolida la estabilidad en los precios, crece de manera sostenida y logra que la mejora macroeconómica se traduzca en bienestar perceptible—, su continuidad se explicará por mérito propio. No necesitará de las falencias ajenas.
Si, por el contrario, le va muy mal —si reaparecen la inestabilidad, la erosión del poder adquisitivo y las presiones cambiarias—, la propia sociedad buscará reemplazarlo con lo que tenga a mano. La política argentina ha demostrado que cuando el deterioro es profundo, la demanda de alternancia se impone aun sin alternativas consolidadas.
Pero el escenario más interesante es el intermedio. Si al Gobierno le va regular —sin crisis, pero sin boom— sus probabilidades de continuar podrían ser altas no tanto por entusiasmo social como por ausencia de renovación en la principal fuerza opositora.
El peronismo, todavía en proceso de redefinición de liderazgo y proyecto, no ha terminado de construir una propuesta que sintetice experiencia, autocrítica y futuro, y que logre sintonizar con una sociedad que, tras largos años de crisis económica, transformaciones del mercado laboral y cambios culturales propios de la era de la híper-conectividad, poco se parece a la de hace 10 o 20 años atrás.
La aprobación de la reforma laboral, entonces, habla del presente del poder. La próxima elección hablará del balance entre resultados económicos y oferta política disponible. Gobernar con fortaleza es imprescindible. Pero en democracia, al final, lo que decide no es la capacidad de aprobar leyes sino la capacidad de convencer a una mayoría de que el rumbo mejora su vida.
¡Queremos conocerte!
Registrate sin cargo en El Cronista para una experiencia a tu medida.





















