Si miro hacia atrás, podría contar la historia de nuestra compañía a partir de los aciertos. Pero sería una historia bastante incompleta. Hace más de veinte años yo trabajaba en marketing y publicidad, pero antes había soñado con ser conductor de televisión infantil. Eso no ocurrió pero, en cambio, terminé juntándome con un grupo de amigos para intentar hacer un dibujo animado desde Argentina. Todos los “no” fueron lo primero que recibimos. Nos dijeron que no había industria, que no lo íbamos a lograr, que nos íbamos a fundir y que no invirtiéramos nuestro dinero en ese sueño.

Sin embargo, analizamos más de 600 personajes y terminamos creando el nuestro: El Payaso Plim Plim. Nos llevó cinco años producir la primera serie musical animada que se estrenó en Disney Junior en 2011. En el camino, algunas veces acertamos y muchas otras nos equivocamos.

Luego llegamos a YouTube. Y notamos que era un poco tarde: cuando desembarcamos había cientos de canales delante nuestro. Tuvimos que aprender de cero, probar, equivocarnos, corregir y volver a probar.

Hoy, después de dos décadas de iniciar ese sueño, creo que una de las cosas más difíciles de liderar una compañía no es saber siempre cuál es la decisión correcta sino tener suficientemente claro quién sos para poder decidir incluso cuando no tenés certezas. En nuestro caso, esa brújula fue el propósito.

Cuando empezamos a crear a Plim Plim queríamos hacer contenidos que entretuvieran a los chicos, pero también que los acompañaran a crecer con valores y hábitos positivos. Queríamos dejar algo en esos chicos, una semilla, acompañar a esas familias en la difícil tarea de la crianza preescolar. Después cambiaron las plataformas, las tecnologías, las audiencias y hasta nuestra manera de producir. Pero el propósito quedó. Y muchas veces, cuando no sabíamos cuál era el próximo paso, volvimos ahí, a lo que nos guiaba desde el comienzo.

Durante mucho tiempo pensé que liderar consistía principalmente en tomar buenas decisiones. Hoy creo que tiene mucho más que ver con crear las condiciones para que un equipo pueda tomar buenas decisiones incluso cuando uno no está en la sala. Eso exige estrategia, datos, procesos y tecnología. Pero también confianza, escucha activa y vínculos poderosos.

Con los años entendí que una empresa no es una máquina a la que uno simplemente le agrega recursos para obtener mejores resultados. Es un sistema vivo. Y que muchas veces aquello que desde afuera parece un problema de negocio es, en el fondo, un problema de confianza, comunicación o sentido.

El propósito, entonces, no es una frase que una compañía escribe en una pared. Tampoco debería ser una excusa para romantizar los negocios. Tiene que servir para decidir. Para saber dónde invertir. Qué oportunidades perseguir. A cuáles decirles que no. Qué personas sumar. Qué productos construir. Qué errores estamos dispuestos a cometer y cuáles no.

Hoy aquella idea que nació entre amigos se convirtió en un negocio global. Plim Plim tiene 47,4 millones de suscriptores en YouTube y genera más de 2.000 millones de visualizaciones mensuales. Su música alcanza los 816 millones de streams, llegamos a 33 millones de hogares a través de la televisión y más de un millón de familias utilizan nuestra app para jugar. Además, el show en vivo ya convocó a 150.000 espectadores y en octubre está dando otro paso que hace algunos años parecía lejano: llegar con la primera gira teatral por Estados Unidos, con funciones en once ciudades.

A veces cuesta creer semejantes números sin perder de vista otra lectura de esa fascinante expansión: que la escala trae oportunidades, pero también una responsabilidad enorme. Porque cuanto más grande se vuelve una compañía, más caminos aparecen delante suyo. Y quizás ahí el propósito se vuelve todavía más importante.

Hoy sigo equivocándome. Sigo cambiando de opinión. Sigo aprendiendo. Pero hay algo que hoy tengo mucho más claro que cuando empezamos con Plim Plim: liderar no consiste en tener todas las respuestas sino en construir una organización que sepa para qué hace lo que hace.