OPINIÓN

¿El juicio a Cristina podría complicar el plan económico de Sergio Massa?

El pedido de una pena de 12 años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos para Cristina Kirchner por parte del fiscal Diego Luciani (que por la firmeza de su alegato adquirió una notoriedad pública inesperada) puso en tensión a la política. La vicepresidente aseguró no estar "ante un tribunal de la Constitución, sino ante un pelotón de fusilamiento mediático-judicial", galvanizando a sus seguidores que, frente a su casa de Recoleta, provocaron incidentes contra la Policía de la Ciudad.

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La Cámpora viene evaluando ahora cuáles serán los próximos pasos y hay intenciones de organizar una gran marcha (una "pueblada en todo el país" había pedido Hebe de Bonafini). Las negativas o dudas que encontraron en algunos gobernadores, intendentes o gremialistas, que por Twitter apoyaron, pero preferirían no seguir involucrándose tan estrechamente, empiezan a generar rispideces en el FdT.

Es que la organización que conducen Máximo y el "Cuervo" Larroque espera que haya una respuesta categórica y cargada de épica de todo el peronismo. Con sus palabras de ayer: "esto no es un juicio a Cristina Kirchner, es un juicio al peronismo", la propia vicepresidente buscó estimular al sistema político en este sentido, a la vez que "restarle todo el peronismo posible" a JxC, especialmente a los candidatos de centro, con capacidad para cosechar votos en ese segmento de la población. Por eso la confrontación con Rodríguez Larreta y la comparación con Macri.

En este marco de fuerte tensión (que obviamente podría exacerbarse más con la sentencia) surge la pregunta: ¿Puede la situación judicial de Cristina convertirse en un factor que entorpezca el programa económico del ministro Sergio Massa? Desde su llegada a la cartera de Economía, el Gobierno viene proponiendo una narrativa más promercado, con una agenda que por el momento sigue sin encontrar soluciones de fondo, pero al menos se realiza un diagnóstico algo más certero de los principales problemas.

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Intenta, además, aceitar el dialogo con los sectores productivos, especialmente con la Mesa de Enlace, con quien viene negociando posibles incentivos que sirvan para acelerar la venta de soja.

Es evidente que Massa cuenta con peso político propio y un margen de maniobra que no tenía Guzmán para avanzar hacia correcciones macro.

De hecho, este fin de semana nombró a Adolfo Rubinstein como secretario de Programación Económica (una especie de viceministro), para compensar sus deficiencias técnicas y que sirva de intermediario entre él y el FMI.

Rubinstein es un economista respetado por el establishment, con una visión muy crítica de lo que representa kirchnerismo en materia económica.

En síntesis, cuando el oficialismo por fin parecía alinearse políticamente detrás de un ministro de Economía e ideas más racionales (ya sea por convencimiento real o por el miedo que generaron la disparada de la inflación y el dólar), el juicio de Vialidad irrumpe para alterar la escena, con la potencialidad de sumar complicaciones (¿u oportunidades?) inesperadas.

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De mínima, Massa espera que todo este estruendo político no atente contra su programa de reducción del déficit fiscal, que los argentinos comenzarán a sentir pronto, cuando lleguen las boletas de luz, agua y gas; y de máxima, la situación podría terminar siéndole útil, para "colar" el ajuste entre tanto ruido. De hecho, si los argentinos no estuviesen hablando del juicio y sus repercusiones, los recortes en salud, educación y vivienda estarían en el centro de la atención pública.

Sin tiempo para escándalos

La primera que ahora no tiene tiempo de escandalizarse por estos temas es la propia Cristina. Pero más temprano que tarde, este ruido que "cubre" el ajuste se terminará diluyendo, al menos hasta que haya una sentencia.

La tregua interna también podría estar en riesgo. Para seguir avanzando, Massa necesita que el apoyo de la vicepresidente (al menos el apoyo tácito en forma de silencio, que fue lo máximo que pudo conseguir) continúe.

Pero en un clima de efervescencia como el actual, en el que el kirchnerismo acusa a "la derecha" de querer proscribir a Cristina, el inconformismo de aquellos que dentro de la coalición están en contra del nuevo rumbo podría crecer y la paciencia acabarse demasiado pronto. Asado no hay e impunidad para Cristina tampoco: entonces, para qué volvimos, podrían preguntarse.

Con la susceptibilidad extra que genera el hecho de que el ajuste lo esté ejecutando la misma persona que en 2015 prometió meter presos a los corruptos del kirchnerismo. Las contradicciones y los focos de posible conflicto son múltiples.

Por otra parte, la posibilidad de lograr acuerdos con la oposición parece alejarse cada vez más. Si Massa estaba pensando en negociar con JxC (una idea que podía sonar verosímil a partir de la llegada de Rubinstein), ya sea para los proyectos de ley que enviará al Congreso o para alcanzar entendimientos más amplios, debe saber que ahora surgen mayores obstáculos.

De hecho, Cristina Kirchner y Horacio Rodríguez Larreta tuvieron un fuerte intercambio por el accionar de la Policía frente a su domicilio. La vicepresidente denunció represión y responsabilizó al jefe de gobierno, y este habló de que "las pruebas presentadas por el fiscal son realmente contundentes" y le pidió "no engendrar violencia y contribuir a la paz social".

No parece el marco ideal para negociar acuerdos. Hay otra cuestión que vincula la crisis económica con la causa que pesa contra Cristina. En momentos en los que la economía crece, los salarios le ganan a la inflación, crece el poder adquisitivo y aumenta el consumo, los argentinos nos olvidamos de la corrupción, o le asignamos a esta una menor importancia relativa. Un futbolero podría decir que, mientras el equipo gane, nadie se queja de cómo juega. "Roban, pero hacen" decían otros. En cambio, cuando la economía no brinda respuestas, la tolerancia hacia la corrupción comienza a desaparecer.

Es decir, al margen de las manifestaciones que La Cámpora logre organizar para respaldar a su jefa, la crisis y el deteriorado animo social atentan contra la posición de Cristina.

Su estrategia no se basa en una defensa jurídica sino en un planteo político, y que este repercuta en las calles. Para ello, necesita conservar la cantidad de militantes fanatizados con los recuerdos de los 12 años en los que gobernaron ella y su marido. ¿Está dispuesta, entonces, en pos de sanear la macroeconomía, avalar los ajustes de Massa y Rubinstein? Si lo hace, corre el riesgo de instalar un nuevo recuerdo: "Cristina nos ajustó y se fue".

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