Quién le pone el cascabel al gato, el desafío de toda reforma tributaria

El Gobierno se fijó en el horizonte repetir en 2018 un objetivo que ya espera cumplir este año: bajar la presión tributaria récord que tiene la Argentina. Para eso se propuso, en el comienzo de su gestión, aplicar reducciones impositivas al agro, a las pymes y a los asalariados. El sendero sigue con rebajas en impuestos provinciales como Ingresos Brutos y con la posibilidad de tributar menos Ganancias si la empresa reinvierte sus utilidades.

El objetivo de ese plan es fácil de identificar, ya que tanto los responsables del Poder Ejecutivo como los representantes del sector privado saben que es el único camino para que las empresas ganen competitividad, inviertan y generen empleo. Lo que falta discutir (y es parte de la agenda que Mauricio Macri abrirá hoy) es quien paga el costo de esta nueva ecuación.

La idea general de las iniciativas que impulsa Cambiemos (tanto a nivel nacional como en los distritos que gestiona) es que el costo de la reforma no lo paguen las empresas sino las personas con mayor capacidad contributiva. Bajo ese esquema, la provincia de Buenos Aires anunció que compensará la baja de Ingresos Brutos con una suba del impuesto Inmobiliario Rural, cuya base hace 12 años que no se toca.

El blanqueo de capitales y bienes, que fue visto como un beneficio por condonar la sanción legal de la evasión, ahora servirá para ampliar la recaudación, gracias al mayor patrimonio que admitieron tener sus beneficiarios. Y en ese marco, también volvió al ruedo gravar la renta financiera de las personas (las sociedades ya pagan), una idea que el oficialismo descartó cuando la propuso la oposición, pero que serviría para nivelar las cuentas.

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El Gobierno cree que esta medida tiene un marketing positivo, porque al ser criticada por banqueros e inversores, disuelve la idea de que Macri trabaja para los ricos. Y no le preocupa su costo, así como no lo inquieta la política de aumentos tarifarios. El problema es que también la cuestionan funcionarios y economistas amigos, con lo cual su aprobación lo alejaría de la racionalidad a la que tanto se abraza para diferenciarse del pasado populista.

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