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El sector público: inflación y asignación de recursos

El sector público: inflación y asignación de recursos

Acerca del sector público, se suele resaltar el influjo del fuerte déficit (vgr., con un ajuste de método, más del 5% de déficit primario en 2015) en la inflación. Aquel ejerce dominancia sobre el Banco Central, y lo hace incurrir en dinero pasivo para cubrir gran parte de su desequilibrio. Rebasando largamente toda visual seria de sintonía de la demanda, ese déficit pesa facilitando el régimen de alta inflación. Y, a la par, tamaño exceso minó el propio poder de acicate de la actividad del propio déficit.
Pero, tanto o más importante que el crucial nexo alto déficit público-alta inflación, luce el incordio en materia de asignación de recursos productivos asociado a la desorbitancia relativa del gasto público global en el PIB. Fue notable la expansión participativa del gasto en la última década larga (unos 14/15 puntos), sobre todo durante los años recientes, dado un Estado erigido en empleador de última instancia (mientras el sector privado dejaba de crear empleo por la estrategia en boga). La inversión bajó incidencia en el gasto público total.
Ocurre que, por su naturaleza -su textura dominante y el tenor de sus aplicaciones asignativas básicas-, el sector público, y su gasto, tienden a ser una variable típicamente situable en el orbe no transable. No se discute en modo alguno el rol conductor general de la economía por parte del Estado, por ejemplo, marcando las señales clave de una estrategia neodesarrollista, ni determinadas funciones sociales, ni cosa parecida; sí, se alude al fastidio asignativo que genera su sobredimensionamiento, que instala el espejismo de un estado cuasiescandinavo en un país subdesarrollado, y que acciona con baja productividad.
Este exagerado nivel del gasto público para una economía aún subdesarrollada, más allá del déficit y la inflación, supone una poderosa distorsión asignativa-productiva. Dimana de allí una apremiante presión fiscal formal e informal. Tratándose de una variable esencialmente no transable, su carga, en principio, molesta especialmente al sector productor de transables (aunque hasta los propios trabajadores deban contribuir), perfilándose un excesivo nivel de gasto público global medido en dólares, reforzado habitualmente por las mórbidas políticas de ancla cambiaria.
Gasto público medido en dólares elevado, bienes no transables caros en dólares, elevadas tasas de interés estimadas en dólares ante determinada rentabilidad (en dólares), son todas formas, entre otras, de reflejar el hipodólar real.
El perjuicio asignativo afín al alto gasto público en dólares, se corrige bajando el gasto en pesos, con un dólar dado; o subiendo el dólar con un gasto en pesos dado (licuándolo en dólares). Lo más lógico, es una idónea compulsa de velocidades entre ambas variables. Así, la reciente depreciación cambiaria, permitió paliar el gasto público en dólares. Pero, el partido sigue, y las velocidades comparadas decidirán en el tiempo (y si el esquema es manejable). El gasto, a su vez, tiene muchos items indexables o casi, que avivan su velocidad.
En la sensible cuestión del sector público, lo inflacionario y lo asignativo se cruzan, pero, son temas distintos. Véase una aplicación. Se suele decir que, asumido el alto déficit fiscal como una concesión a la realidad -en tanto poco cabe hacer con el gasto-, según sea su financiación: con emisión o deuda en dólares (relajando la toma de interna), aquél incitará, o no, inflación. En rigor, en el segundo caso -no inflacionario-, si se es coherente, lo implicado es que los dólares que puedan arribar en la eventualidad para costear déficit primario, no se vendan por pesos al Banco Central, sino que se vendan en el mercado libre de cambios. El riesgo es, entonces, que así se sumen la incomodidad asignativa del persistente muy alto nivel del gasto en pesos, con una no trivial presión directa hacia la apreciación cambiaria. Tales resortes coincidirían, pues, en una clara dirección de fastidio asignativo...aunque mejore la inflación.

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