Conocé a Marcela Lovegrove, la pionera del foodstyling

Conocé a Marcela Lovegrove, la pionera del foodstyling

Se formó como ecónoma, aunque empezó en la fotografía gastronómica mucho antes de que la comida y el coffee art invadieran las redes sociales. Cuáles son las claves de una experiencia que, primero, entra por los ojos.

"Los poros de la piel del pavo se ven demasiado grandes. ¿Los podés achicar”. Pedidos como ese recibió muchos a lo largo de su carrera. Marcela Lovegrove fue pionera en la Argentina del foodstyling, el oficio de presentar un plato de comida para que se vea atractivo en un libro, una aviso, un packaging o un programa de televisión. Ahora debutó del otro lado de la cámara: se sumó a El Gourmet con su programa Recetas de familia.

 

Lo apetitoso no es invisible a los ojos

Las papas fritas se deben ver crujientes. La carne, a punto. El helado, cremoso. Los muffins, esponjosos. Los tomates, como si estuvieran recién arrancados de la planta. Marcela Lovegrove es la encargada de que los alimentos que toma la cámara se vean deliciosos. La clave de su tarea no está en el sabor, sino en lo que entra por los ojos. Se convirtió en foodstylist cuando en la Argentina ni siquiera existía ese métier. Fue pionera, aprendió de sus maestros, devoró las revistas de cocina que le traía su padre cuando viajaba a los Estados Unidos. Pensó recetas y emplató comidas para brands de todo el mundo. Hizo campañas audiovisuales y gráficas, packaging de productos e identidad de marcas. Luego de convertirse en referente del estilismo de alimentos en la industria publicitaria —el campo en el que eligió trabajar—, Lovegrove dio un paso inesperado. Se puso del otro lado de la cámara. Una exalumna le comentó que El Gourmet buscaba a una mujer que no fuera chef profesional ni mediática para un nuevo programa. Lo pensó, dudó, pero decidió postularse.

Hizo una prueba en su estudio de Las Cañitas, en donde recibió a Clase Ejecutiva. Está repleto de bowls, platos, manteles y vasos. Todos hermosos, claro. ¿Su receta para el casting? Tres variaciones de papas al horno. Gustó. Quedó. Y recién entonces asumió que ya no sólo estaría en el backstage de las producciones. “Me estoy jubilando de la publicidad. De a poco, porque no puedo cortar del todo. Me gusta enseñar. Y siempre cociné para compartir. Me gusta comer rico, simple. Después de tres días de pánico, acepté este desafío que llega en una etapa especial de mi vida”, cuenta sobre la génesis de Recetas de familia, el ciclo en el que cocina tres platos por programa. Allí, evidencia su credo: “No me gusta estar mucho en la cocina ni ensuciar. No hago recetas largas. Y no me gustan los sabores complicados. Soy básica”.

 

Tenías experiencia en hacer recetas para marcas de alimentos y como cocinera amateur. ¿Fue un entrenamiento para hoy conducirun programa en El Gourmet?

Vengo de una familia donde todas las mujeres cocinaban bien. Se comía rico, rico. Pero cuando empecé a trabajar como foodstylist, noté que tenía que saber más. Hice varios cursos de gastronomía, pero no para dedicarme a eso. Con todo el respeto que merecen, nada más lejos de mí que ser chef. Nunca me interesó ser cocinera.

 

Entonces, ¿por qué dar ese paso del backstage a la conducción?

Esa era una de las cosas que me preocupaba del programa: aparentar algo que no soy. Cuando el productor me llamaba diciéndome chef, no me daba vuelta. No me siento eso. Soy una persona que toda su vida cocinó para compartir, y una de mis grandes tareas siempre fue pensar y desarrollar recetas para empresas de la industria de la alimentación. Siempre vi la cocina desde ese lado y desde el visual. Acá me tocó cocinar como en casa: siento a un nieto en un banco y le pido que me ayude, me sirvo mi vasito de vino... Me gustan las cocinas abiertas, para poder charlar con los demás.

 

Tips para food instagramers

  • Los alimentos deben tener color y forma. Para lograrlo, muchas veces la cocción debe detenerse antes del punto en el que lo comerías.
  • No es necesario que la comida esté caliente: a veces, un plato frío luce mejor.
  • Buscá los colores y tramas adecuados en vajilla y alrededores.
  • Lo más importante en la foto es la comida. Acercate al plato: los alimentos ganan con la cercanía.
  • Sé prolijo, detallista, cuidadoso.
  • Usá luz natural.
  • No te compliques, la foto debe ser simple.
  • Divertite.

 

¿Cómo llegaste a ser la pionera del foodstyling?

Cuando empecé, éramos ecónomas. El primer libro de Doña Petrona estaba ilustrado con dibujos. Luego se incluyó la fotografía en esos manuales. Pero, ¿quién iba a cocinar para todas esas fotos? En los años ‘50 había escuelas en las que, a partir de tercer año, se podía cursar Economía Doméstica: enseñaban a tejer, coser, bordar, llevar la contabilidad de la casa y cocinar. Entonces, llamaron a las ecónomas para que hicieran ese nuevo trabajo. Y así empezó este oficio... Por mi parte, empecé mirando, ya que no había de quién aprender directamente, y así detecté cómo resolvían las tomas en las revistas estadounidenses: cómo ponían la cuchara, desde dónde miraba la cámara, cómo estaba la comida. Ese fue el inicio de mi formación. Técnica, cero: mucha prueba y error. Después tuve la suerte de trabajar con muchos extranjeros que venían a filmar a Buenos Aires: me pegaba a ellos. Fueron mis grandes maestros, porque acá no había cursos.

 

Hiciste toda tu carrera en el campo de la publicidad. ¿Cuánto se diferencia esa mirada de las fotos que copan las redes sociales?

Totalmente. Soy 100 % publicitaria, siempre he vendido un producto. Quienes trabajan para revistas, libros o Instagram tienen una mirada mucho más artística de las cosas. La mía es más técnica: cuando la cámara pase por delante del bastón rebozado, éste se va a abrir y en ese momento va a caer la mozarela. ¡Necesito un montón de cosas para hacer eso! El objetivo lo pone mi cliente: una es la que viene a plasmar ese deseo del otro. Es un oficio muy exigente porque hay mucha plata puesta en una campaña.

 

¿Dirías que el secreto de tu trabajo es que no se note tu mano?

Tal cual: la comida no se ve linda así nomás. Pero hay muchos prejuicios. Algunos me dicen: “¿Por qué tenés que tocar la comida, hacerle cosas?”. Siempre respondo lo mismo: si una actriz va a pararse frente a cámara, se peina y maquilla. Para sacarle una foto a un auto que vino andando, no se le deja la tierra del camino. Si hacés una foto de decoración, acomodás la cama y no tenés las toallas en el piso. “¿La comida es de plástico?”, me preguntan. ¡No! Sí, se toca la comida con las manos porque no se cocina para comer: yo cocino para que se vea. Pero hacer foodstyling no se trata de maquillar. Cocino una carne para que por fuera tenga el color ideal para la cámara, que vos la veas y digas: “¡Qué buena, la comería!”. Y quizás por dentro está cruda...

 

¿En qué momento el oficio hizo el clic de la profesionalización?

El primer clic fue estético: lo introdujeron Martha Stewart y Donna Hay. Ellas crearon un concepto en la foto gastronómica. Antes, las cosas se contextualizaban: además del plato se ponían los cubiertos, el matel, el vaso, la jarrita de agua. Ellas rompieron ese paradigma. Hoy las imágenes son conceptuales: podés apoyar el alimento sobre una piedra o un ladrillo, no necesitás el tenedor al lado, usás ángulos inimaginados, el comensal está implícito. Más recientemente, Jamie Oliver rompió el mandato de la prolijidad con la movida beautiful imperfect: muestra fuentes sucias, manchadas, cucharas usadas que se apoyan al lado. ¡Antes eso era impensado! Claro que lo chancho, lo sucio y lo quemado está cuidado, porque hay un límite en el que eso puede generar rechazo. El secreto es sugerir la espontaneidad: a veces aparece fácil, otra veces hay que buscarla, pero siempre hay mucho trabajo detrás de las imágenes.

 

¿Cómo analizás el fenómeno foodie en las redes sociales?

Todo es un reality. En las redes sociales hay fotos divinas, y otras que no tanto. De todos modos, hacer fotos lindas de comida no te convierte en foodstylist ni en fotógrafo. Afortunadamente, hay una necesidad de saber: lo noto en los talleres que dicto. Cuando sumás conocimientos, tus alas se despliegan cada vez más. Cuando vienen a los talleres, algunos no me quieren mostrar lo que hacen. Siempre les digo que no publiquen lo que no les guste o represente. En uno de mis primeros trabajos, cuando la publicidad era análoga, es decir, estricta y exigida porque no había retoque, aprendí que las buenas fotos vienen sin explicaciones: tienen que hablar solas.

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