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Barruti: "Damos por normal vivir mal alimentados y medicados"

Es autora de los best-sellers 'Malcomidos' y 'Mala leche', donde revela el impacto de los productos ultraprocesados en la obesidad y malnutrición de los argentinos

Soledad Barruti entretiene a su hija de 9 meses con una colación y elige darle papaya. Las galletitas y los jugos ultraprocesados no ingresan a su casa. Ella es periodista, escritora y se especializa en temas vinculados a la alimentación. Su primer libro de no ficción, 'Malcomidos: cómo la industria alimentaria argentina nos está matando', fue publicado en 2013 y se convirtió rápido en un best-seller.

Recientemente presentó 'Mala leche: el supermercado como emboscada'. Tras recorrer América latina, en el libro presentó una investigación sobre la comida ultraprocesada. Ella asegura que la dieta actual se convirtió en el obstáculo más grande que debe sortear un niño para llegar sano a la adultez y un adulto, a la vejez. A su vez, advierte que hay una industria que, a pesar de las evidencias, no parece dispuesta a dar un solo paso atrás.

Foto: Antonio Pinta

¿Cómo estamos los argentinos en cuanto a la calidad de alimentos que consumimos en comparación con el resto de la región?

Creo que los problemas que afrontamos son los mismos. La industria alimentaria busca sustituir la comida casera por productos ultraprocesados. El consumo de estos alimentos es cada vez mayor y eso afecta directamente a la calidad de vida de las personas, que están cada vez más enfermas por lo que comen. Por otro lado, el problema de los agroquímicos es muy similar en toda la región latinoamericana. En Brasil, se hizo una estadística desde el Instituto Brasileiro de Defesa do Consumidor (IDEC), en la que se mostró que las personas están consumiendo 7 kilos de agroquímicos por año solamente a través de las frutas y verduras. Es una locura. Un aspecto particular de la Argentina es que, salvo en Misiones, que se mantiene una diversidad interesante, no hay más mercados. En Buenos Aires se desmanteló para hacer una avenida. Si vas a México, sí encontrás mercados. Sin estos espacios, los consumidores se terminan volcando al supermercado como el espacio de consumo predilecto.

Muchas empresas se embanderan en la sustentabilidad, pero no ofrecen productos sustentables a los consumidores. ¿Cómo ves esta tendencia?

Sustentabilidad es una palabra muy gastada. Es muy fácil para las empresas hacer un programa para dar agua a todo un pueblo, pero después te dan cosas que no necesitás consumir. Estos programas no tienen mucho sentido cuando, por otro lado, sus productos no son sustentables. Por ejemplo, para elaborar un litro de gaseosa hacen falta 14 litros de agua. Ni hablar de empresas como Arcor, que hacen golosinas y se venden al mercado como empresa de alimentos que se pueden comer desde el inicio al fin del día. Es una pésima idea dejar nuestra alimentación en manos de empresas que, a lo sumo, podrían crear buenas golosinas para momentos particulares. La comida no puede estar en manos de quienes tienen intereses de lucro.

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En septiembre pasado, la relatora especial de Naciones Unidas sobre el Derecho a la Alimentación, Hilal Elver, estuvo en el país y presentó un informe en el que manifestó que los argentinos llevan una dieta monótona (carne, leche y pan) y tienen un gran consumo de ultraprocesados. ¿Pudiste conversar con ella?

No llegué a hablar, pero me parece que los relatores especiales de Naciones Unidas son los que mejor han estudiado cuál es el problema y cuáles son las salidas. Elver hizo un estudio muy interesante que habla del uso de plaguicidas como venenos que perjudican a las personas más vulnerables. Lo ve como un asunto de Derechos Humanos. Olivier De Schutter estuvo antes que ella en el cargo e hizo uno de los informes más interesantes sobre cómo la agroecología puede dar de comer al mundo y cómo la necesitarían las personas más afectadas por el hambre para ser reincorporadas al sistema productivo. Actualmente, se están viendo a los ultraprocesados como una gran amenaza para la alimentación de la población. Además, la monotonía de la dieta en nuestro país nos juega muy en contra. No es bueno tener una dieta basada en carnes solamente.

¿El ritmo de vida de las ciudades es un obstáculo para consumir alimentos de calidad?

Vamos haciendo lo que podemos, pero es fundamental contar con políticas públicas para solucionar el problema. Hay lugares como Rosario que están buscando reacercar la comida a las ciudades. Por ejemplo, una alternativa es pensar en huertos urbanos: eso puede ser muy sustentable. El problema es que las mejores tierras se usan para seguir haciendo edificios. Vemos que las ciudades son un infierno que revienta de calor y que se las aleja de la posibilidad de producir alimentos.

Una problemática que está presente es que en 2050 habrá que alimentar 10.000 millones de personas. ¿Cómo deberíamos prepararnos? 

La FAO, que es una de las agencias de Naciones Unidas que más trabaja en agricultura, planteaba hace unos años que había que aumentar la capacidad de producción. En ese sentido, parecía que el agronegocio era el que tenía esa responsabilidad. En los últimos años se cambió ese discurso radicalmente. A partir de ciertas pruebas realizadas, las posturas se posicionaron hacia una producción razonable. El hambre volvió a aumentar en el mundo y las causas nunca son productivas. No es que se produce menos y, entonces, la gente come menos. La mayoría de las personas que padecen hambre en el mundo viven en contextos rurales, pero como no son incorporados por este sistema productivo como mano de obra, terminan siendo corridos de sus tierras. Quedan viviendo marginalmente en un sistema que sólo les da un lugar que es el de pobres, que requieren asistencia y que terminan siendo alimentados por la misma perversidad del sistema. Es un círculo vicioso.

Foto: Antonio Pinta

¿Cómo estamos, en la Argentina, en materia de políticas públicas?

La Argentina es un país que no tiene plan alimentario. No le importa a nadie lo que comen las personas. Eso se ve de una manera horrorosa porque se ven cifras de enfermedad cada vez más grandes, sobre todo en niños. En nuestro país, tenemos el récord de obesidad en menores de cinco años de toda la región. No hay nadie que esté haciendo nada sobre eso. Adolfo Rubinstein tenía un plan para armar un etiquetado frontal de ultraprocesados para que las personas identifiquen, en el supermercado, cuáles son los productos que tienen más azúcar, sal o grasas agregadas. Esta idea fue desmantelada por los intereses de la agroindustria por la idea de que hay que seguir vendiendo. La pregunta central es: ¿qué importa más: la salud de las personas o la necesidad de consumo? La falta de interés por este tema viene siendo arrastrado desde el gobierno anterior, que, en discursos oficiales, se exaltaba que somos el país que más Coca-Cola consume en el mundo como algo maravilloso y es un horror.

No estamos viendo la medicalización extrema de todos nosotros. Entre las personas de más de 45 años, todos toman remedios para la gastritis, el colesterol u otras enfermedades evitables. Estamos sosteniendo un sistema alimentario demencial con una dieta equivocada. Damos por normal que vivir medicados está bien. Después pensamos que lo importante para los chicos son los nutrientes, entonces, vamos al supermercado, buscando vitaminas y minerales, y compramos el Danonino. Está todo equivocado.

¿Hay falta de voluntad o ignorancia?

La ignorancia es enorme. Hace poco estuve en Brasil y había unos políticos trabajando por la reducción de agroquímicos. Los tipos sabían un montón. No escuché a nadie con esa preparación acá. No se lo toman en serio. Tenemos que compartir más información porque la comida no es un hecho individual, es un hecho colectivo.

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Pese a que retrocedió casilleros con relación a la anterior edición, la Argentina sigue siendo uno de los 10 países más saludables de América, según el Bloomberg Healthiest Country Index, que elabora la agencia de información financiera.

¿Qué fue lo que más te impactó de la investigación para tus libros?

La perversidad del sistema es algo que las personas no terminan de entender. Parece una cosa elitista hablar de alimentación y las personas más perjudicadas por este sistema son la que no tienen acceso a nada. Si bien todos estamos siendo mal alimentados, el embudo se da en los sectores más vulnerables. Cuando uno va a los comedores escolares de escuelas privadas se ve que tienen cierta variedad y agua en la mesa. Cuando se va a las escuelas de, por ejemplo, San Martín, se ve que está tomando jugo en sobre, comiendo arroz con alguna especie de herencia de lo que fue un pollo y gelatina con químicos. Con eso no se puede alimentar a nadie. En la Villa 31 hay gente que hace molienda de maíz y lo tiene en el fondo de la casa. Es importante mostrar a las personas el valor de estas actividades vinculadas a los alimentos.

¿Recibiste presión de parte de las empresas por el contenido de tus libros?

No de las empresas directamente, pero sí de sus adalides vestidos de profesionales de la salud. Uno de los problemas más grandes que tenemos como sociedad es que tenemos a los expertos equivocados. Recibí un montón de ataques y vapuleo a mi trabajo de personas que ni siquiera lo habían leído.

¿Cómo controlás el consumo de golosinas de tus hijos?

A mi casa no ingresan galletitas o jugos ultraprocesados. Se come lo que cocino. Me preocupa la alimentación en general.  Si mi hijo sale con un amigo y quiere comer otra cosa afuera, no hay problema.

El salmón es un pescado que se puso de moda entre los argentinos, ¿cómo repercute?

En 'Malcomidos' le dedico un capítulo enorme a este tema. El salmón es horroroso. Tenemos la amenaza fantasma en nuestro país de que van a poner en Ushuaia las mismas salmoneras que hay en Chile. Recientemente, se hizo una campaña en contra bastante grande, impulsada por varios de cocineros. Cuando yo era chica comer salmón era como comer caviar. No era masivo. Se popularizó de tal modo que, de repente, cadenas como McDonald’s lo ofrece en algunos países. Cuando uno mira el sistema productivo, se da cuenta que con el salmón hicieron algo muy parecido a lo que se hace con el pollo. Se les da antibióticos, pellets como comida para perro y colorantes para que adquieran el color rosado. También tienen que darles tranquilizantes porque son seres muy vitales y en esas jaulas no viven bien. Es toda una idea muy poco saludable. Ahora, empezamos a desayunarnos en la Argentina que no está tan bueno, pero en el mundo se sabe hace muchísimo. Cuando salí con el libro a decir que el salmón era una porquería, me dijeron de todo. Después salió el chef Christophe (Krywonis) a decir lo mismo que yo. 

Comentarios5
geiras
geiras 02/04/2019 05:56:19

Algunos datos que expresa en forma ligera NO son ciertos. Por otra parte NO es clara la exposición sobre que alimentos considera fundamentales. Mucho humo y poca ciencia

Santi Godoy
Santi Godoy 01/04/2019 11:51:01

La simp�tica influencer que encontr� un excelente nicho en vendernos libros que critican (desde Instagram) lo que no pueden cambiar. Se equivoc� de timing, hoy el desaf�o para el 35% de los argentinos, es comer.

Eduardo Daniel Cervino
Eduardo Daniel Cervino 28/03/2019 02:58:39

Los puños llenos de verdades y el estomago lleno de veneno. No es compatible querer ganar dinero con cuidar la salud.

Cesar Galoppo
Cesar Galoppo 28/03/2019 01:55:02

Vende humos

Capullo, tener los puños llenos de verdades, o clamar en el desierto, no sirve de mucho si lo que pretendes es ayudar a mejorar la calidad de la alimentación. Pero si tu objetivo es vender tus libros, eso es otra cosa. ¨rubenardosain.wordpress.com¨

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