

Lo que está sucediendo con el dólar es grave, muy grave. Desde el último día del año pasado el precio del dólar ilegal trepo 21.5% y el del oficial 9.2%. Para darnos una idea de la magnitud de lo que esto significa, si anualizamos la desvalorización del peso, el ilegal está trepando a una tasa del 2430% y el oficial al 330%. En el primero de los casos prácticamente deberíamos de hablar de una hiperinflación del billete que viene creciendo al 0.889% diario (hiper, según la definición clásica implica una suba sostenida de precios al 1.342% diario). En el segundo caso hablamos de un incremento de los precios de importación y exportación que generaría una inflación local por encima del 100% anual. Tal vez las cosas se atemperen solas (con el peligro de reavivarse más tarde), pero la situación no es sostenible en el tiempo por el grave perjuicio y caos social que generaría.
Al menos en teoría el remedio es simple: que baje la demanda de billetes y aumente su oferta. Lo irónico es que quienes tienen los dólares necesarios para revertir la situación y que más rápidamente podrían facilitárselos al gobierno son los argentinos. Solo basta generar la confianza necesaria para que lo hagan, y no imponerles más controles y restricciones. La alternativa de no hacerlo, es horrorosa.










