

En esta noticia
Durante años nos enseñaron que para tener más había que hacer más. Trabajar más horas, esforzarnos más, sacrificarnos más. Como si existiera una relación matemática entre sufrimiento y dinero: cuanto más te agotás, más merecés ganar.
Pero basta mirar alrededor para descubrir que no funciona así.
Las personas que más horas trabajan no son necesariamente las que más dinero ganan. Muchas de las personas con mayores ingresos entendieron algo diferente: no se trata solamente de cuánto trabajan, sino de cómo trabajan, qué decisiones toman y cuánto vale su tiempo.
Llega un momento en el que crecer deja de depender de sumar horas y empieza a depender de cómo elegimos, delegamos, invertimos, creamos, nos relacionamos con las personas correctas y construimos algo que pueda generar valor incluso cuando no estamos trabajando.
Quizás el cambio empieza cuando dejamos de preguntarnos cuánto más podemos trabajar y empezamos a preguntarnos cómo queremos vivir.
Hace unos días alguien me dijo una frase que me llamó la atención: “El dinero es veneno”.
Para mí es exactamente al revés.

El dinero es una herramienta maravillosa. No compra la felicidad ni evita que nos pasen cosas malas, pero da opciones. Permite elegir, viajar, estudiar, ayudar, cuidar nuestra salud, tener experiencias y comprar algo que para mí vale muchísimo: tiempo.
El problema es que muchos quieren ganar más mientras cargan creencias bastante negativas sobre el dinero.
“Los ricos son todos iguales”. “La plata corrompe”. “Más vale poco pero seguro”. “Para tener plata hay que matarse trabajando”.
¿Cómo pretendemos acercarnos a algo que, en el fondo, rechazamos?
Cuando la escasez invade nuestros pensamientos
La psicología lleva años estudiando qué pasa en nuestra cabeza cuando sentimos que algo esencial nos falta. Y encontró algo interesante: la escasez concentra nuestra atención justamente en aquello que no tenemos.
Cuando nos falta dinero, tiempo o cualquier otro recurso importante, esa preocupación puede ocupar tanto espacio mental que empezamos a prestar menos atención a todo lo demás. Nos concentramos tanto en resolver lo urgente que nuestra mirada se achica.
Por eso tener mentalidad de abundancia no significa tener mucho dinero. Hay personas con poco que confían en su capacidad de volver a generar y personas con muchísimo que viven aterradas ante la posibilidad de perderlo.
Y quizás ahí esté la diferencia: no solamente en lo que tenemos, sino en el lugar desde el que enfrentamos lo que nos pasa.

¿Qué significa realmente “vibrar alto”?
Sé que a algunas personas les puede parecer demasiado espiritual. Pero hay una parte que la psicología puede explicar.
La teoría broaden-and-build, desarrollada por la psicóloga Barbara Fredrickson, propone que las emociones positivas amplían nuestro repertorio de pensamientos y acciones. Es decir, cuando estamos bien, percibimos más. Tenemos más capacidad para conectar ideas, relacionarnos, imaginar alternativas y detectar oportunidades.
Entonces, ¿las cosas buenas aparecieron de la nada o empezamos a ver cosas que antes estaban ahí pero no veíamos?

Quizás cuando decimos que “somos imanes” estemos hablando, al menos en parte, de esto.
De la energía con la que nos movemos por el mundo y de cómo esa energía influye en las personas con las que nos relacionamos, las conversaciones que tenemos, las oportunidades que detectamos y también en lo que transmitimos a los demás.
No es lo mismo entrar a una reunión pensando que necesitamos desesperadamente cerrar ese negocio que entrar sabiendo que, si no es este, habrá otro.
No negociamos igual. No hablamos igual. No elegimos igual. Y probablemente tampoco transmitimos lo mismo.
Por eso, cuando estamos bien, agradecidos, entusiasmados y abiertos a lo que puede venir, muchas veces sentimos que las cosas buenas empiezan a aparecer.
Ahí la mentalidad de abundancia deja de ser una frase linda y empieza a tener consecuencias concretas.
La gratitud no significa conformarse
Lo interesante es que muchas religiones vienen hablando de esto desde muchísimo antes de que existieran las neurociencias o los libros sobre manifestación.
En el judaísmo hay una enseñanza que siempre me gustó: “¿Quién es rico? El que está contento con lo que tiene”.
Yo no lo entiendo como una invitación a conformarnos.

Puedo estar profundamente agradecida por todo lo que tengo y querer mucho más. Puedo sentirme afortunada y seguir teniendo sueños enormes. Puedo querer ganar mucho dinero sin sentir culpa por decirlo.
Agradecer no significa renunciar a la ambición.
Una cosa es querer más porque sentimos que nunca tenemos suficiente. Otra muy distinta es sentir que nuestra vida ya es abundante y, desde ese lugar, preguntarnos cuánto más podemos construir.
Para crecer, a veces hay que soltar
A veces crecer también es darnos cuenta de que hay cosas que ya cumplieron su ciclo en nuestra vida.
Un cliente que nos consume. Un proyecto que dejó de tener sentido. Una obligación que seguimos sosteniendo por culpa. Horas de trabajo que ocupan nuestro tiempo pero ya no generan valor.
Soltar también es hacer espacio. Y no necesariamente para llenarlo enseguida con algo nuevo, sino simplemente para vivir.
Descansar, viajar, pasar tiempo de calidad con nuestros hijos, hacer ejercicio, conocer gente nueva, disfrutar sin sentir que siempre deberíamos estar haciendo algo “productivo”.
Porque no todo momento de nuestra vida tiene que producir dinero para generar valor.
Yo quiero ganar más dinero, sí. Mucho más. Pero no para llenar mi agenda de más trabajo.
Quiero que el dinero me dé más libertad, más tiempo, mejores experiencias, la posibilidad de ayudar, de elegir y de construir la vida que quiero vivir. Para mí, de eso se trata la abundancia.
No de tener cada vez más a costa de nuestra vida, sino de construir una vida en la que sintamos que ya tenemos mucho y, aun así, sepamos que podemos ir por más.

Quizás vibrar alto tenga que ver justamente con eso: agradecer lo que ya tenemos sin dejar de desear lo que todavía queremos. Dejar de vivir con miedo a que todo pueda faltar y empezar a confiar en nuestra capacidad de volver a generar, crear y crecer.






















