La industria de productos biológicos -aquellos obtenidos a partir de organismos vivos- tiene un problema de escala: la demanda del mercado argentino no alcanza para hacer rentables, por sí sola, las inversiones de gran magnitud, mientras que salir a vender al exterior exige anticiparse a las patentes y adaptarse a las regulaciones de cada país.
En ese equilibrio entre el tamaño del mercado, los costos y los tiempos de desarrollo se juega parte del potencial de América latina y puntualmente de Argentina y Brasil, dos países que, según Bayer, concentran una porción importante del mercado mundial de biológicos.
“Brasil y Argentina cubren gran proporción del mercado de biológicos a nivel mundial”, resumió Boris Rodriguez, ejecutivo de Bayer Crop Science, durante el foro Crossing Over que se desarrolló en el Centro de Convenciones de Buenos Aires (CEC).
Uno de los problemas que enfrenta la manufactura en la región es la falta de una red de proveedores que acompañe el crecimiento de la industria. “Los stocks locales suelen ser escasos”, explicó Guillermina Forno, gerente de investigación de Amega, quien advirtió que los tiempos de entrega de materiales son extensos ya que todavía “no hay suficientes compañías para sostener una oferta más amplia de insumos”.
“La ventaja que nos falta con respecto a otras regiones del planeta es generar más clusters de producción”, dijo Forno.

“El mundo de vacunas es un mercado complejo. El mercado argentino es pequeño para invertir en una planta de vacunas con el objetivo de producir todo el calendario de vacunación nacional. Como con el mercado local no alcanza, desde hace unos años empezamos a exportar a distintos países de la región”, sostuvo, por su parte, Germán Sánchez Alberti, gerente de desarrollo e innovación de Sinergium.
En un sector que está altamente regulado, competir a nivel internacional tiene sus dificultades.
Según comentaron los ejecutivos, acelerar los procesos regulatorios en la región permitiría acortar los plazos de llegada de productos al mercado y de las transferencias de tecnología.
Frente a esas dificultades, Rodriguez destacó dos ventajas que tiene la región para desarrollar productos biológicos: el talento humano y la biodiversidad. Esta última tiene una aplicación directa en la industria, ya que los microorganismos, las bacterias y los virus son algunos de los insumos que se utilizan para desarrollar estos productos.
Para Forno la competitividad tampoco se define únicamente por los costos. La calidad, la confiabilidad de los proveedores y la capacidad de contar con producción local también inciden en el negocio. Fabricar en la región permite acumular conocimiento y acortar los tiempos de provisión, aunque sin reemplazar necesariamente las importaciones. El desafío, agregó, es que esa capacidad productiva esté acompañada por una red comercial que permita colocar los productos en otros mercados.
En cuanto a la posibilidad de competir en Europa o Estados Unidos, Forno puso el foco en el momento de llegada al mercado.
“Se produce una caída fuerte del precio a medida que entran los productos biosimilares al mercado. Idealmente el timing tiene que ser salir al mercado tan pronto como sea posible, es decir, cuando expiran las patentes de esos productos. Eso implica una articulación muy grande con todas las etapas de desarrollo y da la posibilidad de absorber los costos que implica la manufactura”, dijo la ejecutiva.
Para eso, sostuvo, los proyectos deben planificarse desde el comienzo con los requisitos de los mercados de destino en mente ya que adaptar un producto en una etapa posterior puede resultar más difícil y costoso.

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