Seguro eres de una generación en la que tus padres te dijeron que estudiar te permitiría conseguir un mejor empleo, ganar más dinero y tener una vida mejor que la suya. Durante décadas, esa fue una de las grandes premisas de la movilidad social.

Hoy la realidad laboral ya no es la que enfrentaron nuestros padres o abuelos, ni siquiera la que vivimos cuando empezó nuestra vida laboral. Un título universitario dejó de ser garantía de un buen empleo, y muchos ya lo sabemos: en una encuesta de OCCMundial de hace tres años, 47% de los consultados señaló que el título no garantiza un buen empleo, aunque sí permite competir en mejores condiciones. El dato no mide cuántos trabajan en algo acorde con su preparación, pero refleja las dudas sobre el valor del título.

Aun así, la población mexicana ha alcanzado mayores niveles educativos que generaciones anteriores. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), entre las personas de 25 a 34 años, la proporción con educación superior pasó de alrededor de 20% en 2015 a 28% en 2025. Entre los adultos de 25 a 64 años, 22% tiene educación superior, frente a 43% en promedio de los países del organismo.

La gente estudia más que antes, aunque persista un rezago educativo. Pero ¿qué pasa cuando alguien invierte años en estudiar y termina aceptando un puesto que demanda menos conocimientos, habilidades o experiencia de los que posee? Puede ocurrir tras una pausa laboral por cuidados, por la falta de oportunidades acordes con su perfil en su región o, simplemente, porque necesita ingresos y no puede esperar.

El problema tiene nombre: sobreeducación, y se produce cuando el nivel educativo de una persona supera al que requiere su puesto. No afecta a la mayoría de los trabajadores, pero puede ser otra cara de la precariedad laboral. Podría parecer temporal, pero los estudios en México la asocian con condiciones laborales desfavorables y con una menor recompensa económica por la educación adquirida.

En otro informe de la OCDE, con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) de 2017, estimó que 45.7% de los jóvenes egresados de educación superior estaba sobrecalificado para su empleo. La cifra no es actual, pero dimensiona el desajuste.

Ana Ruth Escoto Castillo, investigadora afiliada al Centro de Estudios Teóricos y Multidisciplinarios en Ciencias Sociales de la UNAM, junto con María Clara Márquez Scotti y Victoria Prieto Rosas, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, en Uruguay, analizaron con datos de la ENOE del tercer trimestre de 2019 la relación entre sobreeducación y precariedad en el estudio “La sobreeducación en México: ¿promotora o inhibidora de la exclusión laboral?”. Encontraron que la sobreeducación se asociaba con la precariedad para determinados grupos, pero no funcionaba como factor de protección frente a ella. La relación era más alta en personas de mayor edad, residentes de zonas rurales, mujeres que vivían en unión y mujeres que realizaban trabajo no remunerado.

Además, el desajuste golpea el bolsillo. En un estudio publicado en 2024 por la División de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad de Sonora, Angélica Beatriz Contreras, investigadora de la Universidad de Guadalajara, analizó datos de la ENOE del segundo trimestre de 2022 y encontró que, entre los profesionistas empleados y con ingresos, alrededor de la mitad tenía más escolaridad de la que requería su puesto, y que quienes ocupaban empleos acordes con su formación obtenían mayores rendimientos de su educación. No basta con acumular años de estudio; también importa que el puesto los aproveche.

¿Por qué ocurre y por qué sus efectos no son iguales para todos? No hay una sola respuesta. Las oportunidades varían entre sectores, regiones y ocupaciones. Una persona puede tener estudios superiores y vivir donde escasean empleos acordes con su preparación; otra puede necesitar priorizar la cercanía, los horarios o un ingreso estable por sus responsabilidades de cuidado. En ambos casos, aceptar un puesto inferior puede ser una decisión razonable, no un error individual.

El problema es que el desajuste puede tener consecuencias más allá del empleo actual. En Estados Unidos, el sociólogo David S. Pedulla publicó en American Sociological Review “Penalized or Protected? Gender and the Consequences of Nonstandard and Mismatched Employment Histories”, un experimento en el que encontró que haber trabajado en un puesto que desaprovechaba las habilidades de una persona podía reducir sus posibilidades de recibir una respuesta favorable de un empleador, con un efecto comparable al de haber estado desempleada un año. No demuestra que ocurra lo mismo en México, pero plantea una pregunta: ¿qué sucede cuando aceptar un empleo para mantenerse activo se convierte en una desventaja para conseguir el siguiente?

A esto se suma que algunas empresas descartan a candidatos sobrecalificados por temor a que se aburran, pidan un salario mayor o se marchen en cuanto encuentren algo mejor. Así, quien acepta un puesto por debajo de su preparación queda doblemente en desventaja: el empleo no aprovecha ni remunera sus capacidades, y esa experiencia no le abre mejores oportunidades.

La respuesta suele plantearse en términos individuales: estudiar más, adquirir nuevas habilidades, acumular experiencia o no aceptar puestos por debajo de los propios conocimientos. Eso ayuda, pero no basta. También hay que preguntarse si la estructura productiva genera suficientes empleos que aprovechen las capacidades que la sociedad está formando, porque si la preparación crece más rápido que esos puestos, parte de los trabajadores terminará compitiendo por empleos por debajo de su formación.

Volvamos a aquella promesa que tantas generaciones escucharon de sus padres. La educación sigue siendo indispensable y responsabilizarse por la propia carrera es fundamental, pero la movilidad social no depende únicamente del esfuerzo individual. Para que la preparación se traduzca en progreso y mejores condiciones de vida, hace falta un mercado laboral capaz de absorber y remunerar adecuadamente el talento que la sociedad está formando.