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Cuando la productora A24 buscó director para Backrooms: sin salida, el estreno de mayo basado en la mitología de los “espacios liminales” que circula en foros desde 2019, no eligió a un cineasta de carrera. Eligió a Kane Parsons, el youtuber que a los 15 años convirtió esa leyenda colectiva en un canal con millones de vistas. Para Valentina Tanni, historiadora del arte italiana y autora de Estéticas liminales (Caja Negra), ahí está la clave de que la película haya funcionado: “Es fiel a la cultura que dio origen a la mitología. Parsons es su propio público objetivo: creció adentro de esa cultura”, dice en diálogo con El Cronista.

La advertencia viene enseguida: “Las productoras están aprendiendo la lección equivocada de lo que pasó. Ahora contratan youtubers al azar o intentan llevar otras creepypastas a la pantalla. Eso no va a funcionar: no entendieron nada”.

Tanni lleva más de una década documentando las estéticas novedosas que nacen y prosperan en el ámbito de internet, como pueden ser el vaporwave, el ASMR, los backrooms, y lo que pasa cuando las marcas intentan subirse a ellas. 

Muerte por adopción

Del trabajo de campo, Tanni extrajó una regla: cuando una marca grande adopta una estética de internet, la estética ya está muerta. El vaporwave, el género que parodiaba la música de ascensor y la imaginería corporativa de los 80, murió en 2015, cuando MTV y Tumblr lanzaron rebrandings inspirados en él. “Fue el último clavo en el ataúd. Los propios artistas ya lo daban por muerto: cuando un estilo se vuelve popular, se repite a sí mismo, se convierte en plantilla, en meme”, explica.

¿Y los artistas que cruzan de vereda? Daniel Lopatin, uno de los fundadores del vaporwave, hoy compone para el cine y trabajó en producciones de Star Wars para Disney+. Tanni no habla de traición: “No es un camino único ni el mismo para todos. Hay artistas que logran mantener su autonomía adentro del sistema, como Lopatin o Brian Eno, pero son los menos”.

¿Se puede anticipar qué estética va a saltar al mainstream? “No es predecible. A mí misma me sorprendió el éxito de los backrooms: sabía que era un fenómeno grande en ciertas comunidades, pero no esperaba que saliera de esa burbuja tan rápido y tan fuerte.”

El interés comercial ya genera conflictos. Tanni sigue el caso de Unjust Jewelry, una pequeña marca de accesorios inspirados en el frutiger aero, la estética asociada a la era de Windows Vista. Cuando los usuarios descubrieron que su dueño había pedido registrar la marca, la reacción fue inmediata: “Las comunidades se rebelaron. Nadie debería ser dueño de eso nunca, porque es de la comunidad. Hasta quienes inventaron el término renunciaron a cualquier tipo de copyright”. El dueño se defendió: dijo que solo quería registrar un perfume.

El ASMR pasó de videos caseros a campañas de KFC, Pepsi e IKEA en menos de diez años.
El ASMR pasó de videos caseros a campañas de KFC, Pepsi e IKEA en menos de diez años. Fuente: ShutterstockShutterstock

Máquinas que escuchan a las máquinas

El otro frente es la automatización. En su libro, Tanni cita el caso de Spotify, que en 2023 dio de baja decenas de miles de temas generados con inteligencia artificial que eran escuchados por bots. Hoy, dice, eso quedó chico: “Ahora hay startups que venden el circuito completo: te abren los perfiles en redes, generan el contenido y también los likes y los comentarios. Todo automatizado. Es cada vez más difícil saber qué es generado y qué es realmente humano, en todos los niveles”.

Al final, Tanni vuelve al usuario anónimo que publicó la foto original de los backrooms en un foro. Años después, alguien que dice ser él contó en una entrevista por qué nunca reclamó derechos sobre un fenómeno que hoy factura en Hollywood: le alcanzaba con haber encendido la chispa. “Eso es lo extraordinario: algo sobre lo que todos pueden trabajar y que no es de nadie”.