

En un rincón remoto de Río Negro, cerca de Pilcaniyeu, el suelo guardaba un secreto que tardó cincuenta millones de años en salir a la luz.
El dueño de un establecimiento rural dio el primer aviso, y lo que vino después superó todas las expectativas: un equipo interdisciplinario confirmó la existencia de tres sitios paleontológicos con bosques petrificados del Eoceno, una época en que la Patagonia era un territorio de selvas cálidas y biodiversidad exuberante, casi irreconocible frente a la estepa árida que hoy la define.
Más de trece troncos fosilizados de coníferas y plantas con flores —angiospermas— fueron rescatados y trasladados al Museo Paleontológico de Bariloche, donde los análisis prometen reescribir parte de la historia natural del sur del continente.
La Patagonia que nunca imaginamos: cuando el sur era una selva tropical
Hace entre 34 y 56 millones de años, el sur argentino no tenía nada que ver con los paisajes ventosos y secos que hoy lo caracterizan. El período Eoceno era una era de calor global, con temperaturas mucho más altas que las actuales y ecosistemas boscosos que se extendían hasta latitudes impensadas.
Los troncos hallados en Pilcaniyeu son testigos directos de ese mundo perdido: árboles que crecieron en un clima húmedo y cálido, que cayeron, quedaron sepultados bajo capas de sedimento y fueron reemplazados lentamente, molécula a molécula, por minerales que los convirtieron en piedra.
El resultado es una cápsula del tiempo geológica de una precisión extraordinaria.

El hallazgo que rompió todos los registros: coníferas y plantas con flores juntas por primera vez
Lo que hace verdaderamente excepcional a estos tres sitios no es solo su antigüedad, sino la combinación de especies que contienen. Hasta ahora, la coexistencia de coníferas —árboles como los pinos y araucarias— junto a angiospermas —las plantas con flores, el grupo vegetal más diverso del planeta— no había sido documentada en esa franja específica de Río Negro.
Ese dato cambia el mapa de la distribución de especies en el sur de América del Sur y obliga a los investigadores a revisar los modelos sobre cómo se dispersaron y convivieron distintos tipos de vegetación durante los grandes cambios climáticos del pasado.
Cómo se preservó un patrimonio irremplazable
Proteger un hallazgo paleontológico de esta magnitud no es tarea sencilla ni rápida. El operativo incluyó registro fotográfico exhaustivo, georreferenciación precisa de cada pieza y extracción cuidadosa de fragmentos siguiendo protocolos estrictos para evitar daños irreversibles.
Participaron la Dirección de Patrimonio y Museos, la Asociación Paleontológica de Bariloche, una institución educativa local y la Patrulla Ambiental del Escuadrón 34 de Gendarmería, que garantizó el apoyo logístico en terreno.
La cadena de custodia fue clave: los restos llegaron al Museo Paleontológico de Bariloche en condiciones óptimas, donde ahora aguardan los análisis de datación y clasificación taxonómica que podrían confirmar —o sorprender— con todo lo que aún este suelo patagónico tiene por revelar.















