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Una segunda presidencia de Trump cambiaría al mundo

Si Donald Trump volviera a la Casa Blanca, las consecuencias para Estados Unidos, sus aliados y la economía mundial seguramente serían complicadas y profundas.

El 19 de noviembre de 1919, el Senado estadounidense repudió el Tratado de Versalles. Con esa decisión, Estados Unidos retiró su poderío de mantener lo acordado tras la Primera Guerra Mundial, dejando esta tarea en manos de los británicos y los franceses, quienes carecían tanto de la voluntad como de los medios para hacerlo.

Después vino la Segunda Guerra Mundial. Tras ese conflicto, EE.UU. desempeñó un papel mucho más productivo. Actualmente, el mundo sigue siendo, en muchos aspectos, el que EE.UU. creó. Pero ¿durante cuánto tiempo será así? ¿Y qué puede venir después? El resultado de las próximas elecciones presidenciales podría responder a estas preguntas, no sólo de manera decisiva, sino, lamentablemente, muy negativa.

Encuestas recientes sugieren que casi el 55% de los votantes estadounidenses desaprueban el desempeño de Joe Biden. Las encuestas también sugieren que Trump está ligeramente por delante de Biden en las encuestas comparativas entre los dos antes de las elecciones, ahora a un año de su celebración. Por último, sugieren que Trump aventaja a Biden en cinco de los seis estados "en disputa" más importantes. Tomando todo esto en cuenta, una victoria de Trump es clara e inquietantemente verosímil.

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¿Qué significaría eso? La respuesta más importante es que EE.UU. -la democracia más poderosa del mundo- ya no está comprometido con las normas democráticas. La más fundamental de esas normas es que el poder debe ganarse en elecciones libres y justas. Es discutible que las elecciones presidenciales estadounidenses sean "justas". Pero tienen normas. Los intentos del presidente en funciones de anular esas normas equivalen a insurrección. Que Trump lo intentara no es discutible. Tampoco lo es la ausencia de pruebas de fraude que respalden su intento de golpe de Estado. Él ha sido debidamente acusado. Sin embargo, aún podría ganar unas elecciones presidenciales. Una razón por la que eso podría suceder es que cerca del 70% de las personas que se identifican como republicanos dicen creer sus mentiras. Esto es impactante, aunque, por desgracia, no tan sorprendente.

¿Qué significaría otra presidencia de Trump para EE.UU., más allá del respaldo a un hombre que intentó derrocar la Constitución? Obviamente, la respuesta en parte dependería del equilibrio en el Congreso. Sin embargo, sería un error obtener consuelo adicional de cómo Trump se comportó la última vez. En aquella ocasión, se apoyó en figuras bastante tradicionales del ejército y de los negocios. La próxima vez será diferente. MAGA [Make America Great Again] - la base política de Trump - es ahora una secta con un considerable número de creyentes.

Uno de los planes claves de Trump es sustituir a los funcionarios civiles de carrera por leales servidores del presidente. La excusa es la supuesta existencia de un 'Estado profundo' [deep state], con lo que los críticos se refieren a funcionarios de carrera bien informados cuya lealtad está con la ley y con el Estado, no con la persona en el poder. Una de las razones por las que esto es objetable es que el Gobierno moderno no puede funcionar sin esas personas. La razón de más peso es que si los servicios de inteligencia, de seguridad nacional y de impuestos, el ejército, el Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés) y el Departamento de Justicia están supeditados a los caprichos del jefe de Estado, lo que tenemos es una autocracia. Sí, es así de sencillo. Con un jefe de Estado vengativo, los abusos de poder podrían ser generalizados. Esto no sería el EE.UU. que hemos conocido; podría parecerse más a la Hungría de Viktor Orbán o incluso a la Turquía de Recep Tayyip Erdoan.

¿Qué podría significar esto para el mundo?

Lo más obvio es que la aceptación de EE.UU. de un hombre y de un partido que abiertamente han repudiado la norma central de la democracia liberal desalentaría a quienes creen en ella, además alentaría a los déspotas y a sus lacayos en todas partes. Es difícil exagerar el efecto de semejante traición por parte de EE.UU.

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La mezcla de esta desesperación con el enfoque abiertamente transaccional de Trump debilitaría, si no es que destruiría, la confianza en la que se basan las actuales alianzas de EE.UU. Los estadounidenses tienen razón al denunciar el oportunismo de la mayoría de sus aliados. No cabe duda, sobre todo, de que los europeos (entre los que se incluye el Reino Unido) deben hacer más. Pero la alianza necesita un líder. En el futuro inmediato, EE.UU. tiene que ser ese líder. Con Rusia amenazando a Europa y China como competidor, las alianzas van a ser más importantes que nunca, no sólo para sus aliados, sino también para EE.UU.. Trump ni entiende esto ni le importa.

Luego están las implicaciones para la economía mundial. Trump propone introducir un arancel general del 10% sobre todas las importaciones. Eso sería una versión contemporánea (aunque más moderada) del infame arancel Smoot-Hawley de 1930. Seguramente provocaría represalias. También perjudicaría enormemente a la Organización Mundial del Comercio, al repudiar los compromisos estadounidenses de reducir las barreras arancelarias durante muchas décadas.

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Igual de importante pudiera ser el impacto sobre los esfuerzos para hacer frente al cambio climático. Es de suponer que el mismo EE.UU. revocaría muchas medidas de la Ley para la Reducción de la Inflación de Biden. Igual de significativa pudiera ser la probable retirada de EE.UU. de los esfuerzos para promover la inversión en energías limpias en los países emergentes y en desarrollo.

Las futuras relaciones con China también deben ponerse en cuestión. Aquí los cambios podrían no ser tan dramáticos, porque la hostilidad al ascenso de China es bipartidista. Pero la oposición a China tendría menos que ver con la ideología bajo Trump, a quien no le importan en lo absoluto esas diferencias entre autocracias y democracias. Él prefiere las primeras. La oposición se convertiría en una mera competencia por el poder, en la que Trump trataría de mantener a EE.UU. siendo el número uno. No está claro cuán diferente resultaría ser eso. Trump podría intentar poner a Rusia en contra de China, como Nixon hizo con China en contra de la Unión Soviética. El abandono de Ucrania podría ser su ‘carnada'.

Puede que una segunda presidencia de Trump no arruine a EE.UU. para siempre. Pero tanto la presidencia cmo el resto del mundo perderían su inocencia. Tendríamos que adaptarnos a la realidad de que EE.UU. había reelegido a un hombre que abiertamente había intentado subvertir su democracia. Es posible que las acusaciones contra el expresidente salven al país de una segunda presidencia de Trump. Pero esa frágil esperanza pone de relieve la amenaza actual a la democracia.

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