La noticia de que David Bowie estaba a punto de dejar EMI, informada este mes por el FT, muestra un enfriamiento en las relaciones entre dos de los gigantes de la cultura popular de Gran Bretaña. El grupo de música en dificultades -que está listo para ser dividido y vendido a Universal Music, de Vivendi, y a Sony- no puede permitirse perder a una de sus más ilustres máquinas de hacer dinero; durante los últimos 15 años ha tenido los derechos de uno de los catálogos más prestigiosos de la música pop, incluyendo álbumes clásicos como Ziggy Stardustand y Let's Dance.

En cuanto a Bowie, su carrera -literalmente centelleante- nos ha enseñado a esperar lo inesperado. Changes (Cambios) es el título de una de sus canciones más encantadoras, pero también fue una estrategia de vida. Tras los extraordinarios cambios vividos por la sociedad en la década de los 60, fue Bowie quien dominó la década siguiente con una mezcla intoxicante de extravagancia, arte auténtico y consumada manipulación mediática.

Su legado ha resultado duradero, y su maestría en el arte de la metamorfosis y la incansable reinvención -un término que odia- forjó un modelo para las estrellas del pop moderno. Sin Bowie, no existiría Madonna, ni Lady Gaga. Nadie hizo que la fama pareciera más atractiva, más glamorosa.

A Bowie no le gusta el énfasis que se pone en sus juegos de identidad porque cree que siempre hubo una coherencia intelectual en su trabajo. En 1969, mientras el mundo celebraba el primer descenso en la luna, Bowie tocó una fibra melancólica con Space Oddity: "El planeta Tierra es azul, y no hay nada que yo pueda hacer". Una década más tarde, la solitaria angustia de Major Tom todavía está presente en la mente de Bowie, pero para la época de Ashes to Ashes, en los 80, el personaje se ha convertido en un drogadicto alienado.

Durante esos años, Bowie había experimentado con una asombrosa cantidad de estilos, tanto en términos de música como de moda e indumentaria, pasando del chico soul al intelectual centroeuropeo. Sin embargo, era imposible no ver un arco de gradual desilusión en esos álbumes clásicos de los años 70, más potentes que cualquier revisión crítica del Fondo Monetario Internacional.

A pesar de los éxitos comerciales de la década de los 80, nada de lo que produjo desde aquellos años febriles logró estar a la altura de sus primeros trabajos. De todos modos, siguió siendo un espejo, si bien no un forjador, de los tiempos, y se reveló como un astuto operador empresarial. Formó su propia compañía de management y fue una de las primeras estrellas del pop que entendió que tocar en conciertos en vivo podía ser tan lucrativo como vender discos y CD. Una serie de world tours fue recibida con entusiasmo y contribuyó a convertirlo en uno de los músicos más ricos del mundo.

Pero fue en 1997, cuando cumplió 50 años, que una de sus maniobras empresarias evidenció el mismo tipo de vuelco radical que hacía tan atractiva la música de sus primeros tiempos. Bowie firmó un acuerdo de licencias con EMI por su catálogo histórico que le daba al grupo el derecho a lanzar 25 álbumes de 1969 a 1990, y le garantizaba a él más de 25% de las regalías por ventas mayoristas en EE.UU.

Bowie empleó este acuerdo como garantía para los inversores que compraron sus Bonos Bowie a 10 años en una jugada, organizada por el banquero David Pullman, que usaba las regalías futuras como securitización. Se vendieron bonos por u$s 55 millones y la operación fue el tema del momento en la industria de la música.

Los analistas previeron un abrupto crecimiento en los llamados bonos de celebridades, y Pullman se dedicó a hacer operaciones similares para James Brown, los Isley Brothers y Marvin Gaye. Sin embargo, los tiempos estaban cambiando más rápido de lo que Bowie podía imaginar. Hacia el fin del milenio, la venta de CD vivía una marcada declinación a medida que se establecía la distribución de música por Internet. Súbitamente, las regalías parecían menos seguras y, para 2004, Moody's había bajado la calificación de los bonos Bowie a una categoría por encima de los bonos basura. Por una vez, el sentido de la oportunidad de Bowie no había funcionado. Eran días en que parecía que los servicios de intercambio de archivos entre pares, como el Napster, podrían abrir una brecha en la legislación en materia de propiedad intelectual y derechos de autor, lo que hizo que las rabadoras y los artistas temieran por su futuro.

Las empresas se defendieron y encontraron formas cada vez más elaboradas de empaquetar mercadería vieja para hacerla más atractiva para los ricos y nostálgicos miembros de la generación del boom demográfico de posguerra. El año pasado, el disco de Bowie Station to Station, de 1976, fue relanzado en una edición de lujo, en caja, con recuerdos, ensayos, mixes exclusivos y hasta un vinilo, a un precio de 80 libras (u$s 128). Realmente están exprimiendo hasta el último centavo de los años dorados de Bowie.

Pero llega el momento en que el último trozo de ajado oropel de los años gloriosos del pop ha sido desenterrado y reciclado. Y a medida que Amazon y Apple idean nuevas estructuras de precios, y servicios como Spotify crean nuevos modelos de negocio, la industria tradicional de la música sigue estando acorralada.

El éxito de los bonos Bowie también llevó a Guy Hands, un maestro de la securitización de activos que van desde pubs a estaciones de servicio, a creer que podía hacer lo mismo con el catálogo histórico de EMI, pero quedó atrapado por el colapso de los mercados de crédito y nunca logró extender el riesgo del takeover de 2007, que demandó una inversión de 4.200 millones de libras.

Desde muchos puntos de vista, la carrera de Bowie refleja lo que ha ocurrido con la propia música pop: tras los comienzos inciertos en los 60, alcanzó toda su pompa en los 70 y explotó su éxito a través de buenos negocios en los 80 y los 90. ¿Es posible que se pierda algo en el camino?

El clamor por la muerte de Steve Jobs muestra hasta qué punto la música pop es una fuerza en eclipse, comparado con las bellas máquinas que la transmiten a las masas. Sin embargo, Bowie se mantiene gloriosamente invulnerable pese a la desaparición del arte que personificó con tanto aplomo. Ya ha probado muchas veces su valor como artista y ahora se contenta con ser una leyenda. Recuperó la salud tras un ataque cardíaco y hace apariciones tipo cameo en hitos culturales como Bob Esponja. Pero no sacó un álbum desde Reality, en 2003.

No son claras las razones de su desencanto con EMI, pero no sería sorprendente que tuviera otro cambio radical de rumbo en la manga. Ninguna otra figura cultural británica ha disfrutado tanto desconcertando a los que intentaban pronosticar sus acciones, y ningún otro se ha ganado tanto el derecho a seguir su propio camino.