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Israel y las lecciones del 11 de septiembre

El país tiene menos margen de error en su guerra contra el terrorismo que una superpotencia como Estados Unidos

"Aunque sientan esa rabia, no se dejen consumir por ella. Después del 11 de septiembre, en EEUU sentimos rabia. Y aunque buscamos justicia y obtuvimos justicia, también cometimos errores".

Así se expresó Joe Biden en su reciente visita a Israel. Pero el presidente estadounidense no se explayó en público sobre los errores que cometió EE.UU. ¿Cuáles fueron?

A grandes rasgos, EE.UU intentó derrotar al "terrorismo" por medios militares convencionales. Emprendió guerras en Afganistán e Irak que causaron cientos de miles de muertos. Pero más de 20 años después de iniciar su guerra contra el terrorismo, EE.UU. es probablemente menos poderoso y respetado en todo el mundo de lo que era en 2001. Y su propia sociedad ha quedado gravemente herida.

¿Corre peligro Israel de repetir muchos de estos errores? Por supuesto que sí. Pero Israel tiene mucho menos margen de error. EE.UU. es la mayor economía del mundo. Está protegida por dos océanos y cuenta con una red global de aliados y potencias dependientes. Israel, por el contrario, es un país pequeño en un vecindario hostil.

El deseo de destruir a la organización que masacró a sus civiles es totalmente natural. La promesa de Israel de destruir a Hamás recuerda mucho a las promesas de EE.UU. de destruir a Al Qaeda y los talibanes tras el 11-S.

EE.UU. puede reivindicar un éxito parcial en la lucha directa contra Al Qaeda. Osama bin Laden, su líder, fue abatido en 2011 y la organización no ha conseguido lanzar otro atentado espectacular contra el territorio continental estadounidense. Pero el islamismo es una idea y el terrorismo una táctica. Así que destruir una organización terrorista islamista no acaba con el problema. Han surgido nuevos grupos, como Isis. Europa, en particular Francia, se ha visto duramente golpeada por los atentados terroristas islamistas. Y los milicianos yihadistas están ganando terreno en África.

El propio Hamás se parece más a los talibanes que a Al Qaeda porque es una autoridad gobernante real que dirige un territorio definido desde hace algunos años. Eso debería servir de advertencia porque, más de 20 años después de que las tropas estadounidenses entraran en Kabul, los talibanes vuelven a estar al mando de Afganistán.

Tanto Hamás como los talibanes emplean tácticas terroristas. Pero la verdad incómoda es que también son movimientos sociales y políticos con profundas raíces.

¿Cuántas veces anunciaron las fuerzas aliadas en Afganistán que habían matado a tal o cual comandante talibán? Siempre había un sustituto. De hecho, una guerra contra un ocupante extranjero alimenta el nacionalismo y el fanatismo del que se nutren organizaciones como los talibanes y Hamás. Con los talibanes reinstalados en Afganistán, ¿quién puede descartar que Hamás siga dirigiendo Gaza dentro de 20 años, por improbable que parezca ahora?

A pesar de sus victorias militares, EE.UU. no logró encontrar un acuerdo político sostenible ni en Irak ni en Afganistán. Al tratar a los palestinos como una mera cuestión de seguridad, Israel está a punto de repetir este error. No bastará con "restaurar la disuasión".

En algún momento, Israel y los palestinos tendrán que encontrar un acuerdo político duradero, o surgirá otra generación de palestinos decididos a llevar la lucha a Israel. Y, sin embargo, el gobierno israelí parece no tener la más remota idea de quién o qué podría gobernar Gaza, una vez que Hamás haya sido teóricamente destruida. Todas las opciones (la Autoridad Palestina, la ocupación israelí, una misión extranjera que mantenga la paz) parecen inviables.

El gobierno de Netanyahu también ha discutido la posibilidad de lanzar una segunda guerra, esta vez contra Hezbolá en Líbano, que es una fuerza mucho más poderosa que Hamás. La propia Hezbolá podría pasar a la ofensiva, lo que ha llevado a algunos en Israel a abogar por un ataque preventivo. La lógica es similar a algunos de los argumentos que llevaron a EE.UU. a invadir Irak. La opinión era que, tras el 11-S, era demasiado peligroso ignorar una amenaza inminente para la seguridad. Pero muchos de los que votaron a favor de la guerra de Irak, incluido Biden, aceptan ahora que fue un error.

La forma en que se libró la guerra contra el terrorismo también perjudicó profundamente la posición mundial de EE.UU. Las muertes de civiles causadas por los ataques de drones, el campo de prisioneros de Guantánamo y las torturas llevadas a cabo por la CIA (y detalladas por el informe del Senado estadounidense) causaron un daño duradero a la imagen de EE.UU.

Israel argumenta que muchos de los que critican su guerra en Gaza están mal informados, son hipócritas o antisemitas. Algunos de los críticos más feroces de Israel son, en efecto, peligrosos enemigos de la idea misma de un Estado judío.

Pero también hay un gran grupo que parte de una posición de simpatía real por Israel, pero que se distanciará si, por ejemplo, el corte del suministro de agua y electricidad a Gaza provoca hambruna o brotes de enfermedades, o si Israel arrasa el territorio, como los rusos hicieron con Grozni en su día.

Israel no puede permitirse hacer caso omiso de la opinión internacional. El Estado judío, que se adentrar en una fase muy peligrosa de su historia, necesitará todo el apoyo internacional que pueda conseguir: militar, económico y diplomático.

Una guerra contra el terror también puede dañar a la sociedad que la libra. Más de 30.000 soldados estadounidenses se suicidaron tras servir en Irak y Afganistán: más del triple de los que murieron en combate. La rabia contra las élites y la "carnicería estadounidense" que llevaron al ascenso de Donald Trump en 2016 estaban estrechamente relacionadas con los destrozos sociales provocados por las guerras que EE.UU. libró tras el 11-S.

Una guerra contra el terror unifica un país a corto plazo, pero puede destrozarlo a largo plazo. Esta también es una lección sobre la que un Israel traumatizado debe reflexionar antes de que sea demasiado tarde.

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