Covid-19

El regreso de la 'Ibiza de los Alpes', el epicentro de la pandemia en Europa

Ischgl, el centro de esquí que fue noticia por la supuesta negligencia de sus autoridades al inicio de la pandemia, esta en pleno proceso de reinvención.

Hace dos años, Bernhard Zangerl tenía 25 años cuando se hizo cargo del bar Kitzloch de Ischgl regentado hasta entonces por sus padres. Estaba deseando demostrar que podía asumir la responsabilidad de una parte del negocio familiar.

Dos semanas más tarde, el pueblo de los Alpes austríacos, más conocido por sus concurridas fiestas de après-ski, se vio inmerso en la primera ola de Covid-19 que llegó a Europa. Y los titulares de la prensa en aquellos días apuntaron al Kitzloch como la zona cero de la epidemia en Europa.

Un avión lleno de islandeses desencadenó las primeras protestas. A finales de febrero de 2020, quince de ellos, que llegaban a casa tras una semana practicando deportes de invierno, dieron positivo por Covid en Reikiavik. Todos habían estado de fiesta en el Kitzloch. Poco después, Islandia declaró que la región del Tirol estaba a la altura de Wuhan e Irán en cuanto al riesgo de contagio por coronavirus.

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La mitad de los primeros casos registrados en Noruega también procedía de Ischgl. Y también un tercio de los de Dinamarca y un 20% de los de Suecia. La vecina Alemania, y las autoridades de Baviera en concreto, se apuraron a culpar a los austriacos de ser el origen de sus primeros contagios de Covid.

Pronto, los esquiadores que habían estado de fiesta se convirtieron en una poderosa prueba en toda Europa de la ignorancia y la negligencia de las autoridades públicas. Un titular de Der Spiegel, la revista alemana, declaró que Ischgl había sido "el caldo de cultivo".

Y aquí estoy, dos años después, en el Kitzloch hablando con Zangerl en un pequeño despacho en la parte trasera del bar, mientras una multitud de juerguistas entona algunos clásicos del pop que suenan en los locales de esquí.

"Aunque viene mucha gente, sigue siendo la mitad de lo que sería una temporada normal", reconoce Zangerl, que se encoge de hombros ante las noticias negativas que se escribieron del Kitzloch hace dos años.

En su opinión, la imagen del pueblo está cambiando, pero es un proceso lento. "Al principio, la opinión pública creía que en Ischgl no estábamos haciendo lo que nos decían, que estábamos ignorando el problema. Pero en marzo de 2020, no teníamos ni idea de esto, era nuevo para todos. Ahora creo que hay más información". En última instancia, dice, la lección que todos están aprendiendo es que "un virus es imposible de controlar".

Ischgl se encuentra al final del valle de Paznaun, en el oeste de Austria, en la base del macizo de Silvretta que divide el país de la vecina Suiza. Desde mi casa en Zúrich hay un viaje de tres horas en tren y luego en taxi hasta mi hotel. Muchos visitantes llegan al complejo por avión a Innsbruck, la capital del Tirol, que está a sólo unos 90 minutos en  auto o en transporte público.

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Aunque la discoteca Pacha esté cerrada y el gran concierto en la cima de la montaña que suele dar comienzo a la temporada de esquí se haya pospuesto, la reputación del pueblo sigue estando presente este mes: aquí los bares, en lo que se conoce como la 'Ibiza de los Alpes', se empiezan a llenar sobre las 5 de la tarde.

En cualquier caso, Ischgl es un lugar con encanto. De hecho, las autoridades de Ischgl creen que les vendría bien volver a centrarse en algunos de los atractivos originales del pueblo. Hay más cosas que atraen a los visitantes a Ischgl que salir de fiesta.

No es difícil ver lo que ha hecho que el pueblo sea tan atractivo como destino de esquí: tres telecabinas de gran capacidad llevan a los visitantes directamente desde la calle principal hasta la meseta de Idalp, situada a unos 4 km de distancia del pueblo, llena de maravillosas pistas de esquí rojas y azules, a las que se llega con modernos telesillas. En total, la zona de Ischgl-Samnaun cuenta con 239 km de pistas, y casi todas ellas terminan a 2000 metros, lo que multiplica las posibilidades de disfrutar de buena nieve.

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Ischgl, según leí antes de venir, es también uno de los mejores lugares de los Alpes para el esquí de travesía, que quise probar el primer día. Mi guía Stefan me lleva a lo alto de Idalp y nos deslizamos hacia el Filmspitz, a 2.928 metros sobre el nivel del mar, con impresionantes vistas del cantón suizo de los Grisones.

Restauración

De vuelta a la ciudad, me dirijo al Schlosshotel para tomar una copa de champán con Arnold Tschiderer, su propietario, antes de cenar. La Champagnerhütte (cabaña de champán) de al lado -de la que también es propietario Tschiderer- está muy animada, pero el vestíbulo del hotel dista mucho del Ischgl que mucha gente cree conocer por su reputación. Tschiderer asegura que Ischgl está cambiando. "No en lo que ofrece -la ubicación y el esquí-, sino en el nivel de calidad", explica. Los hoteles de gran lujo son uno de los elementos de este cambio. Otro son los restaurantes de alta gama que se han instalado ciudad, como el Stiar o el Stüve del Hotel Yscla.

Pero, por ahora, el objetivo de Ischgl es recuperar la confianza. En opinión de Tschiderer, otro confinamiento sería desastroso. Por ello, cree que siguen siendo necesarias las medidas de seguridad -como los controles rigurosos de vacunación en toda la ciudad.

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"Es perjudicial para la gastronomía nocturna", lamenta Tschiderer. "Es pura imagen: hablamos de locales llenos de gente que se ha hecho test, tiene las dos dosis de la vacuna y que probablemente lleva horas reunida, y luego les dices que si se quedan después de las 10 de la noche se convierte en un riesgo. No tiene sentido".

Por otra parte, el uso del barbijo es obligatorio en el pueblo, algo que se me recuerda constantemente. (A estas alturas de la pandemia, he recibido cuatro dosis de la vacuna y creo que este tipo de política es más perjudicial que beneficiosa). Los barbijos también son obligatorios en todas las telesillas.

Cuando vuelvo a mi hotel para cenar -el Sonne, que ofrece un excelente menú nocturno de cinco platos como parte de la pensión completa-, el toque de queda entra en vigor. Nuestro grupo se traslada al salón a las 10, y tras una última ronda de bebidas, no se sirve ninguna más.

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El segundo día en Ischgl, acepto una oferta de mis anfitriones para hacer esquí de fondo. Para ello nos dirigimos a Galtur, un pueblo vecino situado más arriba en el valle de Paznaun, pero incluido en el forfait de Ischgl. Es otro día impresionante, y en el paso de Bielerhöhe, las vistas son impresionantes. Después de una divertida y agotadora mañana en la que he descubierto que el esquí de fondo es mucho más difícil de lo que creía, nos sentamos a comer en una terraza bañada por el sol bajo el Piz Buin, famoso por sus cremas solares, detrás del cual se alzan los picos que rodean Davos y Klosters en Suiza.

El après-ski comienza en el Champagnerhütte a las 15 horas y, al día siguiente, el extracto de la tarjeta de crédito me hace recordar que, de alguna manera, en un lugar cuyo nombre no voy a mencionar, logré sortear la regla del toque de queda de las 10 de la noche.

Al dejar el pueblo, tras un par de días más de maravilloso esquí, el taxista me explica que para la mayoría de los lugareños, lo que está en juego ahora es mucho más que querer divertirse después de dos años de restricciones. La economía de Ischgl -y la de muchos pueblos de los Alpes- depende totalmente de los deportes de invierno. Muchos habitantes de la zona atraviesan una difícil situación económica, por lo que la mayoría se opone rotundamente a que se produzcan más confinamientos o restricciones a la circulación. Lo que no quiere decir que no se hayan tomado el virus en serio. Todo lo contrario. Ischgl tiene ahora una de las tasas de vacunación más altas de Europa.

El papel de Ischgl en la propagación del coronavirus en la primavera de 2020 se ha analizado meticulosamente. En noviembre, la fiscalía estatal austriaca anunció que cerraba la investigación sobre las autoridades de Ischgl. "No hay pruebas de que nadie haya hecho o dejado de hacer nada para aumentar el riesgo de contagio", sentenció el fiscal.

Recuerdo lo que me dijo Zangerl en el Kitzloch cuando llegué: no podía entender por qué el esquí seguía considerándose una actividad frívola y arriesgada. Le expliqué que se debía a que, detrás de nuestra verdadera preocupación por la salud pública en los últimos dos años, se ha impuesto una narrativa difícil de cambiar que juzga con gran dureza a los que se contagian mientras se divierten.

Zangerl, me hizo reflexionar con su conclusión: "en la vida cotidiana siempre hay riesgo y ahora tenemos que seguir con nuestras vidas y evitar juzgar a los demás".

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