El desarrollador inmobiliario que le cambió la cara a Nueva York tras el ataque a las Torres Gemelas

Larry Silverstein, propietario de las Torres Gemelas, se ha convertido en la inesperada encarnación de la determinación de una ciudad. Pero, ¿podrá recuperarse de nuevo?

La mañana del 11 de septiembre de 2001, Larry Silverstein, un multimillonario desarrollador inmobiliario, se preparaba para su habitual cita para desayunar en Windows on the World, en la planta 106 de la Torre Norte del World Trade Center. Seis semanas antes, con 70 años, Silverstein había pagado u$s 3200 millones por un contrato de alquiler de 99 años en el Trade Center. Se trataba de la mayor transacción inmobiliaria de la historia y el remate de una carrera de éxito.

Acababa de recibir las escrituras y cada mañana el ansioso propietario se reunía con uno de sus nuevos inquilinos durante el desayuno. Pero esa mañana, según cuenta Silverstein, intervino su esposa Klara. "Me dijo: '¿a dónde vas? Le dije: 'Voy a trabajar, tengo una reunión con los inquilinos'. Me dijo: 'Bueno, no puedes ir esta mañana'. Le dije: "¿Por qué no?" Me dijo: "Te agendé un turno con el dermatólogo". Le dije, 'cancela. Iré el mes que viene'. Me dijo: 'Has cancelado el mes pasado, has cancelado el mes anterior. No puedes cancelar, tienes que ir'. Y se enojó".

Silverstein cedió y así se ahorró todo lo que siguió. Vio la Torre Norte, su torre, en llamas mientras ponía las noticias, tras una preocupante llamada del capitán de su barco, atracado en el río Hudson. "Entonces, mientras mirábamos, vimos un avión que daba la vuelta a la Torre Sur, hacía un giro en U, volvía a subir y chocaba contra la Torre Sur", recuerda. "Fue entonces cuando supe que se trataba de un desastre sin paliativos".

Es esa época del año en la que los neoyorquinos de cierta edad hablan de dónde estaban cuando ocurrió. Han pasado ya 20 años desde que los terroristas islamistas secuestraron dos aviones de pasajeros y los estrellaron contra el World Trade Center, matando a 2977 personas, algunas de las cuales cayeron como lágrimas desde las torres en llamas.

Sin embargo, este aniversario es distinto. Fue precedido por la calamitosa retirada de Estados Unidos de Afganistán, que se siente como el amargo cierre de una era insatisfactoria.

Para reconstruir las 16 hectáreas del World Trade Center, Silverstein pasó cinco años litigando con 22 aseguradoras mientras respondía a un elenco rotativo de gobernadores y alcaldes, cada uno con sus propias ideas sobre el proyecto. Hubo que soportar las críticas diarias de una prensa sensacionalista y los gritos de angustia de las viudas que le suplicaban que no construyera donde sus seres queridos quedarían enterrados para siempre.

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"Déjeme decirte que esas reuniones fueron horribles. Simplemente terribles. La gente perdió a sus seres queridos. ¿Qué se puede hacer? Fue una serie de circunstancias muy difíciles. Y esto duró meses y meses y meses", dice Silverstein.

Veinte años después, un World Trade Center reconstruido es el ancla de un barrio transformado. Las Torres Gemelas, que nunca fueron muy queridas en su época de esplendor, han sido sustituidas por cuatro distintas, un centro de transportes diseñado por Santiago Calatrava y un centro de artes escénicas que pronto estará terminado.

Algunos arquitectos consideran que el sitio -con oficinas, comercios y un sombrío monumento conmemorativo- es emocionalmente confuso. El centro comercial subterráneo, de aspecto laberíntico, ha sido especialmente objeto de críticas.

Sin embargo, en general, el barrio más antiguo de la ciudad se ha hecho a nuevo. La población del centro de Manhattan, que antes del 11-S era de 15.000 habitantes, ha aumentado a más de 65.000, y un lugar que durante mucho tiempo estuvo dominado por los servicios financieros ahora cuenta con una mezcla de empresas tecnológicas y de medios de comunicación. La tragedia ha dotado de alma a un lugar que era estéril.

Gran parte del mérito corresponde a Michael Bloomberg, que asumió la alcaldía semanas después del atentado y comprendió que el barrio no podía reconstruirse tal cual. Fue Bloomberg quien invirtió en parques y escuelas para hacer el lugar habitable. "La transformación del bajo Manhattan fue uno de los grandes legados de Bloomberg", dice Mitchell Moss, profesor de estudios urbanos de la Universidad de Nueva York. "La recuperación del centro se debe a su visión".

Sin embargo, las torres de oficinas que Silverstein defendió también son integrales. Aunque ahora parezca una tontería, en su momento se profetizó ampliamente que la gente no volvería a querer trabajar en la parte superior de una torre altísima, y mucho menos cerca de una fosa común.

"En cada paso del Trade Center, la historia vuelve a Larry y a las valientes decisiones que tomó", dice Mary Ann Tighe, directora de la región de Nueva York del grupo de servicios inmobiliarios comerciales CBRE, y otra figura que fue decisiva para reactivar el centro de la ciudad.

Seth Pinsky, director ejecutivo del grupo comunitario sin ánimo de lucro 92nd Street Y, que trató con Silverstein como jefe de desarrollo económico de Bloomberg, lo considera uno de los promotores urbanos de una generación que está desapareciendo: con cabeza dura y guiado por los resultados, sin duda, pero también consciente de que la ciudad tenía que florecer para que ellos se beneficiaran.

"Tengo debilidad por Larry", dice Pinsky. "Mucha gente se habría marchado y se habría quedado con el dinero".

Una ciudad resistente

El hecho de que la ciudad no sólo haya sobrevivido, sino que haya prosperado tras el 11-S, no garantiza que vaya a superar las "cosas" actuales. Con el Covid-19, se plantea la cuestión de si la gente volverá a viajar en transporte público a Manhattan en gran número para trabajar en torres de oficinas densamente pobladas, especialmente cuando la tecnología ha dado a muchos la opción de trabajar a distancia.

El mercado de oficinas en el centro de la ciudad se ha visto asolado por la pandemia. La tasa de desocupación alcanzó un récord del 21% en el segundo trimestre, según Newmark Knight Frank, y los alquileres bajaron un 6% respecto a hace un año.

Entre los desarrolladores neoyorquinos, es un principio de fe nunca apostar en contra de su ciudad, ya sea por la caída de la bolsa en 1987, el 11-S o la crisis financiera de 2008. Existe la creencia de que las empresas seguirán pagando por las oficinas de mayor calidad y más agradables que den lugar al tipo de colaboraciones inspiradas que, según ellos, sólo pueden darse en un espacio compartido.

"Habrá que esperar entre seis y ocho meses para saber qué pasa en el mercado de las oficinas", dice Ruth Colp-Haber, directora general de Wharton Realty, que asesora a las empresas en materia de alquileres. Colp-Haber está convencida de que muchos promotores están negando la realidad.

La forma en que esto se desarrolle no es sólo una consecuencia para Silverstein y los suyos. Esas oficinas y otras formas de propiedad inmobiliaria aportan entre un tercio y la mitad de los ingresos fiscales de la ciudad, dependiendo de cómo se midan. También implica a otros trabajadores que sostienen un vasto ecosistema de negocios locales, desde restaurantes a gimnasios, galerías y transporte público. Si los trabajadores reducen sus desplazamientos a una oficina de Manhattan de cinco días a la semana a dos o tres, podría devastar la ciudad de la misma manera que el declive de la industria automovilística hizo tambalearse a Detroit en la década de 1980, advierte Pinsky.

Ya están aumentando los delitos violentos, como el del veterano desquiciado que atacó a un desconocido con un hacha en un cajero automático, o el de la mujer perturbada que sigue empujando a la gente a las vías del metro.

Queda abierta la cuestión de si todo esto es un bache por el Covid o si la ciudad está volviendo a los malos tiempos de los años setenta y ochenta, cuando una crisis fiscal provocó una erosión de los servicios públicos, que acabó provocando un éxodo. Algunos residentes ricos, como el financiero Carl Icahn, no esperan la respuesta. Han huido a Florida, donde los impuestos son bajos.

"Esta es una ciudad que ha demostrado que puede curarse de grandes heridas abiertas", dice Pinsky. "Pero ésta es una enorme".

El deseo del centro de la ciudad

Antes del 11-S, el barrio era poco más que un lugar de trabajo, cuyo ritmo subía y bajaba con la marea diaria de los mercados financieros. Ejércitos de capitalistas lo atravesaban o surgían de los pasillos del metro para llegar a sus escritorios en la apertura del mercado. Por la noche y los fines de semana, desaparecían y se convertía en un plano barrido por el viento.

Para Silverstein, que creció en una familia pobre de Bedford Stuyvesant, Brooklyn, el World Trade Center era una fuente de deseo y agonía. Codiciaba las Torres Gemelas porque se cernían sobre su propio edificio del centro, el Seven World Trade Center

Cuando se derrumbaron las torres, casi nadie veía a Silverstein como el hombre que debía dirigir la reconstrucción. Acababa de comprar la propiedad y se lo consideraba un intruso. Como incluso él mismo admite, el Seven World Trade Center, la única torre de oficinas que había construido, se hizo de forma barata. En la jerga de los desarrolladores neoyorquinos, Silverstein era un propietario, no un constructor. A los 70 años, pocos esperaban que tuviera la resistencia o la voluntad necesarias.

"Había un gran escepticismo sobre él como promotor después del 11-S. Y creo que el gobierno de Bloomberg no le creyó durante mucho tiempo", dice Carl Weisbrod, el eminente urbanista que supervisó el renacimiento de Times Square en los años 80 antes de dedicar sus energías al Bajo Manhattan.

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Tampoco hubo acuerdo sobre lo que debía hacerse con el lugar. Como recuerda Weisbrod, al principio había dos opiniones opuestas: Rudolph Giuliani creía que todo el emplazamiento era sagrado y debía convertirse en un monumento conmemorativo -para él, dicen los críticos-, mientras que otros querían que las Torres Gemelas se reconstruyeran tal y como estaban para "demostrar a esos bastardos que no pueden vencernos". Y afortunadamente, en mi opinión, no se aceptó ninguna de las dos cosas".

Silverstein no se oponía a los parques y a un monumento conmemorativo. Pero estaba convencido, pocos días después del atentado, de que el terreno de 16 acres necesitaba oficinas para funcionar. Se encontraba en el nexo de unión de una docena de líneas de metro y terminales de ferry, lo que lo hacía ideal para los desplazamientos. Las oficinas, según él, eran "la locomotora" de la economía del centro.

Se sucedieron años de atasco. La opinión pública se agrió y Silverstein fue vilipendiado como otro desarrollador codicioso. Se pidió su destitución. Pero no fue fácil desalojarlo. Tenía el contrato de alquiler, los mejores abogados de la ciudad y una póliza de seguro de u$s 3500 millones. (Silverstein creía que se le debía pagar el doble de esa cantidad porque el ataque a las torres representaba dos eventos separados. Siguieron cinco años de litigios, tras los cuales las partes llegaron a un acuerdo por u$s 4600 millones).

"Aquellos días fueron horribles", recuerda Silverstein. "Las presiones, los problemas, las dificultades, las disputas. Las acciones de algunos funcionarios electos eran espectaculares. Las acciones de otros funcionarios electos eran todo menos espectaculares. Eran horrendas".

Al final se lo convenció para que renunciara a sus derechos de construcción de la Freedom Tower, de 1776 pies, el edificio más alto de la ciudad, como parte de un acuerdo con Bloomberg y la Autoridad Portuaria. (Desde entonces ha sido rebautizado de forma menos provocativa como One World Trade Center). A cambio, Silverstein recibió garantías de que podría construir en otro lugar del emplazamiento y bonos Liberty libres de impuestos para ayudar a financiarlo.

"Larry merece mucho crédito por no haberse rendido nunca y haber reconocido en momentos clave que había que hacer concesiones", dijo Bloomberg en un correo electrónico.

Mientras tanto, Silverstein se había centrado astutamente en el Seven World Trade Center. Lo había construido en 1980 en virtud de un contrato de alquiler independiente, por lo que no tenía que responder ante la Autoridad Portuaria o los políticos para reconstruirlo. Lo hizo con un diseño muy mejorado del arquitecto David Childs. Aun así, era una apuesta, ya que Silverstein no tenía inquilinos preparados.

"La idea de que Larry diera un paso adelante y construyera en un lugar donde la gente se estaba marchando era inconcebible para la gente", dice Tighe.

Bloomberg pensó que la idea era descabellada y lo dijo. Pero en 2006 Moody's se hizo con 15 pisos. Fue un punto de inflexión que demostró la viabilidad tanto del barrio como de Silverstein. A lo largo de los años, Tighe atraería a otros inquilinos de primera fila a las nuevas torres del emplazamiento, como Condé Nast y Spotify, que, como ella dice, "cambiaron la conversación" sobre el centro de la ciudad.

En momentos clave, una empresa tan vasta contó con la ayuda de ángeles ahora olvidados o pasados por alto. El presidente George W. Bush envió u$s 21.000 millones para reconstruir una ciudad a la que no le tenía mucho cariño. También está Eliot Spitzer, el otrora "sheriff de Wall Street" y ex gobernador de Nueva York que dimitió en desgracia en 2008 tras un escándalo de prostitución. Fue Spitzer, según Silverstein, quien obligó a las aseguradoras a pagar llevándolas a su despacho en 2007 y amenazándolas con prohibirles hacer negocios en Nueva York si no lo hacían.

"No habría ocurrido sin él", dice Silverstein.

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