COVID y la lección que pueden dar los humildes erizos de mar sobre la resiliencia económica

La tecnología facilita el desbloqueo o la reutilización de activos y garantizó la resiliencia de la economía durante el coronavirus. Pero la próxima crisis podría ser diferente.

En apariencia, abril de 2020 era apocalíptico. Podías caminar por Oxford y apenas ver un alma: locales cerrados, calles vacías, sólo algún que otro peatón cruzando nerviosamente. Por supuesto, no era sólo Oxford. La Organización Internacional del Trabajo estimó que, a nivel mundial, más del 80% de los trabajadores estaban bajo alguna restricción relacionada con la pandemia ese mes de abril.

Sin embargo, a puerta cerrada, la economía se mostró sorprendentemente resiliente. Los economistas Janice Eberly, Jonathan Haskel y Paul Mizen, analizando los datos de cinco de las principales economías europeas, además de los de Estados Unidos y Japón, calculan el alcance de esa sorpresa. Constatan que la producción de los centros de trabajo convencionales cayó un 23% entre el primer y el segundo trimestre de 2020. Sin embargo, la producción real sólo cayó un 13%, lo que es grave, pero menos de la mitad de lo que cabría esperar. Esta fue la resiliencia económica en acción.

Sin embargo, los shocks siguen llegando. Entonces, ¿debemos estar tranquilos por la resiliencia mostrada en los primeros confinamientos? ¿Y hay alguna forma de reforzarla en el futuro?

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En retrospectiva, la caída relativamente pequeña de hace dos años se explica fácilmente: mucha gente encontró formas de hacer su trabajo desde casa. Conexión a Internet en casa, mesas de cocina que normalmente no se utilizan durante las horas de trabajo, computadoras y celulares, cobertizos elegantes... estos y otros activos fueron presionados para que cumplieran una doble función como equipo de negocios. Eberly y sus colegas llaman a esto "un despliegue espontáneo y sin precedentes de 'capital potencial'".

El 'capital potencial' ya se ha desplegado antes. Hace más de una década, se empezó a hablar de la 'economía colaborativa' o 'economía P2P', en la que la tecnología facilitaba la organización de viajes compartidos o ponía en contacto a los turistas con personas que disponían de habitaciones libres en los lugares de destino. El atractivo era bastante obvio: los bienes subutilizados se ponían en contacto con personas que querían utilizarlos

Los argumentos a favor de los encuentros entre pares eran especialmente fuertes en los casos en que la demanda fluctúa, desde los viajes del viernes por la noche hasta las habitaciones cercanas a un evento deportivo popular.

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Pocas personas describirían Airbnb o Uber como parangones del "compartir", y en los años transcurridos estos modelos de negocio se han profesionalizado a fondo. Pero la cuestión sigue siendo que la tecnología parece facilitar el desbloqueo o la reutilización de activos.

¿La capacidad de desbloquear el capital potencial aumenta la resiliencia? Sin duda, a corto plazo. Si la misma pandemia se hubiera producido en los años '90, es difícil imaginar que el trabajo desde casa hubiera sido factible para tanta gente. Las conexiones a Internet eran demasiado escasas, los software demasiado inflexibles y las computadoras demasiado toscas.

Pero con el tiempo, a medida que el capital potencial se despliega de forma más rutinaria, la flexibilidad se elimina del sistema. La capacidad de recuperación puede disminuir en lugar de aumentar. John Doyle, matemático de Caltech, ha acuñado la expresión "robusto y a la vez frágil" para describir los sistemas que soportan bien ciertos shocks y mal otros. 

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La economía distribuida, rica en información y que trabaja desde casa, que ha soportado tan bien los confinamientos, podría ser extremadamente vulnerable a ciertos ciberataques o a problemas con la red eléctrica. Si todos pudiéramos volver a la oficina en caso de crisis, no se habría perdido nada. Pero si las propias oficinas se convierten en un ecosistema en peligro, estaríamos vendiendo flexibilidad para comprar eficiencia, y como resultado aparecerían nuevas vulnerabilidades.

Estas nuevas vulnerabilidades son difíciles de prever. Andrew Zolli y Ann Marie Healy dan algunos ejemplos vívidos en su libro 'Resilience'. Los arrecifes de coral de Jamaica sufrieron la presión de la sobrepesca en los años '60 y '70, pero parecieron sobrellevarlo bien. Aunque los peces eran más escasos y menos diversos, los erizos de mar prosperaban en un nicho evolutivo similar, alimentándose de algas. Los propios arrecifes de coral estaban bien. Incluso a pesar del feroz huracán Allen, en 1980, pudieron sobrevivir. Devastó los arrecifes menos profundos, pero pronto el coral pareció recuperarse. 

Luego, en 1983, un patógeno mató a casi todos los erizos. En pocos meses, el arrecife se vio abrumado por las algas. Los erizos ya no estaban para mantenerlo bajo control, y los peces de apoyo también se agotaron. Los corales fueron destruidos.

La moraleja de la historia es que, como los erizos eran tan buenos comiendo algas, su éxito enmascaraba el hecho de que eran la última línea de defensa y que el sistema coralino estaba en una situación precaria. ¿Es Internet el erizo de mar de la economía moderna? ¿O es la red eléctrica? Estas cosas suelen estar claras sólo en retrospectiva.

Llegados a este punto, debería dar un golpe en la mesa y exigir a nuestros dirigentes que piensen más en la resiliencia. Y deberían hacerlo. Pero yo no pretendería que la solución sea sencilla. Algunas fuentes de resiliencia, como la capacidad redundante, son caras y resultan inútiles. (En marzo de 2020, advertí que debíamos apurarnos a construir más respiradores. ¿Lo hicimos?)

Algunas fuentes, como los activos informáticos flexibles o las cadenas de suministro optimizadas a nivel mundial, pueden ocultar vulnerabilidades o crear nuevas fallas. Y otras, como las comunidades prósperas y empáticas, son cosas que desearíamos en cualquier momento, pero que no sabemos necesariamente cómo crear. No podemos comprar la resiliencia por metros. Pero si la valoramos lo suficiente, podemos cultivarla.

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