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Cae la demanda en China: por qué eso es un problema para el resto del mundo

Qué puede pasar si China intenta revertir la desaceleración de su economía aumentando sus exportaciones, como lo hizo en las décadas de 1990 y 2000

Se supone que el G20 es el principal foro de gestión de la economía mundial, y el mayor problema económico del mundo en estos momentos es la falta crónica de demanda en China.

Por lo tanto, es más que lamentable que el presidente Xi Jinping haya decidido no asistir a la cumbre de Nueva Delhi este fin de semana, enviando en su lugar al primer ministro Li Qiang, y poniendo de relieve, en el proceso, las pocas opciones que tendrán otros países si China intenta resolver sus desafíos económicos recurriendo a la demanda del resto del mundo. Dado que Xi no estará allí para abordar el tema, los demás líderes mundiales deberían considerar, en su ausencia, cómo exactamente manejarían este escenario.

Como lo señala Brad Setser, del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés), la debilidad económica de China tiene poco efecto directo en otras economías avanzadas porque China fabrica mucho para sí misma y compra muy poco a los demás.

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La cuestión es qué ocurriría si China intentara exportar su camino hacia el crecimiento, como lo hizo en las décadas de 1990 y 2000. El superávit por cuenta corriente de China ya representa el 2% de su economía. Si Beijing intentara aumentarlo sería problemático, sobre todo si lo hiciera mediante políticas destinadas a mantener bajo el valor del tipo de cambio del renminbi.

El beneficio de tales políticas para China es cuestionable hoy. Con una economía tan grande, y con un superávit comercial en el sector manufacturero tan elevado, es difícil imaginar que la demanda exterior pueda contribuir lo suficiente como para compensar el tambaleante mercado inmobiliario.

Centrarse en las exportaciones, sin embargo, encaja con el objetivo de Xi de fortalecer la industria china de alta tecnología y con su aversión a los estímulos dirigidos al consumo interno. Animar a los ciudadanos chinos a viajar dentro de su país, en lugar de ir al extranjero, es un ejemplo de cómo las políticas pueden desviar la demanda de otras naciones.

Incluso si el desvío de la demanda hacia China no fuera suficiente para generar un fuerte crecimiento en el país, todavía podría causar trastornos en la economía mundial. Si China hace que sus productos sean más competitivos, lo más obvio es que estos productos desplazarán la producción a otros lugares.

Más sutilmente, un superávit por cuenta corriente debe compensarse con flujos de capital. El reciclaje del superávit de China contribuyó a facilitar las condiciones financieras en todo el mundo antes del colapso financiero de 2007-08, al igual que la exportación de los ahorros alemanes a países como Grecia formó parte de las condiciones que provocaron la crisis de la eurozona en 2011. Tales desequilibrios en la economía mundial no son un fenómeno que nadie deba apresurarse a experimentar de nuevo.

Entonces, ¿qué puede hacer el resto del G20 al respecto, aparte de instar a China a generar más demanda propia? Existen pocas respuestas fáciles.

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Una cosa que debe tenerse en cuenta es que un creciente superávit chino tendría atractivos superficiales. El entorno económico de mediados de la década de 2000 era popular: les permitía a los consumidores occidentales vivir más allá de sus posibilidades, aunque acelerara el declive de sus industrias manufactureras. En este momento, un impulso deflacionario por parte de China ayudaría a hacerle frente al encarecimiento del costo de vida.

Sin embargo, ahora debería haber más consenso internacional en contra de que China tenga un gran superávit, del que hubo hace 20 años. La economía china es mucho mayor y más rica que entonces. Japón y Alemania, los cuales han prosperado durante mucho tiempo gracias a las exportaciones de autos de lujo y bienes de capital a China, actualmente se enfrentan a su rápido surgimiento como exportador de automóviles. El resto de Asia compite con China en los mercados de exportación, por lo que la mayoría de los países, salvo los exportadores de materias primas, tienen algo en juego.

Si Estados Unidos no se hubiera retirado de la cooperación económica, como hizo al abandonar el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), estaría en una mejor posición para argumentar estos puntos. Ahora que la diplomacia estadounidense está tan concentrada en la competencia militar y de seguridad con Beijing, cualquier objeción que haga a la política económica china será vista con recelo por muchos otros países.

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Queda la cuestión de las herramientas. Un gran logro del G20 es su acuerdo para evitar la devaluación de la moneda con fines competitivos, y mantener ese consenso en Nueva Delhi es vital. Sin embargo, no existe ningún mecanismo para hacer cumplir el acuerdo, ni siquiera contra la manipulación directa de las divisas, y mucho menos contra políticas más complejas que aumentan el superávit por cuenta corriente pero que son difíciles de detectar, por no hablar de impugnar.

Éste es una falla fundamental del sistema económico mundial que se remonta a su creación en Bretton Woods: los países que registran un déficit por cuenta corriente persistente a la larga se verán obligados a ajustarse a través de una crisis monetaria, pero no existe ningún mecanismo para disciplinar a los países que registran un superávit persistente. Sin embargo, el superávit de un país debe ser el déficit de otro.

Una reforma profunda y una gestión colaborativa de la economía mundial requerirían que EE.UU. y China trabajaran conjuntamente, algo que hoy parece más lejano que nunca. Lo que los líderes mundiales pueden hacer en el G20 es indicar su objeción -a todo el mundo, no sólo a China- a las políticas que pretenden estabilizar las economías nacionales a costa de la demanda de otros.

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