Mariana Camino es CEO y presidenta de Abeceb, que hoy lleva adelante un Foro que tiene como eje leer las señales globales para las decisiones de inversión. En diálogo con El Cronista, analizó el impacto en la Argentina y los puntos a tener en cuenta de cara al año electoral.
El evento reúne a referentes internacionales como Mariano Rajoy, expresidente del Gobierno de España; Luis de Guindos, exvicepresidente del Banco Central Europeo; Mauricio Macri, expresidente de la Argentina; y Martha Lucía Ramírez, exvicepresidenta de Colombia. También participarán el viceministro de Economía, José Luis Daza, y el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger, junto a empresarios y especialistas en geopolítica
—El Foro llega tras los resultados de las elecciones en Brasil y Estados Unidos, relevantes para la Argentina ¿Cómo impacta la geopolítica?
—El foro se llama “Radar 2026” porque queremos identificar, de todo lo que está pasando en el mundo, qué señales rescatar, a partir de la premisa de que el mundo está cambiando las reglas. Hoy vivimos en un mundo en tensión, con mucha fricción, y la incertidumbre es la línea de base.
Vamos hacia una inflación global estructuralmente alta. Después de la pandemia, los gobiernos quedaron con mayor deuda sobre PBI, la inflación cuesta bajarla, el mundo discute productividad y el capital hoy también es escaso y caro. Operan transformaciones simultáneas: geopolítica, geoeconomía, fragmentación de cadenas de valor, aceleración de la inteligencia artificial, demografía, cambio climático y comercio. Todas esas transformaciones definen las nuevas reglas y necesitan capital.
Ahí América Latina y Argentina tienen una oportunidad interesante porque cuentan con muchos recursos que el mundo demanda, pero tener el recurso no implica capturar el valor: para eso se necesita inversión.

Brasil tiene un problema fiscal importante. Lula 3 no le dejó una buena herencia a Lula 4. Tienen la necesidad de hacer una reforma fiscal porque arrastran un déficit cercano a 10 puntos del producto, una deuda de casi el 90% sobre el PBI y una inflación por encima de la meta, por lo que nadie espera que baje la tasa de interés.
A la Argentina le preocupa que no crezca la demanda interna de Brasil porque perjudica el volumen de comercio, además del impacto financiero si se abaratan sus bienes por una devaluación del real. También pesa la posición geopolítica que adopte Lula.
—¿Y las elecciones de Estados Unidos?
—Del lado de Estados Unidos, se esperaba el resultado de las elecciones de medio término, aunque quizás no por tanta diferencia. De las últimas 13 elecciones intermedias, en 11 perdieron los oficialismos: la sociedad estadounidense suele castigar al gobierno de turno. La pérdida de ambas cámaras tiene antecedentes con Bush, Clinton y Obama. Además, se define la sucesión republicana y perdieron lugares clave como Texas.
Como el presidente conserva atribuciones en política exterior y poder de veto, todavía es muy reciente para evaluar un impacto directo en la Argentina, pero sin duda es un mundo mucho más exigente.
—Los demócratas cuestionan el apoyo brindado al gobierno de Javier Milei desde Estados Unidos. ¿Este cambio de fuerzas puede llegar a afectar en algo?
—Creo que es prematuro decirlo. Cuando usamos el concepto de “radar”, planteamos separar el ruido de la señal. Traer el mundo a la mesa del directorio sirve para que las empresas tomen decisiones donde comprometen capital.
Hoy hay mucho ruido. Trump tiene dos años por delante y, si decide seguir apoyando a la Argentina por motivos geopolíticos y de control regional, lo va a hacer. Tendrá mayor vigilancia del Congreso, pero por su personalidad y estilo de liderazgo no parece que hoy haya una señal determinante en contra. Hay que monitorearlo, pero tiene la capacidad de sostenerlo.
Por otro lado, Argentina llega mejor parada que en la elección anterior para enfrentar la volatilidad electoral, con fundamentals más sólidos: equilibrio fiscal, baja de inflación y compras de reservas. Si bien hay movimientos de cobertura, no vemos un escenario de crisis, sino de tensión.
—¿Cuánto pesa el escenario de cobertura electoral?
—Vemos más cobertura, pero no anticipa una crisis. Siempre diferenciamos volatilidad de reversión del modelo. El Gobierno pone sobre la mesa el activo de la estabilidad económica, pero tenés un riesgo país coqueteando con los 800 puntos que, más allá de lo internacional, se explica por lo doméstico: las proyecciones de crecimiento se ajustaron a la baja.
La estabilidad por sí sola no es un puente automático al crecimiento. Si bien estimamos que el año cerrará en torno al 1,2% positivo, en línea con el REM, vemos señales positivas en el último trimestre: leve repunte de actividad, baja de mora, algo más de crédito y mejoras en índices de confianza. No vemos que los datos negativos se profundicen, aunque la economía mantenga una dinámica de serrucho. El Gobierno tendrá que poner todo para sobrellevar la volatilidad del año electoral, sin que esto signifique un fin de ciclo.
—El FMI y el G20, discuten cómo expandirse bajo advertencias sobre deuda y disciplina fiscal. ¿Dónde hay que enfocarse?
—Gary Litman, uno de los expositores, está ahora en Washington porque presidirá la reunión del B20. Entre los temas centrales de debate están la sobrecapacidad, cómo competir con China, la productividad y la tecnología. El mundo proyecta crecer menos, en torno al 3% frente al 3,5% previo, y comerciar menos.
El dilema de los bancos centrales es cómo fomentar la expansión sin descuidar las metas de inflación. Es la misma discusión que atraviesa la Argentina, pero en un cambio de época global. El país quedó muy expuesto porque se abrió al mundo rápidamente, sin anestesia, con un costo argentino todavía elevado y debiendo consolidar su macroeconomía.
—¿Habría que repensar ese nivel de apertura?
—El problema central es la productividad. El rumbo que propone Argentina es el adecuado. Pensarse aislado del mundo no es viable: aun con la globalización fragmentada, necesitás integrarte. Argentina tiene una oportunidad inédita liderada por sectores dinámicos que proyectan exportaciones por encima de los u$s 100.000 millones. Eso genera divisas genuinas, inversión y tracciona a los ecosistemas provinciales.

Es un cambio de matriz productiva que lleva tiempo, mediante infraestructura y encadenamientos. Los recursos críticos en minería, energía, infraestructura y talento tienen demanda global. La contracara son los sectores volcados al mercado interno, que sufren la transición por falta de productividad.
—¿Cómo podría mejorarse esa productividad?
—Se requiere inversión. Al hablar de competitividad hay que distinguir por industria, empresa y región. Hay pymes reconvirtiéndose para integrarse como proveedoras de cadenas exportadoras; otras buscan escala, incorporación de tecnología y baja de costos para ganar eficiencia; y otras reconfiguran su portafolio combinando producción nacional e importada.
—Con el cambio en EE.UU. o un mayor orden en Brasil, ¿pueden complicar el crédito para proyectos locales?
—El financiamiento se vuelve más caro. Con un riesgo país en 800 puntos, la prima es muy alta y el capital es selectivo. Sectores clave como Vaca Muerta o minería acceden a financiamiento externo a costos corporativos no soberanos. Pero para el resto de la economía, el financiamiento bancario local es reducido, menor a 10 puntos del PBI, y el crédito internacional exige certeza de que la estabilidad perdurará en el tiempo. Por eso, de cara al año electoral, muchos inversores adoptan una postura de espera, wait and see.
—¿Cómo puede transitar la economía este período preelectoral sin deteriorar el empleo o generar malestar social?
—No creo que haya giros drásticos porque el Gobierno descartó implementar un “Plan Platita”. Sí puede haber medidas puntuales o señales de alivio, como anticipó Caputo en la UIA respecto a no cargar con nuevos tributos a las pymes o permitir compensaciones impositivas para capital de trabajo. La competitividad sistémica —reforma tributaria y flexibilización laboral— demanda más tiempo.
Mientras tanto, las empresas se enfocan en ganar eficiencia interna y bajar costos. En el margen, una baja continua de la inflación y la expansión del crédito para bienes durables pueden amortiguar la actividad, pero sin generar un auge económico.
—¿Puede haber un giro drástico si cambia el Gobierno?
—Desarrollamos el “Índice de Reversión del Modelo” y consideramos que buena parte de las transformaciones actuales genera derechos adquiridos y cambios estructurales difíciles de retrotraer a foja cero mediante el péndulo político tradicional. Los encadenamientos productivos, las inversiones y los recursos fiscales que perciben las provincias consolidan el rumbo exportador.
En los grandes centros urbanos y el consumo masivo hay un sinceramiento del nivel real de demanda tras la burbuja inflacionaria previa. El ancla del equilibrio fiscal y el cumplimiento de la deuda llegaron para quedarse en las demandas del electorado. Las diferencias a futuro podrán darse en los ritmos para apuntalar el consumo o el crédito, pero no en desarmar los equilibrios esenciales.
El país necesita demostrar continuidad en las políticas correctas más allá de la alternancia. En el plano global, ni siquiera potencias en pugna como Estados Unidos y China pueden prescindir de su integración comercial. Hay que comprender el mundo desde la formación de expectativas, la competencia por el capital y la especialización productiva.
¿El programa económico actual requiere correcciones de corto plazo, como el nivel del tipo de cambio?
No creo que el Gobierno vaya a modificar el esquema cambiario porque una devaluación no garantiza mayor demanda de dinero. Seguirá recurriendo a herramientas puntuales, como el crédito hipotecario, que operan más como señales de estabilización.
Donde sí vemos margen de mejora es en el plano comunicacional: falta explicar con mayor claridad los avances estructurales que los indicadores tradicionales aún no capturan. Muchas inversiones en desarrollo de proveedores y entramados productivos no se reflejan de inmediato en la tasa agregada de inversión, pero están ocurriendo. Comunicar mejor esos resultados ayudará a consolidar las expectativas.

Por Patricia Valli
Editora Jefe de Economía
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