OPINIÓN

Una década estancada y su pesada herencia

Entre 2011 y 2019, el PBI argentino cayó 2,5%. Si le agregamos el año de pandemia, el deterioro llega a 12,2%. Esto nos convierte en el país número 182 sobre 192 en perfomance de crecimiento a nivel global. A la vez, si miramos la inflación -usando el IPC GBA Ecolatina para el período 2011-2016-, estamos terceros en el ranking, solo por debajo de Venezuela y Zimbabwe.

Este desempeño no fue la norma entre los países de la región. Por caso, Chile creció 23% en el período, ubicándose en el lugar 108, Uruguay avanzó 17% (puesto 136) y Brasil tan solo 3%, quedando en el número 172 del ranking. Al analizar la suba de precios, los resultados no mejoran: mientras que la Argentina promedió una tasa anualizada del 30% entre 2011 y 2019, la de Chile rondó el 3% -puesto 75-, la de Uruguay el 7% -puesto 24- y la de Brasil el 5% -puesto 42-.

En consecuencia, no solo podemos afirmar que tuvimos muy malos resultados, sino, además, que estos fueron un caso excepcional: a nivel global, 170 países tuvieron crecimientos agregados mayores a 5% entre 2011 y 2019, a la par que solo en 16 países la inflación promedio estuvo por encima del 10% anual. Analizando este derrotero, dos preguntas se vuelven urgentes: ¿Por qué pasó esto? ¿Se revertirá en el corto plazo?

El proceso 2003-2010 fue particularmente bueno para nuestro país, sobre todo en materia de actividad. Luego de la crisis de 1998-2002, que dejó superávit fiscal y comercial, la economía rebotó y acumuló siete años de crecimiento, aprovechando, entre otras cosas, un dólar competitivo, términos de intercambio altos y bases de comparación bajas.

Sin embargo, entre 2011 y 2015, esos superávits se transformaron en déficits y el dólar caro se convirtió, cepo mediante, en un tipo de cambio muy atrasado. En este sentido, la divisa había llegado a diciembre de 2015 incluso por debajo de los niveles de la convertibilidad -y con una mayor presión impositiva, lo que complicaba todavía más la competitividad-.

Mauricio Macri asumió su gestión con desequilibrios de precios relativos, un déficit fiscal insostenible, pero un stock de deuda pública acotado. Apoyándose en este último, corrigió parte importante de los problemas heredados. Sin embargo, una excesiva desregulación de los flujos financieros y una tasa de endeudamiento muy acelerada agravaron el estancamiento económico precedente y aceleraron la inflación, dejando como resultado la magra perfomance del período 2016-2019.

En este marco, el mayor -y casi único- activo de 2015 se había convertido en el principal pasivo de 2019. Por el contrario, gran parte de los puntos acuciantes de 2015 se habían corregido. Sin embargo, la llegada de la pandemia puso patas arriba a la economía, dando marcha atrás con los avances y agravando los problemas heredados.

Por un lado, motivó un déficit fiscal primario récord (-6,5% del PBI en 2020, casi el doble que en 2015), en tanto golpeó fuertemente a la recaudación del Tesoro y lo forzó a expandir su gasto. Para peor, al no tener acceso al financiamiento vía deuda, el Banco Central emitió 2 billones de pesos durante el año pasado, devolviendo la liquidez rápidamente a los niveles de 2012-2015 y generando diversas presiones sobre el dólar y las reservas.

Además, volvieron los desequilibrios y atrasos de precios relativos. Luego del congelamiento tarifario que empezó en abril de 2019, los subsidios pasaron de 1,6% en el último año de la gestión Cambiemos a 2,6% en 2020, acercándose rápidamente a los porcentajes de 2015. Considerando las actualizaciones moderadas de tarifas que habrá en 2021, ese porcentaje seguirá en ascenso este año. Por lo tanto, también tendremos un "nuevo-viejo" problema acá.

Por último, está el frente cambiario. Al momento, el tipo de cambio real se encuentra en línea con el promedio histórico, de modo que no hay un atraso tan relevante como existía antes de las devaluaciones de 2015 o 2018. No obstante, hay un problema de confianza en el peso y las Reservas netas están cerca de sus mínimos históricos. A la vez, el cronograma de vencimientos con el FMI y el Club de París es exigente, obligando a desembolsar más de u$S 7000 millones en la segunda mitad del año, que, de no mediar un acuerdo, deberían pagarse cash. En este escenario, es probable que el dólar oficial termine ajustando luego de las elecciones, sea por precios -devaluación- o cantidades -más cepo-.

En síntesis, la performance de la economía argentina entre 2011 y 2020 fue una de las peores a nivel global. Lamentablemente, será difícil que esta dinámica mejore sustancialmente en el corto plazo, incluso asumiendo una pronta salida de la pandemia. Lo que era un problema en 2015, volvió a serlo en la actualidad; y lo que era un problema en 2019, lo sigue siendo hoy. Al menos por ahora, a la década estancada no le seguirá una de recuperación.

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