Opinión

Una Argentina en la que 20 años no sean nada

Hace poco escuché que si te vas de Argentina durante 20 días, cuando volvés, todo cambió; pero si te vas durante 20 años, regresás y todo sigue igual. Fue este pensamiento el que me llevó a preguntarme qué tendríamos que hacer para que al cabo de una o dos décadas algo fuera distinto.

Imaginé uno de tantos profesionales de los que se están yendo en estos años a buscar suerte afuera, cansados de ciclos de entusiasmos, desilusiones, búsquedas y esta gimnasia que nos impone cada tanto una nueva ilusión o desencanto. Pero esta vez me imaginé que este profesional que volvía, se encontraba con una Argentina distinta. ¿Qué había pasado?

Había habido un manojo de líderes responsables, que desde distintos lugares -políticos, empresariales, sociales, sindicales, científicos, intelectuales, artísticos- habían estado dispuestos a aprender, habían sido creativos, habían imaginado soluciones distintas, habían dialogado, cooperado, habían sido resolutivos, resilientes, habían entendido las necesidades de los demás y se habían puesto a trabajar codo a codo dejando de lado los egos y viejas formas de pensar y pensarse. Ya nadie decía "los argentinos somos así"...

Se había conseguido romper el círculo vicioso del empobrecimiento y -al ver a estos nuevos liderazgos, a estos nuevos acuerdos, a este cúmulo de innovación puesto en acto- muchos capitales habían llegado para invertir en tecnología y en conectividad. Se habían encontrado con emprendedores, gestores y técnicos formados y con ideas. El Estado había estado donde tenía que estar, cuidando que las reglas de juego se cumplieran, garantizando los bienes y servicios básicos y jugando el partido por y para los ciudadanos.

En este país se había dejado de opinar de todo sin entender, sin estudiar o comprender el tema, se había dejado de criticar con ferocidad. Durante un tiempo los argentinos habíamos hecho un pacto y habíamos dejado de hablar mal del otro y de nosotros mismos. Habíamos empezado a encontrar las cosas buenas que teníamos y a ponerlas de manifiesto. El pensamiento de que "es mejor hablar bien de uno que mal de los demás", frase de mi padre, empezaba a dar sus frutos.

Este viajero que regresaba se encontraba un país conectado: se habían multiplicado las autovías, los aviones surcaban el cielo no solo yendo y viniendo desde y hacia Buenos Aires sino conectando localidades de la Argentina profunda. 

Había nuevas vías férreas y trenes modernos viajaban a alta velocidad uniendo pueblos y ciudades pujantes del interior que exportaban su producción e intercambiaban bienes y servicios con otras regiones del país. 

El campo era reconocido por su capacidad de agregar valor, por la creatividad, el cuidado de los suelos, por generar riqueza y no solo divisas . Habían florecido polos productivos en diferentes lugares, el turismo interno favorecía que se conocieran paisajes y comunidades antes aisladas. Escuelas y hospitales estaban impecables, equipados y dirigidos por docentes y profesionales de la salud reconocidos, recompensados y con voluntad de trabajar por el bien común.

La competitividad, la productividad y la transparencia eran valores con los que se decidían las inversiones, tanto en el sector público como en el privado. De la mano de la llegada de capitales y de la reactivación de todos los circuitos anquilosados, habían retornado el crédito y el ahorro. Las personas tramitaban su préstamo a largo plazo para construir su primera vivienda y todos conseguían tener su techo asegurado, por el que pagaban con trabajo genuino. Este trabajo los hacía sentir valiosos y valorados.

Al recobrar la dignidad personal y el sentido del hacer propio, iban desapareciendo los resentimientos y las resignaciones. Retornaban los buenos modos, la amabilidad y el respeto por el otro. Disminuía la violencia pequeña, la avivada y también la grande, el delito, las mafias.

Este hipotético viajero encontraba un país distinto, y lo que más le llamaba la atención era el orgullo con que los argentinos nos referíamos a nuestro país. Aquel orgullo que alguna vez tuvieron nuestros bisabuelos, que hablaban del país de todos los climas, de los paisajes multicolores y variados, de la gente solidaria, de la clase media pujante, de los científicos galardonados, y de la educación pública de excelencia, de pronto había vuelto a hacerse carne en nosotros. 

Ya no éramos el país de talentos sobresalientes pero individuales, o de unas pocas empresas exitosas, en medio de un país que no termina nunca de hundirse en su propio fango, sino el de muchas personas listas para trabajar juntas, dejar atrás el pasado y abrazar en cambio todo lo que podemos ser.

¿Ingenua? Puede ser, pero toda realidad existente alguna vez fue pensada por alguien, y toda empresa o país pujante alguna vez fue una visión en la mente y el corazón de unos cuantos, que supieron transmitirla para ponerla en acto. Ojalá podamos sumar mentes y corazones a este sueño, para que sea el de muchos. Por algo se empieza. 

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