Mientras Estados Unidos y buena parte de Asia absorben el shock energético derivado del bloqueo de Ormuz con la amortiguación que brinda el ciclo de inversión tecnológica, Europa enfrenta las dos fuerzas en su contra de manera simultánea.

No está capturando el auge de la inteligencia artificial y los semiconductores con la misma intensidad que sus competidores, y al mismo tiempo su mayor dependencia de energía importada amplifica el impacto del conflicto en Medio Oriente sobre sus costos de producción, su inflación y su actividad económica.

Ese doble condicionante no es nuevo ni coyuntural. Es el resultado de una pérdida de posicionamiento competitivo que lleva años acumulándose y que el shock de 2026 puso bajo una luz mucho más cruda.

Los datos de divergencia acumulada desde el Covid son contundentes. El PBI real de Estados Unidos creció un 8,5% entre el cuarto trimestre de 2022 y el primer trimestre de 2026; el de la Eurozona apenas un 3,1% en el mismo período. En términos nominales, la brecha es todavía mayor: el PBI nominal estadounidense avanzó un 19% acumulado contra un 13,7% europeo. Las ganancias corporativas por acción crecieron un 48,2% en EE.UU. frente a un 17,6% en Europa en ese período, y los precios de las acciones subieron un 87,7% en Wall Street contra un 43,5% en las bolsas europeas.

En pocas palabras, desde el Covid Estados Unidos creció tres veces más que Europa, sus ganancias corporativas avanzaron tres veces más y sus mercados de capitales dejaron muy atrás a los europeos. Esa brecha no refleja diferencias cíclicas pasajeras sino una pérdida estructural de competitividad que tiene en el rezago tecnológico su causa más profunda.

Alemania es el caso que mejor ilustra el deterioro del modelo industrial europeo. La economía más grande del continente cerró 2024 con una caída del PBI del 0,5% y proyecta apenas un 0,9% de crecimiento para 2026 en el escenario post-shock energético. Francia, la segunda economía de la zona euro, prevé apenas 0,7%. Italia proyecta 0,6%.

La Eurozona en su conjunto no superaría el 0,8% de crecimiento para el año. Ese panorama de debilidad se agravó con un shock adicional que la región ya venía arrastrando antes del inicio del conflicto. Los indicadores adelantados —PMIs manufactureros, el índice de confianza empresarial alemán IFO, las expectativas de mercado ZEW y la confianza del consumidor— ya apuntaban a una Eurozona prácticamente sin impulso en el arranque de 2026.

Shutterstock

La exposición energética de Europa es estructuralmente diferente a la de Estados Unidos. El gas natural licuado de origen europeo subió un 50,8% desde el inicio de la guerra, y el GNL de Asia —que compite por los mismos cargamentos— acumula una suba del 81,7%. El continente depende de importaciones para cubrir una fracción significativa de su demanda energética, y una parte relevante de esas importaciones transita por rutas y mercados directamente afectados por el cierre de Ormuz.

A diferencia de EE.UU., que redujo su dependencia relativa del petróleo gracias a su transformación productiva hacia sectores menos intensivos en energía física, Europa sigue siendo más vulnerable al encarecimiento del crudo y sus derivados porque su tejido industrial no migró con la misma velocidad hacia actividades de menor intensidad energética. Esa asimetría convierte un mismo shock global en consecuencias muy distintas según la región.

El mercado de bonos europeo refleja con precisión esa mayor vulnerabilidad. Desde el inicio del conflicto, los rendimientos de los bonos alemanes a dos años subieron 71 puntos básicos, los británicos otros 71 puntos básicos y los italianos a diez años avanzaron 62 puntos básicos. En contraste, los treasuries estadounidenses a diez años subieron 47 puntos básicos en el mismo período.

El mercado le está asignando mayor riesgo inflacionario e incertidumbre a Europa que a Estados Unidos, pese a que el shock energético es global. Esa prima refleja algo concreto, la posición del Banco Central Europeo es considerablemente más incómoda que la de la Reserva Federal.

El BCE atraviesa una situación sin salida sencilla. En abril de 2026 mantuvo su tasa de referencia sin cambios en 2%, pero no fue una pausa de corte expansivo sino una pausa forzada por la incertidumbre. El petróleo caro y el GNL encarecido presionan la inflación al alza y elevan el riesgo de efectos de segunda ronda sobre salarios y precios de servicios.

Si eso ocurre, el banco central europeo podría verse obligado a subir tasas en junio, en un momento en que la actividad ya muestra signos de deterioro. Esa combinación —inflación energética que obliga a endurecer y actividad débil— es la más complicada que puede enfrentar cualquier banco central. La Reserva Federal al menos cuenta con el soporte de una economía cuyo dinamismo le permite mantener la pausa sin urgencia. El BCE no tiene ese mismo margen de comodidad.

Si sube tasas en junio, corre el riesgo de ahogar lo que queda de actividad. Si no lo hace y la inflación se propaga, pierde credibilidad anti-inflacionaria en un momento particularmente delicado.

La situación que Europa atraviesa en 2026 no es solo el resultado del shock energético de Ormuz. Es la acumulación de una década de pérdida de posicionamiento competitivo frente a EE.UU. y Asia en las industrias que definen el crecimiento del siglo XXI: inteligencia artificial, semiconductores, plataformas digitales y automatización avanzada.

El shock de 2026 no creó esa vulnerabilidad; la hizo visible con una crudeza que los años de crecimiento moderado habían mantenido cubierta. Europa puede seguir siendo una región próspera y estable, pero hacerlo en un mundo definido por la revolución tecnológica y la geopolítica energética requerirá reformas de alcance y profundidad que hasta ahora el continente no logró acordar. El costo de seguir postergándolas se vuelve cada vez más evidente en cada nueva perturbación global.