Opinión

¿Será diferente esta vez?

Cada vez que nos acercamos a una elección presidencial surge la misma pregunta de siempre: ¿será diferente esta vez? ¿Se producirá el cambio copernicano que tantos argentinos anhelan? ¿O volveremos a caer en el fracaso y la desilusión una vez más?

Hay algunas razones para el optimismo. En primer lugar, el cansancio que generan la inflación y el estancamiento invitan a que el próximo presidente reciba de sus votantes un mandato contundente a favor de la estabilización. Un mandato que estuvo ausente en 2015, pero que ahora se perfila como más claro y generalizado.

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Además, los equipos técnicos ya llevan muchos meses de trabajo con una óptica integral y lo hacen con la decisión de no caer en lo que Paul Krugman denomina "la trampa de la timidez". Esto es, trabajan a sabiendas que deben evitar quedarse cortos por temor a las consecuencias (sociales y políticas) de sus decisiones. Cambio es siempre sinónimo de conflicto y no se podrá cambiar la Argentina sin conflicto y, por ende, sin una significativa dosis de audacia. Con relación a este punto, el fracaso del gradualismo dejó (y sigue dejando) varias lecciones.

Los programas que se conocen como programas de shock tienen como característica distintiva la forma en la que se diseñan y se comunican. Hernán Büchi, ex ministro de hacienda de Chile, sostiene lo siguiente: "Aunque se postule una rigurosa política de shock, en la práctica su ejecución siempre o casi siempre va a ser gradual. En cambio, si se pretende desde la partida un cambio que vaya materializándose en forma gradual, al final lo más probable es que no se haga nada o que el avance no sea suficiente".

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El verdadero shock está entonces en el anuncio conjunto de una amplia batería de medidas, que atacan tanto los desequilibrios macro de corto plazo como las debilidades estructurales que impiden el desarrollo de las fuerzas productivas del sector privado. Desequilibrios y debilidades que deben ser expuestas desde un primer minuto con la mayor seriedad y transparencia posibles.

No será fácil despolitizar los datos, pero habrá que hacer el esfuerzo. Junto a este esfuerzo por poner en blanco y negro cada aspecto de lo que se pretende cambiar, será fundamental que la opinión pública comprenda qué se busca, hacia dónde se quiere ir y cómo encajan los anuncios con la Argentina que se pretende construir.

En su libro Diario de una Temporada en el Quinto Piso, entre los testimonios que reflejan las discusiones previas al lanzamiento del Plan Austral, Juan Carlos Torre nos cuenta haber planteado lo siguiente: "La situación económica del país requiere en el corto plazo una disminución drástica de la inflación, para lo cual son necesarias dos cosas: devolver credibilidad al manejo gubernamental de la economía y adoptar un conjunto de medidas integradas de ajuste económico. [...] una política progresista pasa por el lanzamiento de un plan anti-inflacionario.

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Las elecciones que todavía nos están permitidas se refieren a la duración y la magnitud de los sacrificios a realizar. La negativa a un ajuste económico hará que dentro de pocos meses sean necesarias medidas entonces sí más draconianas y probablemente más insoportables para la convivencia democrática."

La vigencia de estas líneas es extraordinaria. De no mediar un cambio drástico de la política económica, el juego de la frazada corta al que juega el Ministro Massa dejará al próximo gobierno sin la opción de no ajustar y tendrá que tomar medidas más duras y antipáticas que las que los últimos gobiernos no estuvieron dispuestos a tomar.

Tendrá como dijimos antes el mandato popular para hacerlo, pero es bien sabido que todos estamos de acuerdo con ajustar, pero siempre y cuando el ajuste no recaiga sobre nosotros. Para ganar masa crítica a la hora de lanzar el programa integral de cambio de régimen resultará crucial que el mismo resulte creíble. Si no lo es habrá mucho para perder y nada para ganar.

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Pero la credibilidad se define en varias dimensiones, pero sobre todo en una que es crucial: la magnitud del esfuerzo que se está dispuesto a realizar. La credibilidad de un programa no se define en abstracto. Incluso autoridades económicas probas y reputadas pueden tener dificultades para dotar de credibilidad a sus políticas si la sociedad percibe que el esfuerzo estabilizador que proponen es tibio o limitado, o está dominado por consideraciones políticas más que técnicas. La credibilidad a su vez puede hacer una gran diferencia en cuanto a la velocidad y la intensidad con las que el cambio de régimen da resultados tanto en materia de inflación como de crecimiento.

En este sentido, no es cuestión de vender espejitos de colores, pero la idea de que tendríamos que darnos por satisfechos si logramos crecer de manera estable al 3% anual a partir del segundo o tercer año del próximo gobierno debería ser dejada a un lado. Si se hace lo que hay que hacer se puede aspirar a mucho más que eso.

Claro que no se puede decretar que una economía crezca, o que se genere empleo o que se multipliquen las inversiones (como a veces parece que pretende hacerlo el actual gobierno); pero hemos atravesado un período tan largo de represión económica que crecer aceleradamente debe ser considerado (y buscado) como un objetivo factible de la política económica. Tal vez no se trate de preguntarse si será diferente esta vez sino de plantearse cómo y qué hacer para que lo sea.

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