Zoom Editorial

Mientras la Justicia y la política hacen su juego, los tiempos del virus no dan tregua

Cuando Alberto Fernández contradijo la opinión de algunos de sus ministros y avanzó con el DNU que suspendió las clases presenciales, tomó una decisión política y sanitaria. Dispuso que algunas actividades serían preservadas por su impacto social y económico y que otras deberían tomar su lugar para alcanzar el objetivo de bajar la circulación de personas. La cuenta cerraba con el cierre de las escuelas. Y así se resolvió, sin mediar una validación de su equipo

Las imágenes vistas en estas horas de algunas ferias comerciales del Gran Buenos Aires repletas de compradores con pocos cuidados, o del transporte público ferroviario tan colapsado como se lo vio en el verano, revelan en dónde estuvo puesto el acento, dónde hubo controles policiales y dónde se hizo la vista gorda. Con casi 20 millones de personas afectadas por la pobreza, el sacrificio de quedarse en casa le iba a tocar a otros.

La presión de la provincia de Buenos Aires, en este sentido, fue doble. Los contagios en el conurbano crecen a un ritmo pavoroso, lo suficientemente alto como para animar a su viceministro de Salud a pronosticar para mayo 50.000 casos diarios, más del doble que el valor actual. El sistema de salud otra vez estará en el límite de su capacidad, y ya no hay manera de reforzarlo. Ya no hay más camas para inaugurar, no hay más vacunas para sumar ni más médicos que banquen la parada (disgustados además con el relajamiento que les atribuyó el Presidente).

Como se ve, con los bonaerenses caminando por la cornisa y sin voluntad de encerrar a otros sectores con tal de no afectar sus ingresos, el blanco fue la Capital. Y esta vez, con la política como parte de la estrategia. No fue un daño colateral: la ofensiva judicial y los agresivos epítetos que Kicillof y Fernández le dedicaron a las acciones de Larreta cubrían también otro frente: instalar una campaña de demolición de los referentes opositores, acusándolos de apelar a objetivos electorales, como si el oficialismo no dejara de pensar un minuto en los comicios, pese a que el Covid todavía los hace ver lejanos y casi abstractos.

La batalla judicial por las clases solo consumirá tiempo, un tiempo que es escaso y que debería estar dedicado a encontrar otras estrategias para contener el virus. La Corte Suprema resolverá esta semana el amparo presentado por el gobierno porteño, y cuando lo haga, la disputa se agotará (teóricamente) en una semana, ya sea que mantenga las clases o avale la suspensión.

No hay muchos caminos más para seguir. El virus viene hacia nosotros cada vez con más intensidad. No hay familia o grupo de amigos o de trabajo que no esté atravesado por este flagelo, con complicaciones cada vez más difíciles de sortear. Es hora de dejar atrás los agravios y volver a concentrarse en lo importante. El tiempo de las palabras se agota.

Tags relacionados

Compartí tus comentarios