Si Donald Trump puso al petróleo como principal justificación de su audaz intervención militar en Venezuela, no es porque tenga depositadas muchas esperanzas en la capacidad de recuperar la producción del país con más reservas del mundo. Las hipótesis optimistas sobre este paso están más ancladas en el pasado de esta industria que en el futuro.
La riqueza que vuelve estratégica a Venezuela a largo plazo son los denominados minerales raros, esenciales para el desarrollo de bienes de alta tecnología, de uso civil pero también militar. Además de China, que concentra el 70% de su extracción y el 80% de su procesamiento, otros países que lo tienen en abundancia son Ucrania y Groenlandia. Los cuatro hoy están en el centro de la acción geopolítica de Trump.
El petróleo empezó a brotar en Venezuela a borbotones cuando el mundo atravesaba su primera gran guerra. La avidez por asegurarse combustibles impulsó inversiones en todo el territorio y para 1929 ya operaban en él más de 100 compañías extranjeras. La nación agrícola se convirtió en la segunda potencia petrolera global. Y junto con esa fuente de riqueza, empezaron las avanzadas estatizadoras.
Una ley de 1943 obligaba a ceder la mitad de las ganancias, y ese porcentaje pasó a 65% en 1960, cuando Venezuela se hizo miembro de la OPEP. En 1976 Carlos Andrés Pérez fundó la estatal Pdvsa y obligó a las empresas a ceder 60% de sus participaciones al gobierno. Todo fluyó hasta que en los 80 llegó la crisis y los precios bajaron. El país, sin esa renta, entró en el sendero de un ajuste impopular que, combinado con denuncias de corrupción, provocó la caída del gobierno y el ascenso de un militar nacionalista: Hugo Chávez. Tras su ascenso en 1999, lo que llegó después fue la nacionalización lisa y llana.
En 2007, se les exigió a multinacionales transferir el control mayoritario al Estado, así como las regalías. ExxonMobil y ConocoPhilips iniciaron litigios internacionales, que aún esperan ser indemnizadas por esa acción.
Con Maduro ya presidente, otra caída de precios volvió a hundir a Venezuela en una crisis de la que no se recuperó. El crudo pesado y ultrapesado (apto para hacer fueloil y derivados) solo es demandado por las refinerías estadounidenses y por China. Sin inversión, de los 3,5 millones de barriles diarios que supo producir antes de la llegada de Chávez, a duras penas hoy sobrepasa el millón.
Los fondos necesarios (que algunos proyectan en u$s 100.000 millones) tienen mejores destinos, en donde reglas estables y vías de exportación hacen más amigables los proyectos. Sin ir muy lejos, Exxon destinará u$s 21.000 millones a explorar yacimientos en Guyana y Trinidad y Tobago.
Este pasado es la puerta que permite a Estados Unidos intervenir en Venezuela. El bloqueo naval a sus exportaciones es la llave con la que Trump puede regular las decisiones políticas del nuevo gobierno de Delcy Rodríguez: con baja capacidad de almacenamiento, si Pdvsa no puede vender tiene que extraer menos crudo y resignar recursos.
La joya que puede abrir nuevos horizontes en menos plazo es la Faja Minera del Orinoco. Creada por Maduro en 2016, esta área de 112.000 kilómetros cuadrados (12% del territorio) posee diamantes, níquel, tierras raras y oro. Las reservas de este último metal podrían ascender a 8000 toneladas. Su explotación a manos del Estado ha creado vías de corrupción, algo que no sorprende. Transparencia Venezuela asegura que solo 14% de lo extraído se liquidó en el Banco Central.
Destrabar estos recursos para el beneficio de los venezolanos será parte de un ajedrez complejo, que demandará acuerdos de poder con el chavismo residual, con garantías legales de por medio. Queda por delante una larga transición.
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