OPINIÓN

La generación tapón

El fracaso en la convivencia de una generación que provocó pobreza y marginalidad. La necesidad de reconocer los yerros y dar paso a la esperanza para que otros busquen novedosos caminos.

Nuestra generación está surcada por una tendencia que parece irreversible. Hablamos de una Argentina cuyo rasgo distintivo es el crecimiento de la pobreza y la marginalidad. En el momento del golpe de 1976, contábamos con indicadores envidiables para muchos países de Latinoamérica en materia de desarrollo humano y económico. Por ejemplo, el índice de pobreza alcanzaba a un 4% de una población mucho menos numerosa de la que tenemos hoy.

Según Martín Rapetti, Argentina es el primer país del mundo con mayor número de recesiones desde 1969; le sigue en segundo lugar la República de Congo. Encuentra además que estas reiteradas situaciones se explican fundamentalmente por la falta de dólares. En ausencia de una estrategia que revierta esta situación, los repetidos daños al tejido social y empresarial -consecuencia de las recesiones- han generado tasas de crecimiento sostenidas de pobreza: luego de casi 5 décadas, Argentina decuplicó la cantidad relativa de pobres.

Compartimos el diagnostico que explica porque nuestro país está dotado de una maquinaria de generación de pobres. Si lo pensamos con mucha frialdad, aunque con angustia, se nos presentan dos opciones. La fábrica de marginalidad no produjo un escenario lo suficientemente catastrófico como para que la sociedad no haya decidido cambiar el rumbo o nos hemos acostumbrado a vivir así. Discursos políticos asfixiantes que se niegan a mirar más allá de sus posiciones se entrelazan con negativas a discutir acerca de algunas vacas sagradas que nos trajeron hasta aquí.

Intuimos que hay un elemento adicional que ilumina el proceso de decadencia. No tiene solamente que ver con políticas públicas erradas. Se trata de una variable cultural que explica las bases de la fábrica de marginalidad y pobreza.

La generación tapón

Hablamos de la "generación tapón". De acuerdo con Josep Sala i Cullell (en "La generación tapón", Ara Libres, Barcelona 2020) se trata de la generación que tiene bajo su órbita la dirección de los centros públicos y privados más relevantes de toma de decisiones, junto a los resortes para conservar su dominio. Así, obtura cualquier perspectiva de cambio y se las ingenia para nominar posibles sucesores. El autor trabaja el caso de su país y ubica a esa generación en un lapso específico de tiempo. Pero ello no es lineal. En el caso de nuestro país, se combina la razón etaria con las ideas sedimentadas desde el momento en que, de acuerdo con los datos de Rapetti, se inicia la fase de descenso.

Básicamente, la generación tapón insiste con recetas probadas en el pasado. Recetas dogmáticas que se repiten sin reparar en su pertinencia con respecto a los problemas reales de la Argentina. Como si todo se redujese a un debate conceptual entre economistas ortodoxos y heterodoxos. Esa visión funciona como un dispositivo ideológico capaz de paralizar cualquier debate sobre perspectivas novedosas para recorrer la senda de la prosperidad y facilita la aparición de personajes disruptivos para nuestra convivencia, porque se autoasignan la calidad de portadores de soluciones, tan mágicas como brutales, que niegan cualquier alternativa.

Concretamente, no se puede discutir en la arena pública las formas de generar dólares para financiar el desarrollo, el modo de construir instituciones sanas, los caminos que permitan el pleno imperio de la ley, ayudar como corresponde a los más débiles, poner sobre la mesa las soluciones de fondo para que la educación sea fuente de conocimiento funcional al desarrollo. En fin, la lista es inmensa.

Importa destacar que la mayoría de los ciudadanos aparece atrapada en la lógica binaria de la "generación tapón", que se alimenta de crear y sostener perspectivas de blanco sobre negro. Su concepción del poder congeló el futuro al precio de mantener abierta la fábrica de pobres.

Vivir en medio de odios y rencores

Repetimos: no es un problema de edad. De hecho, José Ingenieros (en "Las fuerzas morales", Libros del Oeste) señalaba que la juventud se pierde cuando se va el entusiasmo.

Tampoco estamos hablando de comportamientos individuales, nos referimos al fracaso del funcionamiento colectivo. Para los que no somos parte, el desafío es inmenso porque se trata de sortear los escollos que colocó una generación que se apropió de lo que es común y que obturó la chance de diseñar el futuro colectivo.

Los tapones ocuparon cargos tempranamente y no se resignan a abandonarlos. Siembran sus ideas para conservar poder a través de sucesores digitados. Ideas vetustas, probadas, a veces fanáticas e impermeables al debate. Así se aseguran de que la historia se repita. El resultado lo muestran los números. 

Mientras tanto, la sociedad vive en medio de odios, rencores y pases de factura recíprocos que eluden aceptar los fracasos, aprender de ellos y permitir nuevas perspectivas.

Todo esto envuelve el esquema del poder. Lo vemos en los padres que no entregan el manejo de la empresa a los hijos -en una tacita descalificación-, en los muchos caudillos políticos que por desconfianza no generan recambios naturales, en los funcionarios públicos que no se jubilan.

En otras palabras, se blindó generacionalmente la chance de pelear por una arquitectura de poder distinta que tenga como horizonte la prosperidad y el futuro.

Una oportunidad de cambio

Por ello, quizá la post pandemia sea el momento adecuado para trascender las ideas y representaciones que nos trajeron hasta aquí y de crear las condiciones para que nuevas generaciones e ideas diseñen un modelo de país. Todos tenemos la obligación moral de intervenir.

Nuestra generación probablemente deba apretar los dientes, hacerse cargo de sus miedos y enfrentar a los tapones para que los que vienen tengan mejores condiciones para trabajar por un proyecto de prosperidad colectiva.

Lo que debemos tener claro es que el futuro es ahora. La discusión no es si el camino es la ayuda social o la inversión, ya no hay tiempo. No se trata de incrementar las exportaciones o aumentar el consumo interno, son ambas. Algunos tenemos que empezar y lo van a concluir los que vienen.

Hay razones plausibles para la esperanza. Los jóvenes parece que se desprendieron de los prejuicios de la generación tapón. Son más tolerantes, irrespetuosamente creativos, aceptan sin prejuicios las diferencias, reparan en el otro, se ocupan de las cuestiones de igualdad, de género, por el ambiente, por la pobreza. Las nuevas generaciones buscan hacer efectiva la fraternidad

Probablemente muchas de las banderas que ellos defienden responden a una profunda critica al legado de las generaciones más viejas. No las muestran desde la política partidaria porque a veces no pueden. Pero su política, en el sentido más puro, se revela en las resistencias, en el arte, en la música, en la escritura.

Para nuestra generación, no hay otra alternativa. A muchos, en el plano personal, nos tocó ser protagonistas de historias importantes de las formas en que la generación tapón resolvió sus problemas. Fuimos testigos de peleas viscerales de terceros cuyos costos debieron soportar personas ajenas a los conflictos. Fuimos testigos de riñas, mentiras flagrantes, pujas egoístas enfrascadas en ideologías abstractas que poco tenían que ver con los problemas de la gente común y donde el respeto por mantener la paz siempre estaba pisoteado.

Esa experiencia es rica: enseña a no repetir errores. A la par, invita a trabajar para hacer efectiva la promesa de la Constitución, que apunta a construir una nación en condiciones de libertad, igualdad y justicia que, como dice el preámbulo, nos trasciende y permanece abierta a nuestra posteridad y a todos los hombres del mundo que quieran habitar el país.

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