Invertir sabiendo que se puede perder, sí; sabiendo que se va a perder, no

El viernes de la semana pasada, los precios de la soja y el maíz cayeron en el mercado de Chicago. El contrato de marzo de la oleaginosa bajó 0,96% y cerró en u$s 520,57 por tonelada, mientras que el contrato de mayo cayó 0,91% y terminó la jornada en u$s 519,85 la tonelada. Sin embargo, esa foto es muy poco representativa de lo que realmente está sucediendo en ese sector.

Pese a la baja, la soja terminó la semana con una suba del 3,06% (u$s 15,43), debido al impulso recibido por el último informe de oferta y demanda mundial de granos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés) publicado recientemente, en el que mostró un recorte de las estimaciones de producción y también, en los stocks de ese país.

La Argentina es uno de los grandes jugadores mundiales del mercado de soja y también produce a escala maíz y trigo. Por lo tanto, en términos económicos, los productores y el Gobierno deberían festejar. Pero el festejo es a medias.

Resulta que la suba de la soja sólo implica más dólares para el país. La cuenta es sencilla, hay mayor demanda y una buena cosecha puede volver a traer al país los dólares que tanto faltan. La soja no se consume en la Argentina, o se consume en pequeñas cantidades. Es decir, si la soja sube se puede exportar casi en su totalidad, que no implica desabastecimiento y tampoco afecta de manera directa a la inflación.

Pero la soja no es el maíz. Y esto sí le representa un dilema al Gobierno. Si el maíz sube, la inflación inevitablemente sube y pega donde más duele: en el bolsillo del consumidor. Entre otros "daños colaterales" está la alimentación del ganado vacuno que en gran parte se cría en corrales y con alimento balanceado a base de maíz. Si el maíz sube, sube el precio de la carne.

Fue el ministro de Economía, Martín Guzmán quien dijo que es necesario evitar que los precios internacionales de las commodities se trasladen al mercado interno.

Pero el tema es cómo se hace. Por un lado, los precios altos de las commodities son la suerte con la que cuenta el Gobierno para tener más divisas y un alivio financiero extraordinario en pleno año electoral. Por otro lado, el Estado no es el dueño de las tierras, sí de fijar las políticas. Es decir, el Gobierno puede poner trabas a la venta de maíz, aunque tal situación no garantiza a futuro que el productor vuelva a sembrar algo que no le conviene.

El productor antes de sembrar tiene en cuenta los precios de los commodities. Luego, cuando sembró comienza la etapa de prenderle una vela al mercado para que los precios suban y otra al tiempo para que acompañe. La regla del capital es invertir para ganar sabiendo que se puede perder, pero nadie invierte si tiene la certeza de perder.

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