El mundo atraviesa una transición silenciosa pero profunda. El orden internacional surgido tras el fin de la Guerra Fría, marcado por la supremacía estadounidense, muestra signos evidentes de agotamiento. Sin embargo, el avance hacia un sistema multipolar no ha reducido de manera sustancial el poder de Estados Unidos, que continúa siendo la principal potencia militar global, aunque ya no actúa en un escenario de hegemonía incontestada.
Desde la Casa Blanca, el mensaje es explícito. Stephen Miller, uno de los asesores más influyentes del presidente Donald Trump, afirmó recientemente que “Estados Unidos es una superpotencia y, con el presidente Trump, nos comportaremos como tal”. La declaración no es solo retórica: resume una política exterior que privilegia el ejercicio directo del poder por sobre los consensos multilaterales.
La superioridad estadounidense se apoya, ante todo, en su capacidad militar. En 2024, el gasto en defensa de Estados Unidos alcanzó los 997.000 millones de dólares, cerca del 37% del total mundial, una cifra que lo coloca muy por delante de cualquier otro país. Esa inversión sostiene fuerzas armadas altamente tecnificadas y una infraestructura global sin precedentes.
Washington mantiene cientos de bases e instalaciones militares en el exterior, distribuidas en decenas de países. Esta red le permite proyectar fuerza en todos los continentes y responder con rapidez a crisis regionales. Ninguna otra potencia cuenta hoy con una capacidad de despliegue comparable.

A diferencia de otras potencias, Estados Unidos no actúa en soledad. La OTAN sigue siendo el pilar de la seguridad occidental, complementada por alianzas bilaterales en Asia y acuerdos estratégicos en otras regiones. No obstante, estas estructuras atraviesan un momento de tensión.
La lógica de “America First” ha impulsado una relación más transaccional con los aliados, con exigencias de mayor compromiso financiero y militar. El multilateralismo no desaparece, pero se vuelve más frágil y condicionado por intereses nacionales inmediatos.
Cada vez más analistas coinciden en que la etapa de hegemonía estadounidense posterior a la Guerra Fría ha llegado a su fin. Los organismos internacionales muestran dificultades para arbitrar conflictos en un contexto de competencia entre grandes potencias. Más que un colapso del sistema internacional, se observa una erosión de las reglas compartidas que durante décadas limitaron la confrontación directa.
En este escenario, Estados Unidos opta por preservar su margen de maniobra, incluso a costa de debilitar consensos multilaterales que alguna vez promovió.
El control de recursos estratégicos y tecnologías críticas se ha convertido en un eje central de la política exterior estadounidense. La dependencia de cadenas de suministro dominadas por China, especialmente en sectores clave como los semiconductores o los minerales estratégicos, es percibida como una vulnerabilidad. La respuesta ha sido una creciente integración entre política económica y seguridad nacional.
Pese a su fortaleza, Estados Unidos enfrenta límites cada vez más visibles. Sigue siendo la potencia militar dominante, pero ya no puede imponer resultados de manera unilateral. La competencia con otras potencias eleva el riesgo de desgaste económico y de intervenciones directas, algo que Washington intentó evitar tras las guerras de Afganistán e Irak.
Las acciones estadounidenses en escenarios como Venezuela, Somalia, Irán o Siria reflejan esta tensión entre el uso del poder y la búsqueda de estabilidad. Cuando estas decisiones se toman de manera unilateral, reavivan el debate sobre su impacto en la paz internacional.
El mundo que emerge será más competitivo y menos previsible. Para Estados Unidos, el desafío no pasa solo por mantener su poder, sino por administrarlo en un sistema donde la fuerza ya no garantiza el control. En ese delicado equilibrio se juega buena parte de la estabilidad global de los próximos años.













