Uno de los aspectos más curiosos de la teoría democrática es que una de las innovaciones más radicales que se le han hecho a este concepto provino de un economista.

En la primera mitad del siglo XX, Joseph Schumpeter decidió invertir los términos de la ecuación clásica al afirmar que la democracia no sería el gobierno del pueblo a través de sus representantes, sino el gobierno de representantes elegidos por el pueblo en una competencia por su voto.

Esta inversión tiene una consecuencia decisiva: si el pueblo ya no gobierna, sino que elige quién gobierna, la iniciativa política pasa a manos de quienes aspiran al poder. Son ellos quienes formulan las propuestas y se presentan ante el electorado como alternativas en competencia.

Desde esta perspectiva, el votante no expresa una voluntad previa que los representantes se limitarían a ejecutar, sino que evalúa una oferta que le viene dada y opta entre las opciones disponibles. La democracia se convierte así en un procedimiento de selección competitiva.

El voto como mecanismo para elegir entre distintas alternativas políticas.

Este enfoque abre una forma distinta de entender la decisión electoral: votar es, en última instancia, expresar una preferencia. Y preferir no es lo mismo que elegir lo que a uno le gusta. La preferencia es una noción relacional: se prefiere algo en comparación con otra cosa.

Un votante puede elegir a un candidato que no lo entusiasma, e incluso que le desagrada, simplemente porque las demás alternativas le resultan peores. El voto deja de medir una adhesión absoluta y pasa a reflejar una evaluación comparativa. Lo que se elige no es lo ideal, sino lo preferible.

Este encuadre analítico se vuelve muy relevante para analizar lo que pueda ocurrir en 2027, porque hay que tener en claro que la elección presidencial del año próximo, la van a terminar definiendo votantes que hoy están lejos de simpatizar con alguno de los que hoy probablemente sean los que tengan más chances de ser elegidos presidentes. Incluyendo al propio Milei, que en ninguna encuesta logra reunir los votos necesarios para asegurarse la reelección.

Es cierto que todavía falta tiempo. Pero mientras un triunfo de Milei en primera vuelta siga apareciendo como un escenario poco probable, y todo se defina en un balotaje, la mayoría ganadora en 2027 se terminará de conformar con votantes que no estarán entusiasmados con el ganador, sino que simplemente lo preferirán frente a la alternativa.

Hoy uno puede advertir que la escena se compone de tres tipos de votantes: hay aproximadamente un 40% que parece bastante convencido de no querer que siga gobernando Javier Milei; hay otro 40% que parece bastante convencido de no querer que vuelva a gobernar el peronismo; y hay un 20% restante que está de acuerdo con ambos convencimientos. Paradójicamente, a pesar de ser este último el grupo minoritario, es el que decidirá hacia qué lado se terminará de inclinar la balanza.

Milei parece bastante convencido de que la economía que hay por delante no terminará de permitirle enamorar a los que no ha logrado enamorar, incluso que puede hacerle perder alguno de los que ya enamoró. Asume que no hay mucho por hacer dentro de lo que él considera que es debido hacer, y solo aspira a que una mayoría comparta esa lectura.

La de que el crecimiento económico y la mejora en la calidad de vida de la gente sobrevendrá si se tiene paciencia para esperar que las cosas se vayan dando naturalmente. Sin cometer la fatal arrogancia de pensar que es posible manipular ese devenir artificialmente. Es la ley del anarcocapitalista.

Milei apuesta a sostener el rumbo económico y espera que la recuperación llegue con el tiempo.

Como no hay mucho por hacer, Milei pretende que lo que termine ofreciendo sea suficiente para ganar la preferencia de una mayoría de los votantes: orden fiscal con estabilidad cambiaria y baja de la inflación, pero con actividad languideciendo, deterioro del ingreso disponible y escasa creación de empleo y de peor calidad.

La apuesta es que eso resulte preferible a lo que ofrezca el rival, y que ese rival sea uno que esté asociado al pasado de desorden fiscal, inestabilidad cambiaria y alta inflación. Algo así como proponerle a los votantes llegar a la siguiente conclusión: no estamos bien, pero estábamos peor y si aguantamos podemos estar mejor.

Del otro lado, los que tienen la ventaja para quedar parados como principal alternativa a Milei son los dirigentes del peronismo, que todavía poseen la principal comunidad de votantes del campo opositor, y eso les da ventaja. Pero tienen un problema: no todos los votantes que están enojados con Milei tienen predisposición de votar a un peronista.

La desventaja estratégica de los dirigentes del peronismo es que la gran mayoría de los descontentos con Milei -que podrían permitirles ganar en primera vuelta- están divididos en tres grupos: hay aproximadamente un 50% de los votantes opositores que tienen buena predisposición de votar a un candidato del peronismo; un 15% podrían hacerlo pero prefieren votar a la izquierda, y el otro 35% adicional parece muy poco convencido a votar a un peronista.

Al igual que Milei, también tienen que juntar el apoyo de votantes que difícilmente logre enamorar para ganar. Votantes que solo decidirán votar a un dirigente peronista porque rechazan más la idea de que Milei siga gobernando. La propuesta es que lleguen a la siguiente conclusión: no estábamos bien, pero estamos peor, y aunque aguantemos no vamos a mejorar. Obviamente haciendo foco en la economía personal.

Entender el voto como preferencia ayuda a comprender que, en la última milla de todo triunfo electoral disputado, se gana asustando más que enamorando, generando menos enojo que el rival e intentando que ese malestar se concentre más en el adversario que en uno mismo.

Por todo ello las elecciones parecen cada vez más un festival de descalificaciones, una competencia de desprestigios, o el calvario de tener que elegir entre guatemala y guatepeor. La elección del año próximo no parece ser la excepción: volverá a ser una batalla para ganar la preferencia de los desencantados.