El odio, capítulo I del Manual de Cristina para volver a la cancha

La enfermedad que vive la Argentina ha alcanzado un grado tal de aspereza que nada pasa en el país sin que se lo analice, se lo juzgue o se lo visualice como producto de la profunda fisura que lo divide. Si hasta la Iglesia ha quedado presa de la intolerancia, olvidándose en los hechos de la pluralidad ideológica de devotos que tiene la Virgen de Luján, nada menos. Desde algo más mundano, pero grave al fin, como ha sido el fallecimiento de la reina de Inglaterra esa falla emocional de los argentinos representó en estos días el fiel ejemplo de tanta intolerancia desparramada, un tren de fanatismo que no se detiene ni siquiera ante lo más extremo, como es la presencia de la muerte, por más atenuantes que se le busquen.

El tradicional desprecio vernáculo hacia las monarquías, el colonialismo y la bandera pirata, como triple elemento prejuicioso que el cuerpo social carga desde la niñez, más el legítimo dolor por las muertes de cientos de compatriotas que generó la guerra de Malvinas, pueden explicar la reacción de muchos pero de allí a agredir por ser "de derecha" a quienes manifestaron su respeto ante lo irreversible, existe un gran paso que hace a la diferencia que hay entre la masificación y el pudor que suele moderar al individuo pensante. Si hasta uno de los dos mensajes oficiales de la República Argentina, el de su Presidente, incluyó un inapropiado "saludo" al pueblo y al gobierno británico como si se tratara de un fasto celebratorio y no de una nota de condolencias, poco podía esperarse de las redes sociales.

El últimamente tan meneado odio, figura que en cuanto a su gravedad el Gobierno intenta endilgarle a la oposición y sentimiento que muchos en el oficialismo creen que se puede curar con una norma como si lo pasional se ajustara por Ley, apareció a baldes por allí. Ese estado de repugnancia no es un elemento que pertenezca a un grupo en particular sino que es algo inherente a la grieta política, donde "gorilas" y "peronchos" cubren los extremos, mientras que en el medio están todos los demás. En la retórica tradicional, a esas posturas extremas se las llamaba "polarización", pero ahora se trata de una antipatía de tono violento que se tensa al máximo en cada manifestación de los más radicalizados de la política. Lo cierto es que en la tirantez que se vive en la Argentina de estos días no hay quien pueda decir, sin auto incriminarse, que los desvíos son sólo defectos de los demás. Para seguir con lo religioso bien vale recordar aquella frase de Jesús: "aquel de ustedes que esté libre de pecado que tire la primera piedra" (Juan 8:7).

Más bien, hablar y hablar del odio y colgarle el sambenito a "la política, la Justicia y los medios", tal como hizo Alberto Fernández cuando puso en marcha su peculiar razonamiento de una sola vía tras el ataque que sufrió Cristina Kirchner (la especulación es que su ejecutor fue envenenado por el discurso del odio), suena como una treta para regimentar la opinión y es quizás probable que, para no ser tan obvios, la fracción del Gobierno que habita la Casa Rosada haya reflexionado un poco a la hora de avanzar con algo de tono normativo que el propio Presidente estimuló. Más bien, lo que parece que se ha hecho es seguir con el libreto que bajó el Instituto Patria, mientras que por ahora se evita mostrar algo en concreto porque probablemente se intuya que va a naufragar.

Mientras muchos en la oposición piensan en una conspiración armada, aunque no lo dicen, lo cierto es que, tras el atentado, la vicepresidenta se ha encontrado con que, por acatamiento, solidaridad o lástima, su papel de martirio in extremis le ha caído en el momento oportuno, justo cuando los índices de popularidad eran casi una invitación a que dé las hurras. Ya Cristina había sobreactuado la misma cuerda cuando, tras el alegato del fiscal Diego Luciani, hizo un descargo más político que jurídico por las redes sociales, mientras que ahora capitaliza este nuevo episodio para sumarle más fortaleza a aquella contraofensiva.

Lo cierto es que no hay nadie como los políticos para ver las oportunidades y por eso el atentado y sus religiosas circunstancias (el "milagro" de Recoleta por la bala que no salió en las puertas mismas del "santuario" de Juncal y Uruguay, más la Misa-Acto "de Acción de Gracias", en Luján) la han puesto a la vice en carrera otra vez, al menos en su mente cuando puso sustraerse de la paranoia conspirativa que siempre la tiene alerta. Desde el punto de vista electoral, el guión de aprovechamiento tiene tras de sí una lógica bastante coherente y la explicación del odio potencia mucho más el rol de víctima al que ella es tan afecta. No hay movimientos populistas de derecha o de izquierda (con leyes o sin ellas) que no hayan recurrido a ese argumento tan inspirador de lástima y necesario atajo para avanzar en la persecución y el cercenamiento de las libertades de los presuntos odiadores. Que muestre resultados es otra cosa.

Si el Capítulo I fue el atentado, del Manual del político TT (todo terreno) también se exhumó la parte número II, destinada a conseguir el reverdecer de Cristina a partir de dos premisas: tratar de pasar una vez más por buenos ante la sociedad y, si se pudiera, dividir a la oposición. Lo cierto es que políticamente el Gobierno no suscita confianza y allí salió el ministro de Interior, Eduardo De Pedro a sondear a Juntos por el Cambio para ver si hay vocación de acercamiento.

El primer ítem ya parece gastado con la elección de Alberto, con aquel "volvimos mejores" que nunca fue, mientras que el operativo división también sería una remake de intentos anteriores, por lo que los opositores ya tienen experiencia y tratan de no engancharse, aunque en esta ocasión el delicado momento de JxC, que se está parcelando horizontalmente, invitaba a explorar esa alternativa. De la boca para afuera, el intento del ministro del Interior naufragó primero en el Senado y ni siquiera la oposición tomó en cuenta la invitación al oficio religioso de Luján, que fue lisa y llanamente un acto partidario de Unidad Básica, con batucada y cánticos partidarios dentro de la Basílica, que puso más que colorada a la jerarquía eclesiástica y al obispo dueño de casa en situación de pedir perdón.

En el radicalismo y en el PRO hay un ala más dialoguista, capaz de volver a creer en el Gobierno en nombre de alguna difusa "unidad", pero hay otro costado mucho más duro que representan las posiciones "de derecha", con quienes no se debería dar ninguna cercanía. A la luz de los hechos, son estos últimos quienes por ahora parecen ganar la pulseada del "¿vieron? son así: incorregibles". Más allá de parafrasear a Borges o de decir que "en boca de mentiroso lo cierto se hace dudoso", un ejemplo también religioso puede resumir el grado de desconfianza de la oposición: "quien se confiesa debe estar arrepentido, pero además tiene que hacer propósito de enmienda" y esto es exactamente lo que se le reprocha como carencia al kirchnerismo regente. "Está en su naturaleza", se regodean los halcones cambiemitas.

Tanto humo le ha venido como anillo al dedo al Frente de Todos para esconder el chisporroteo del ajuste, palabra maldita que de su mano avanza viento en popa y a toda vela. Lo han mandado al frente a Sergio Massa y todos miran para otro lado, aunque al ministro de Economía no le disgusta diferenciarse. Su hiperactividad contrasta con la gestión de Martín Guzmán, a quien los palos en la rueda lo obligaron a hacer malabares dos años y medio, mientras el presidente Fernández gambeteaba todas las críticas con el viejo truco de la herencia, la pandemia y la guerra, en realidad una triple excusa para mantener la hibernación.

Y así como enseñan los chinos que "no hay nada que el no hacer no haga", la gestión se desmoronó y ahora Massa cree tener una oportunidad con sólo remontar la cuesta un poquito, mientras Cristina mira todavía desde afuera el capítulo III del Manual, el de la recuperación de la economía. Seguramente, ella ya retomará el tema para adjudicárselo sólo si sale bien. Lo ideal para juzgar si el viento es favorable es saber hacia dónde se va para mantener el rumbo. Claro está que ése es el camino trazado por el FMI, hoy el único plan económico que existe, un sacrilegio de grado mayor para el kirchnerismo que mira azorado cómo suben las tarifas y se empinan las tasas de interés, se vuelve a tomar deuda en dólares y se le paga un dólar especial al odiado campo, más allá de casi ningunear los amados controles de precios para frenar la inflación. Demasiadas herejías juntas.

El viaje del ministro a los Estados Unidos ha traído novedades día tras día y su hiperactividad le dio titulares, tal como a él le gusta, pero también lo mostró en plena ofensiva para ir anudando los cabos sueltos. Bien nutrido de argumentos y mostrando un perfil ortodoxo y de alineamiento con Washington que para el kirchnerismo más rancio resulta también insultante, consiguió fondos del Banco Mundial y el BID, se sentó a rosquear con miembros de la Administración Biden, prometió algunos peces de colores a los inversores, habló con bastante realismo de temas tabú como la inflación y la falta de Reservas y marcó la cancha en materia energética para vender expectativas a futuro en toda la línea que el mundo requiere (petróleo, gas, litio e hidrógeno).

En la mayor parte de las reuniones que Massa encaró, una estrategia pensada en tiempo y personajes junto al embajador Jorge Argüello, el ministro siempre se ocupó de mostrar una plataforma planificada, tarea que le debería dar sustento para las dos importantes reuniones políticas que le faltan: Kristalina Georgieva en el FMI y David Lipton en el Departamento del Tesoro. Lo notable es que Lipton está siendo querellado en Tribunales por el kirchnerismo duro, por haber contribuido desde el Fondo a darle el crédito de la discordia a Mauricio Macri, Otro sapo más a ser tragado por la militancia.

Con las autoridades del gobierno estadounidense, Massa hablará de las cuentas de argentinos en los Estados Unidos y con la búlgara de algún desembolso extra para compensar fondos que nunca entraron a la Argentina debido a la situación global (pandemia y Rusia). "No nos ofrecieron nada y no pedimos nada" no sólo fue el latiguillo que el ministro usó ente la prensa para conseguir un título de domingo, sino que ha sido así y es probable que él no quiera gastar por ahora esa bala de plata, pasando su eventual uso a la hora de discutir el cierre del año.

Si hay otra cosa que está metida bajo la piel en la Argentina no es solamente su aversión hacia la corona británica ("el que no salta es un inglés"), sino también al Fondo Monetario y a sus recetas, excusa perfecta para dejar de pagar. Como en el amor (y también en su contracara, el odio), el Manual de la política tiene razones que la razón no entiende.

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