Lunes  08 de Junio de 2020

Solidaridad estatal: la envidia y el macabro camino a la pobreza

Solidaridad estatal: la envidia y el macabro camino a la pobreza

1. El espejismo de la desigualdad

El eterno contraste entre pobres y ricos, entre choza y palacio, entre desposeídos y poseedores, entre trabajadores y capitalistas es una de las cuestiones que mueve más o menos violentamente a los hombres cada vez que el contraste se agudiza, y a partir de ello surgen “los defensores de la igualdad y la justicia” que salen a cuestionar los resultados de la economía de libre mercado. Es en este contexto en el que aparece el concepto de justicia social, el cual es usado como sinónimo de justicia distributiva y que da lugar a la instauración de un sistema impositivo progresivo, el cual fue propuesto por Marx y Engels en 1848 como una forma de despojar a la burguesía de su capital, para luego ser transferido al Estado.

Por ello, lo primero que vale la pena notar es que la distribución del ingreso en todo el mundo civilizado presenta el formato de una Chi Cuadrado o de una Log Normal. Esto es, en todas partes del planeta “existe desigualdad” en el sentido de que hay un gran número de pequeñas rentas frente a un muy pequeño número de grandes rentas. A su vez, dicha desigualdad suele ser analizada regularmente con coeficientes como el rawlsiano (el cual compara los extremos de la distribución), el Gini o el Atkinson. Sin embargo, más allá del impacto emocional que podría causar en las personas el número hallado, lo primero que deberíamos tener claro es que de la mera lectura del índice no es posible inferir nada serio sobre si la distribución es o no justa.

A modo de ejemplo, si Usted llega a una sociedad y observa que una persona tiene un ingreso de $ 99 y otra de $ 1 (un rawlsiano de 99) y a la luz de ello saca un arma para quitarle $ 49 al primer individuo para dárselo al segundo (e imaginando que usted lo hace de buena fe y no se queda con nada en el camino), tal que quede cada uno de los individuos con el 50% del ingreso total (el famoso fifty –fifty), más allá de la violencia y el robo que implicó la redistribución, puede que dicha acción sea salvajemente injusta, ya que cuando Usted notó “la desigualdad”, ese número no da cuenta del esfuerzo del primer individuo y la holgazanería del segundo. Por ende, no sólo usted es un ladrón, sino que además es el creador de una profunda injusticia.

Por ello, frente a las críticas de los campeones de la solidaridad con el dinero ajeno, si es que vale la pena defender al sistema capitalista, es inútil limitarse a defenderlo desde un punto de vista técnico basado en su mayor productividad y eficiencia, a menos que podamos demostrar que los ataques socialistas basados en la ética son falsos y carentes de todo fundamento, donde el argumento en torno a la desigualdad del ingreso ha sido el emblema de errores que tanto daño causaron a la humanidad.

2. Entendiendo la distribución del ingreso

Las principales categorías que establecemos para una teoría de la distribución de la renta son el salario de los trabajadores, la renta de la tierra y el interés del capital, que corresponden a los factores de producción: trabajo, tierra y capital. Si procedemos así, llegaremos a una teoría de la formación de los precios de los factores de producción, donde los mismos vienen dados por el valor de su producto marginal, esto es, el producto entre el precio de mercado del bien que vende la firma (interacción entre preferencias y escasez) y la productividad marginal del factor en cuestión.

Consecuentemente, nadie podrá engañarse respecto al hecho de que la distribución de la renta es una pieza inseparable del proceso productivo (donde la conexión viene dada por la productividad marginal del factor) y que la misma está sujeta a leyes similares que las demás partes integrantes. Tampoco hay duda de que la formación del precio de los factores de producción que finaliza en la distribución de la renta, desempeñe funciones esenciales en el funcionamiento del proceso productivo, de las que no es posible ni sería deseable prescindir. Por lo tanto, cuando estos resultados naturales del sistema intentan modificarse de un modo coactivo (redistribución vía expropiación y/o uso de impuestos) se provoca una caída en la producción.

En función de ello, y bajo libre competencia (entendida como libre entrada y salida), el sistema tiende a dar al trabajo aquello que el trabajador crea, a los capitalistas aquello que crea el capital y a los dueños de la tierra la renta que ella genera. A su vez, tiende a dar a cada productor la cantidad de riqueza que él produjo. Así, bajo este sistema, no solamente se descarta la teoría de la explotación según la cual "a los trabajadores se les roba aquello que producen", sino que significa que el sistema capitalista es esencialmente justo.

Al mismo tiempo, los propietarios privados de los bienes de producción no pueden emplear su propiedad de cualquier modo, ya que se ven obligados a utilizarla de modo tal que promueva la mejor satisfacción posible del prójimo (la parte del valor que se manifiesta en el precio de mercado). Así, cuando lo hacen bien, el premio es la ganancia, mientras que si son ineptos y/o carecen de eficiencia, la pena será las pérdidas. En definitiva, en la economía de libre mercado, los consumidores, con sus comprar o abstenciones de comprar, deciden todos los días quién será el dueño de la propiedad productiva (capital) y cuánto de ella habrán de poseer. En definitiva, los dueños del capital están obligados a utilizarlo para satisfacer las necesidades de sus semejantes y si no lo hacen quebrarán.

3. Hayek: la distribución del ingreso en el juego del mercado

El proceso de mercado, tal como lo señalara Hayek, se corresponde con la definición de juego, en el sentido de que representa una contienda jugada acorde a un conjunto de reglas (derecho de propiedad y respeto de los contratos) y decidida por destreza superior y/o buena fortuna. En dicho juego, los precios de libre mercado presentan un rol clave, los cuales señalan qué bienes producir y que medios (factores) utilizar para producirlos.

Es más, los individuos, intentando maximizar sus ganancias bajo dichos precios harán todo lo posible como para mejorar el bienestar de cualquier miembro de la sociedad, al tiempo que asegurarán que todo el conocimiento disperso de una sociedad sea tomado en cuenta y utilizado. Por ende, considerando como justa aquella regla de remuneración que contribuye a aumentar al máximo las oportunidades de cualquier miembro de la comunidad elegido al azar, deberíamos estimar que las remuneraciones que determina el mercado libre de intervención son las justas.

Naturalmente, el resultado del juego del mercado implicará que muchos tendrán más de lo que sus congéneres creen que éstos merecen, e incluso, muchos más tendrán considerablemente menos de lo que éstos piensan que deberían tener. Sin embargo, las altas ganancias reales de los exitosos, sea este éxito merecido o accidental, son un elemento esencial para orientar los recursos hacia donde puedan realizar una mayor contribución al producto del cual todos extraen su parte. De hecho, han sido las perspectivas de ganancias, las que lo indujeron a hacer una mayor contribución al producto.

En este contexto, no es sorprendente que tantas personas deseen corregir esto a través de un acto autoritario de redistribución. Sin embargo, si los individuos o grupos aceptan como justas sus ganancias en el juego, es engañoso que invoquen a los poderes coactivos del gobierno para revertir el flujo de cosas buenas en su favor. De hecho, cuando los gobiernos discriminan coactivamente entre los gobernados y comienzan a manipular las señales de precios de mercado con esperanza de beneficiar a grupos que pretendían ser especialmente merecedores, ello deriva en el derrumbe de los resultados de alto crecimiento y prosperidad conseguidos.

4. Kirzner: conjunto de información, descubrimiento y distribución

A la luz de lo expresado anteriormente, los juicios morales que se hacen sobre el capitalismo yerran por no haber captado adecuadamente la naturaleza y la forma de operar del sistema capitalista. En este sentido, las críticas al mismo parten, en mayor o en menor medida, de considerar que la información es algo objetivo (perfecta), por lo que es posible hacer análisis costo-beneficio sobre la misma.

Así, al poner el énfasis en la completitud del conocimiento que poseen cada uno de los participantes en el mercado, resulta razonable tratar el producto agregado como algo bien definido (“la torta”). El tamaño y composición de esta torta agregada no se descubren sino que, en este planteamiento, se encuentran ya implícitos en lo que Robert Lucas Jr. define como parámetros profundos: (i) las dotaciones de recursos, (ii) preferencias y (iii) posibilidades tecnológicas; que son los datos del sistema para un momento dado.

Así, la producción de tal torta agregada se considera inevitable para unos datos de partida determinados, ya que el resultado de cada decisión de compra, venta o producción viene completamente determinado por éstos parámetros profundos. Tales resultados son, para cada decisor, aquel conjunto que ocupa la mejor posición en la jerarquía entre las distintas alternativas que respectivamente se derivan de un conjunto de precios y unas restricciones presupuestarias conocidas por adelantado. Así, el mercado aparece en este planteamiento no sólo como productor de una torta social, sino también y al mismo tiempo como el que corta las porciones y las reparte entre los distintos individuos. El mercado se ve como a un distribuidor del producto social entre sus participantes, y su justicia o injusticia se liga con la justicia o injusticia de los criterios de distribución de ingresos.

Sin embargo, estas críticas carecen de sentido por dos cuestiones.

Por un lado, en la distribución capitalista no existe una entidad central que sea responsable de cortar y repartir la torta, ya que los ingresos se determinan impersonalmente como resultado de la interacción de los innumerables participantes en el mercado. Nunca hay una torta entera que después sea cortada y repartida. Los bienes no se producen primero y luego se distribuyen. La obtención de los ingresos individuales y el proceso mediante el cual se determinan el tamaño y composición de la supuesta torta son simultáneos. De hecho, el tamaño y composición de la torta dependen de los criterios de distribución de ingresos tanto como éstos dependen de aquéllos.

Por otro lado, no tienen nada de automáticos o predeterminados los esfuerzos productivos realizados en la economía de mercado. Los productos no fluyen de automáticamente a partir de los factores: un automóvil no está implícito en el acero y en el trabajo incorporado; sino que son los dueños de los recursos los que descubren el potencial productivo que en ellos reside y de modo deliberado ponen manos a la obra para lucrar con sus descubrimientos.

Desde esta concepción, los recursos no están dados, sino que tanto los fines como los medios son continuamente ideados y concebidos “ex novo” por los empresarios. Así, el producto agregado de una nación, un producto cuyos elementos han sido uno por uno descubiertos, no debe ser considerado como una torta que, simplemente, está ahí; sino, antes bien, como una torta que ha sido encontrada: como una torta agregada descubierta.

Entonces, si los fines, los medios y los recursos no están dados, sino que continuamente están creándose de la nada por la acción empresarial del ser humano, resulta claro que el planteamiento ético fundamental deja de consistir en cómo distribuir equitativamente lo existente, pasando más bien a concebirse como la manera conforme a que la naturaleza humana ha de fomentar la mayor creatividad.

Por lo tanto, partiendo del caso en que todo ser humano tenga el derecho natural a los frutos de su propia creatividad, no sólo porque, de no ser así, estos frutos no actuarían como incentivo capaz de movilizar la perspicacia empresarial y creativa del ser humano, sino porque además se trata de un principio universal capaz de ser aplicado a todos los seres humanos en todas las circunstancias concebibles (el que lo descubre se lo queda), ello hace que desde esta perspectiva el capitalismo ahora no sólo es más productivo sino que además es el único éticamente justo.

5. Reflexión final

Probablemente ningún otro aspecto moral del capitalismo como el vinculado a la justicia de la economía de mercado ha provocado controversias tan amargas ni despertado emociones tan violentas. Los críticos del capitalismo denuncian a este sistema como explotador, y la razón por la cual es despreciado en gran parte del mundo es precisamente que muchos lo ven como un sistema levantado sobre la injusticia, como si ello fuera una de sus características esenciales y definitorias. En gran medida, es por esa violenta antipatía hacia el capitalismo y el supuesto de su pretendida injusticia, por lo que en ningún país moderno se ha permitido que éste sistema florezca dentro de sus fronteras sin imponerle restricciones.

Por ello, y a la luz de lo analizado en materia de distribución del ingreso, surge con claridad que al investigar la base de los reclamos por justicia social, encontramos que los mismos se apoyan en el descontento que el éxito de un grupo de hombres produce en los menos afortunados, o, para expresarlo de un modo más directo, en la envidia. De hecho, la moderna tendencia a complacer tal pasión disfrazándola bajo el respetable ropaje de “la justicia social” representa una seria amenaza para la libertad. En este sentido, vale la pena recordar que el gran objetivo de la lucha por la libertad ha sido conseguir la igualdad de todos los seres humanos frente a la ley, donde frente a las naturales diferencias entre los seres humanos ello deriva en la desigualdad de resultados.

Por lo tanto, cada intento de controlar algunas de las remuneraciones mediante un sistema de impuestos progresivos, no sólo redistribuye de modo violento lo que el mercado ha distribuido, sino que implica un trato desigual frente a la ley según el éxito que se haya conseguido en satisfacer las necesidades del prójimo. Así, cuanto mayor el éxito más que proporcional será el castigo fiscal. Consecuentemente, esto originaría una clase de sociedad que en todos sus rasgos básicos sería opuesta a la sociedad libre, en la cual, la autoridad decidiría lo que el individuo tendría que hacer y cómo hacerlo.

En definitiva, no sólo la justicia social es injusta, castiga con mayor fuerza a los que intentaba premiar fruto de una menor acumulación de capital (y con ello una menor productividad del trabajador, lo que implica menores salarios), sino que además conduce a un modelo totalitario.

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