ANÁLISIS

Una dinámica fiscal descontrolada

El gasto del sector público nacional sigue siendo la variable nominal de mayor crecimiento de la economía argentina. Durante los últimos diez meses creció sistemáticamente por encima de la inflación; y en los últimos dos meses en términos interanuales se ubicó en el umbral del 90% anual, o sea más de 30 puntos por encima del incremento de los precios al consumidor. Así como están las cosas, sigue siendo utópico hablar de plan de estabilización o de ajuste y cada día luce más lejano alcanzar los objetivos que fijaron las autoridades con el FMI. Las declaraciones públicas del Presidente y de su Ministro de Economía caen en la nada cuando se observan los hechos. Y el choque entre lo que se enuncia y lo que efectivamente se hace no hace más que seguir deprimiendo la credibilidad en el Gobierno y las expectativas.

Una credibilidad y expectativas que, por cierto, "peor" no podrían estar. El índice de confianza en el gobierno elaborado por Poliarquía para la Universidad Di Tella volvió a bajar en mayo y ya se ubica en 26%, nuevo mínimo del gobierno de Alberto Fernández. Asimismo, según la última encuesta de la misma consultora sólo un 14% de los encuestados mantiene su optimismo y responde que estará mejor que hoy dentro de un año. Estos datos y la aceleración de la inflación de los últimos meses son una cachetada a los que creen que los problemas de Argentina se arreglan con más Estado, con más gasto público. El progresismo bien entendido hoy pasa por bajar la inflación y no por redistribuir ingresos a través del Estado. Y la inflación no va a bajar mientras lo fiscal mantenga su actual dinámica descontrolada.

Es probable que las tasas de incremento del gasto se desaceleren durante la segunda mitad del año (dada la base de comparación más elevada de 2021) pero, viendo el comportamiento de algunos de sus componentes (principalmente los subsidios energéticos), el déficit y las necesidades de financiamiento del fisco resultarán superiores a las previstas por las autoridades.

Para una muestra de las consecuencias de esta situación, basta con ver lo que viene sucediendo con el financiamiento al Tesoro desde fines de abril. En efecto, desde la última licitación de deuda en pesos de abril, cuando el Tesoro se quedó corto y no consiguió renovar la totalidad de los vencimientos, regresaron las transferencias del BCRA en concepto de adelantos transitorios. En las últimas cuatro semanas, el BCRA financió monetariamente al Tesoro mediante cinco transferencias que sumaron $ 258.800 millones. Con ello, la emisión acumulada en lo que va del año alcanzó los $ 380.500 millones; una cifra peligrosamente cercana al techo acordado para junio con el FMI, que es de $ 438.000 Millones. A menos que el Ministro se pare arriba de la caja por lo que resta de este mes y el próximo, reduciendo drásticamente el déficit fiscal de estos meses, y/o que el mercado se vuelva algo más bondadoso, resultará difícil sino imposible cumplir con lo acordado.

En materia de cumplimiento de las metas, otro dato a seguir de cerca es la acumulación de reservas internacionales netas del BCRA. A pesar de una liquidación récord de agrodólares, el ritmo de acumulación de reservas sigue por debajo de lo necesario. Frente a unos u$s 3700 Millones que debería acumular entre mayo y junio, al último dato disponible, el BCRA sólo ha podido comprar u$s 664 Millones. Lo que hace que la meta del segundo trimestre del año también luzca muy difícil de cumplir (aún de mediar algún desembolso de otros organismos internacionales).

A esta altura es conveniente hacer una aclaración: frenar la expansión del gasto, contener el déficit y reducir las necesidades de financiamiento, controlar la emisión de pesos, y acumular reservas son objetivos que hay que perseguir haya o no haya metas con el FMI. En otras palabras, un apretón fiscal y monetario es necesario no porque hay que cumplir un acuerdo y metas con el FMI. Es necesario porque sino no hay forma de estabilizar la macro, que es lo que realmente importa. Además de confirmarse las dificultades para su cumplimiento, la supuesta credibilidad que aporta contar con un acuerdo con el FMI se irá degradando hasta que eventualmente no quede otra más que reconocer la necesidad de reformular las metas y, lo que sería aún más deseable y pertinente, modificar las políticas que no sirven para estabilizar la macro.

Ahora bien, se hace difícil pensar que el gobierno de Alberto Fernández pueda darle un vuelco racional a la política económica. La renuncia este lunes de Roberto Feletti a la Secretaría de Comercio Interior, la cual desde el viernes pasado depende del Ministerio de Economía, no debería despertar falsas expectativas. Primero, porque la inflación se resuelve con instrumentos macro y no con instrumentos de intervención micro. Estos no pueden ser más que un complemento dentro de un programa de estabilización más amplio. De esta manera, un nuevo Secretario de Comercio Interior no puede hacer nada muy distinto de lo que venía haciendo el anterior (que, por cierto, no fue muy distinto de lo que hacía el anterior). Segundo, porque tampoco es una cuestión de cambiar funcionarios que no están del todo de acuerdo con las políticas que pretende llevar adelante el Ministro Guzmán. Las políticas actuales cuentan con el aval total del Presidente, son las políticas con las que se siente cómodo, y no debemos esperar cambios trascendentes en la materia. Guzmán no es un recién llegado y las políticas que ha venido aplicando son, en definitiva, las causantes de la actual aceleración inflacionaria. Por último, los problemas al interno de la coalición gobernante, de los cuales la renuncia de Feletti es una muestra, condicionan los grados de libertad del Presidente y resienten aún más su credibilidad afectando negativamente las expectativas. Un presidente con internas y débil es siempre una invitación a que las dinámicas actuales lejos de poder contenerse, se aceleren.

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