Daniel y Pipi Piazzolla: “Finalmente, Astor ganó la batalla”

En julio se cumplen 25 años de la muerte del gran revolucionario del tango del siglo XX. En anticipo al Día del Padre, una entrevista con dos generaciones de una dinastía de músicos que reflexionan sobre la paternidad como legado y desafío.

“Si soy puntual, es gracias a mi abuelo y a mi papá. Si soy exigente, si soy estudioso, si miro para adelante y tengo ganas de hacer cosas nuevas, mucho se los debo a ellos”, dispara Pipi. No tiene que pensarlo. Lo tiene muy claro cuando se habla de legado. Es la tercera generación de una familia de músicos que lleva un apellido que no pasa desapercibido: Piazzolla. “¿Sos algo del músico?”. Es la pregunta típica que le hacen cuando dice su nombre. Y la respuesta provoca muchas reacciones, esté donde esté: ya sea en un avión rumbo a Rusia o en la sala de conciertos de una universidad en los Estados Unidos. Sí, es el nieto de Astor Piazzolla. Sí, es músico. Pero no hace tango, sino jazz. Y no toca el bandoneón, sino la batería. Una elección que lo salvó de las comparaciones con su abuelo Astor, el maestro, el genio, el innovador del tango, el mejor músico argentino del siglo XX.

El 10 de mayo fue su cumpleaños, el número 45. Y el lugar que eligió para festejarlo fue el Monumental. “Mi mujer me quería hacer una fiesta, pero le dije que, si jugaba River, prefería ir a verlo”. Los días previos y posteriores a su onomástico también fueron una celebración para Pipi. El día anterior, se conoció la nominación de su más reciente producción discográfica, 3001. Proyecto Piazzolla, como mejor álbum del año en los Premios Gardel. Ya lo ganó con Piazzolla plays Piazzolla, en 2012, también con Escalandrum, el sexteto del cual es líder desde 1999. Formado por tres saxos, batería, piano y contrabajo, el grupo incorporó, para su nueva placa, a la cantante Elena Roger. Y, en un abierto homenaje, recorre títulos emblemáticas de la obra de Astor Piazzolla, como Balada para un loco, Los pájaros perdidos, Balada para mi muerte y Chiquilín de Bachín. La otra gran alegría fue el resultado del súperclásico: River 3, Boca 1. Fanático millonario, Pipi utilizó sus redes sociales para compartir, con sus seguidores, el tema La Gallardeta, que compuso en honor al DT Marcelo Gallardo, un solo de batería en el que volcó sus dos grandes pasiones.
—¿Pensás que la música de tu abuelo se agigantó con los años, que necesitó el futuro para ser comprendida?
—Sí, se agigantó y cada vez pega más fuerte. Es muy popular dentro del jazz, de la música clásica y del tango. Creo que se universalizó, por sus cualidades, entre la generación de ahora y la de mi papá, donde todos bancamos a Piazzolla. Tal vez la generación anterior a mi viejo, no. Pero creo que, finalmente, mi abuelo ganó la batalla.
—¿Te apena que no haya llegado a verse reivindicado?
—Es que lo vio en el extranjero. Tal vez no acá, donde tenía a muchos de su generación en contra: le tenían bronca y celos porque él era muy bueno y avanzaba, avanzaba, avanzaba. Y la pegaba afuera. Pero creo que, a la larga, le convino: sus enemigos terminaron siendo sus impulsores.

Hijo e’genio
El último Día del Padre que Daniel Piazzolla pasó con Astor fue el tercer domingo de junio de 1992. Unos 15 días antes de que muriera. “Con mi hermana Diana le llevamos un pijama. ¿Qué le podés dar a un tipo que está todo el día en la cama? Nos pusimos en la cabecera y le dijimos: ‘Le trajimos un regalo al mejor papá del mundo’. Él nos miró. Nos volvió a mirar. Hizo con la mano el gesto del no y se puso a llorar. Ese día fue terrible... Diana y yo quedamos aniquilados”, recuerda Daniel Piazzolla. Y, como cada vez que lo evoca, se emociona. El 5 de agosto de 1990, Astor sufrió una trombosis cerebral en París, ciudad en la que residía. “Lesiones cerebrales irreversibles” era el diagnóstico que le habían dado los médicos del hospital Ambroise Pare. Nueve días después, en estado de coma, fue trasladado a la Argentina. Si bien salió de ese estado, su delicada condición lo llevó a estar internado 23 meses. Hacia el final, había recuperado el movimiento de una mano y una pierna, pero nunca volvió a hablar. Fueron meses terribles, dramáticos. Pero fueron los que, a su vez, le dieron la oportunidad a Danielito, como siempre lo llamó Astor, de sanar la gran herida de haber pasado los últimos 10 años distanciados. “Lo importante es que tuvimos ese tiempo en que ‘abusé’ de él, en el sentido de que lo abrazaba y lo besaba, mientras que él tenía medio cuerpo paralizado y no sabía bien quién era yo. A veces, me metía en su cama, él me miraba y sonreía. No sé si sabía que era su hijo... Pero me saqué las ganas por todos esos años que no estuvimos juntos”, confiesa.
Hace dos décadas que Daniel está totalmente retirado de la música. De chico estudió piano y tocó con el Octeto Electrónico, en los ‘70, junto con Astor. Cuando murió su padre, formó una agrupación que recuperó aquel nombre. Pero confiesa que el día después de dar su último concierto, en 1996, se sintió otra persona. Para él, no fue fácil ser el hijo del gran revolucionario de la música contemporánea. “Un mochilón”, define el peso del apellido y la responsabilidad del legado.
—¿A qué edad se dio cuenta de que Astor, su padre, era un genio?
—Ya de chico, cuando no se podía hacer una fiesta de cumpleaños porque en mi casa se respetaba el silencio. Mi mamá, nos decía: “Chicos, nos tocó esto. Es un genio. Tratemos de hacer el menor ruido posible”. Caminábamos prácticamente en puntas de pie cuando mi viejo estaba componiendo. Entonces, me acostumbré a no invitar amigos a mi casa. Pero no lo hacía con fastidio, aunque todo giraba alrededor de él. Una vez dije, en un reportaje: “Lo único que espero es que, si hay otra vida, mi viejo sea el carnicero del barrio”. O sea, que al tipo lo tenga almorzando todos los domingos. Porque esas cosas para mí no existieron nunca.
—A 25 años de su muerte, ¿qué siente por Astor?
—Es mi ídolo número uno, lejos. Para mí, mi viejo le pasa el trapo hasta a Mozart, si te descuidás. Para mí, es lo máximo que existe en la música. Y es lo único que escucho: nada más que Piazzolla. Te digo algo: todos los días descubro algo nuevo. De cada tema de mi viejo me sé el arreglo de memoria, te puedo contar lo que hace cada instrumento en cada tema de todos los que escribió en su vida. Algunos dicen que escribió 800, otros que escribió 3.500... Yo creo que ni él sabía cuántas obras escribió. Tengo los mejores recuerdos. Lo único que lamento es que no hayamos estado juntos los últimos años...
—¿Qué le diría a su padre hoy?
—¡Qué boludos que fuimos de habernos peleado durante 10 años! Porque estábamos los dos peleados: él conmigo y yo con él. Y los dos nos amábamos... Los músicos que tocaban con él me contaron que estaba muy triste con la situación, que me extrañaba mucho y que tenía ganas de volver a Buenos Aires para verme. Extraño a mi viejo cada minuto de mi vida. Y lo tengo siempre presente. Por eso, mi trabajo es mantener viva la obra de mi viejo.