Tokio-Kioto: Las dos caras de Japón

El Imperio del Sol Naciente es muy occidental y muy oriental al mismo tiempo. Claves para descubrir cómo se combinan estas dos facetas durante un primer viaje.

Abundan los sitios online que brindan listados sobre las experiencias a vivir y los lugares a recorrer: navegar frente a la torii (puerta de madera) roja en el mar cerca de Miyajima, visitar el Templo Dorado de Kioto, caminar por la ciudad eléctrica de Akihabara, relajarse en un onsen (baño termal público), reflexionar delante del Memorial de Hiroshima, admirar las nieves eternas del Monte Fuji, quedarse en silencio ante las imágenes de Buda en los templos de Nara, pasear por jardines cubiertos por flores de sakura (cerezos), perderse en la muchedumbre del cruce peatonal Shibuya en Tokio... Pero incluso si se cumple con todos esos imperativos, resultará imposible comprender profundamente la idiosincrasia de un destino con tanta densidad cultural, social e histórica como Japón en un par de semanas. Sin embargo, vale la pena intentarlo.

Not lost in translation

A pesar de comprar guías bilingües, mirar obsesivamente todo el catálogo de películas niponas en Netflix sin habilitar la opción de subtítulos y hasta animarse a tomar algunas clases de ‘japonés para dummies’, el viajero no podrá quitarse de encima la certeza de que se sentirá perdido apenas ponga un pie en el aeropuerto de Narita. Pero muy pronto, y con grata sorpresa, ese temor se disipa: la extrema organización y la sofisticada prolijidad niponas permiten ubicarse con facilidad; además, todo lo que necesita saber un turista está indicado en inglés.

La mejor herramienta para abordar Japón en poco tiempo es el pase de Japan Rail (JR), que abre las puertas de la mayor parte de la red ferroviaria nipona. Dentro de Tokio, da acceso directo a Yamanote, la primera palabra que el visitante asimila: es una línea que rodea totalmente el corazón de la ciudad y pasa por sus principales epicentros. No sólo permite circular con facilidad sino, además, combinar con casi la totalidad de las demás líneas y redes de subtes de la urbe más populosa del planeta. Cada uno de sus barrios –y sobre todo los principales, que son accesibles vía Yamanote– tienen un downtown propio muchas veces más grande o deslumbrante que el de otras capitales del mundo. Todos ellos tienen atractivos imperdibles, de modo que hay que hacer una selección basada en los clásicos: los templos de Asakusa o el Meiji-jingu, las torres SkyTree y Tokyo Tower, el distrito trendy de Rappongi Hills, la ciudad eléctrica de Akihabara, los flagship stores de las grandes marcas de lujo internacionales y made in Japan del área de Ginza, la locura pop de Harajuku, las muchedumbres de Shibuya, los parques de diversiones de la costa, el puerto de Yokohama, el gran Buda de Kamakura, la Estación Central, el Palacio Imperial y sus jardines.

La otra ciudad que nunca duerme

Japón tiene 12 horas de diferencia con la Argentina. Se vuele vía el Pacífico o Asia, el viajero arriba con una copiosa dosis de jet lag. Por esta razón, se hizo popular entre los turistas la visita al mercado de pescados de Tsukiji, el más grande del mundo y el que tiene la más increíble variedad de especies que habitan los océanos, hasta los más insospechados incluso para fanáticos de los documentales de NatGeo. Pero no se lo visita tanto por ese motivo sino porque abre desde muy temprano –5 de la madrugada–, cuando el recién llegado está bien despierto y dispuesto. De todos modos, enseguida se cae en la cuenta de que Tokio no duerme nunca. Y no deja de ser llamativo cómo las actividades de sus millones de habitantes se desarrollan, de día o de noche, con un orden, una disciplina y una armonía inéditos para parámetros occidentales.

No todo lo que hay que ver está cerca de una estación de la línea Yamanote, pero sí lo suficiente como para dedicarle varios días. Por ejemplo Shinjuku, el centro comercial, donde Sofía Coppola filmó gran parte de su película Lost in translation; o Harajuku, cerca de la avenida Omotesando, que se compara con los Campos Elíseos de París.

Otra estación importante es la de Shibuya: es posible caminar desde Harajuku hasta allí pasando por calles comerciales donde se destaca el mayor negocio de Tower Records en el país. Además de ser famosa por su estación, una de las más grandes de Japón, el distrito es sinónimo del cruce de calles –frente a la salida Hachiko– que se considera, oficialmente, es el más transitado del mundo.

Ueno, cerca del barrio popular de Asakusa, es otra estación crucial para descubrir la proteiforme Tokio. Allí se visita el gran templo budista consagrado a la diosa Kannon. Y se puede ir caminando hasta la SkyTree Tower, cuya flecha cruza el horizonte: tiene dos plataformas panorámicas, a 250 y 450 metros. Hay que quedarse hasta la noche para ver, de a poco, a la ciudad iluminarse desde una de las estructuras más altas del mundo.

Kioto dorada

Parece una versión capicúa de Tokio, que quiere decir, en realidad, Capital del Este y cuyo nombre original era Edo. Kyoto, por su parte, se podría traducir como Capital, estatus que tuvo durante varios siglos y hasta fines del XIX. Se llega en pocas horas a bordo del Shinkansen, el famoso tren bala. Es uno de los más rápidos del mundo, pero permite igualmente admirar el Fuji Yama desde las ventanillas, apenas se deja la gran urbe.

Kioto es la ciudad de los 2 mil templos, pero también de los palacios y los grandes santuarios. El más importante, todo un símbolo para los japoneses, es el Templo Dorado o Kinkaju-ji, que no debe ser confundido con Ginkaku-ji, el Templo de Plata, que en realidad es de madera. Se trata de uno de los lugares más bellos y armoniosos que se verán durante la estadía: la construcción fue totalmente cubierta por láminas de oro y reluce bajo el sol a la vera de lo que se podría considerar como el arquetipo del jardín japonés. Como en los demás lugares de culto, hay puestitos que venden amuletos –para conseguir éxito en lo sentimental, lo laboral y lo académico– y, por supuesto, peluches de Totoro, el personaje animado más entrañable de la cinematografía nipona contemporánea.

La versión original de esta crónica fue publicada en la edición 183 de Clase Ejecutiva, la revista lifestyle de El Cronista Comercial.

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