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Expandió el grupo familiar hasta convertirse en el hombre más rico de la Argentina: cuáles son sus negocios hoy

Goyo supo moverse con solvencia por varios negocios, desde las finanzas hasta la ganadería y la construcción. Llegó a ser el argentino más rico y hace una década dejó todo en manos de sus hijos. Cómo construyó su imperio uno de los empresarios más importantes (y misteriosos) del país.

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Pasaron 45 años desde que asumió el mando del holding familiar. En ese momento, el grupo tenía su negocio bien repartido en varios rubros, desde la agroganadería hasta la energía e incluso la banca. Bajo su control, los intereses se multiplicaron. Hizo grandes negocios con los contratos petroleros, luego acumuló participación en las empresas privatizadas durante la ola de los 90. 

Compró y vendió a tiempo. Pasó de concentrarse en la industria energética a desprenderse de su mascarón de proa y convertirse en el principal jugador alimenticio del país con Molinos Río de la Plata. Ahora, como si todo fuera un ciclo, volvió al ruedo en Oil & Gas. El 12 de octubre Jorge Gregorio Perez Companc celebró su 88° cumpleaños y, aunque ya hace un tiempo que delegó en sus hijos la administración del grupo que lleva su apellido, hoy continúa siendo uno de los nombres más relevantes del mundo de los negocios en la Argentina.

La semilla emprendedora de la familia comenzó con el ingeniero Domingo Companc, que impulsó la construcción del ferrocarril patagónico en Santa Cruz. Invirtió en campos y se dedicó a la cría de ganado, en particular el ovino para la producción y venta de lana en 1919. Sus nietos Carlos y Jorge Joaquín, hermanos de Goyo, marcaron el inicio del grupo empresario con la creación de una empresa naviera en 1946 tras adquirir un par de barcazas. La idea era utilizarlas para enviar lana, pero en las siguientes dos décadas se expandió a otras industrias. En 1958 fundaron Pecom, dedicada a la perforación y terminación de pozos petrolíferos y gasíferos; en 1968 compraron una participación mayoritaria en el Banco Río de la Plata; un año después crearon Goyaike, un grupo de empresas que se transformó en la plataforma agroganadera de los Perez Companc.

En 1958 el grupo familiar Perez Companc ingresó al negocio energético con Pecom.

Ya con Gregorio a la cabeza, el holding adquirió SADE, la constructora que se transformaría en uno de sus principales brazos dentro de la industria energética. También, en los 80, asumió la gestión de Conuar, que se reparte con la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y se encarga de producir el combustible que utilizan los reactores nucleares. Actualmente Conuar junto con Goyaike son dos de los negocios más longevos dentro de la estructura del Grupo Perez Companc.

Saber cuándo comprar (y vender)

Los 90 fueron una década de metamorfosis para el holding. Acrecentó rápidamente sus intereses al adquirir parte de compañías privatizadas. En aquella época se hizo con una porción de Transener, Telecom, Edesur, Transportadora de Gas del Sur, Metrogas y hasta compró una participación minoritaria en YPF. A su vez, por intermedio de SADE, desarrolló el proyecto Alto Palermo y pasó a controlar el shopping, el Buenos Aires Design y el Hotel Intercontinental. Sus inversiones lo llevaron a ser nombrado como el argentino más rico con una fortuna que llegó a superar los US$ 5000 millones. Pero antes de entrar al nuevo milenio vendió todo, incluso SADE en 1998, para concentrarse en su buque insignia, Pecom.

Sin embargo, el panorama energético cambió y Goyo, el pragmático, no dudó. A mediados de 2002 le traspasó Pecom a Petrobras por más de US$ 1100 millones en lo que marcó un punto de inflexión en la matriz del grupo. Esto no lo tomó desprevenido porque antes ya había empezado a pulir la nueva joya de la corona familiar: el negocio alimenticio.

Empezó con algunas compras estratégicas, como la bodega mendocina Nieto Senetiner, las lácteas Molfino y Abolio & Rubio (que poco después fusionó) y en 1997 fundó la cadena de heladerías Munchi's, un proyecto de su esposa, María del Carmen Sundblad, para aprovechar la leche de las vacas Jersey que criaban. El gran paso lo dio en 1999 cuando desembolsó US$ 400 millones para quedarse con Molinos Río de la Plata, hasta entonces propiedad de Bunge & Born. Esta compañía ya había cimentado su posición en la industria de los alimentos con varias marcas de renombre, entre las que se encontraban la yerba mate Nobleza Gaucha, la harina Blancaflor, las pastas Matarazzo (adquirida en 1978), el rebozador Preferido y Granja del Sol (se la compró a Cargill en 1997). Perez Companc aceleró este crecimiento.

Molinos Río de la Plata se convirtió en el buque insignia del grupo en su apuesta por los alimentos.

El portafolio de Molinos continuó agrandándose en los años venideros. Se quedó con etiquetas de la talla de Don Vicente (2000), Lucchetti y Fritolim (2001), Minerva (2004). También supo pasar la escoba. En 2007 se fusionó con el grupo Química Estrella y vendió varias de sus marcas, como Toddy, Zucoa y algodón Estrella, mientras que a otras las potenció, como fue el caso del arroz Gallo. Amplió su dominio en el mundo de las pastas con Lucchetti, Terrabusi, Canale, Don Felipe y La Salteña. En yerbas salió a jugar con Chamigo y Salus, se lanzó al segmento de snacks con Gallo Snacks y Chocoarroz (por la que pagó US$ 15 millones) y descorchó más inversiones para sumar las bodegas Ruca Malen y Viña Cobos.

Según sus estados contables de 2021, Molinos Río de la Plata facturó $ 66.303 millones con una ganancia neta de $ 2828 millones. De ese total, la pata de alimentos representó más de $ 60.000 millones. Casi el 90 por ciento de sus ventas provinieron del mercado doméstico.

Gregorio Perez Companc, el arquitecto detrás del grupo

En tanto, Chile se convirtió en otro de sus focos de atención. Ahí desembarco con la compra de un frigorífico para enviar carne vacuna a Estados Unidos y Europa y, junto a la familia chilena Allende, creó un joint venture con el objetivo de exportar las técnicas de reproducción de ganado que los Perez Companc utilizaban en sus campos. Abrieron Munchi's en el mercado chileno y lo complementaron con una red de restaurantes bajo el nombre Raíces. Pero estos desafíos solo tuvieron algunos años de vida. Cuando el mercado empezó a flaquear, emprendieron la retirada.

Pasar la antorcha

En 2009, a sus 75 años, le cedió el control accionario del grupo a la segunda generación. Para esto constituyó Santa Margarita LLC, una sociedad con sede en Delaware, y repartió su participación en partes iguales entre sus siete hijos. Luis, su segundo hijo varón, tomó la posta como presidente de las empresas del family group. Goyo se alejó del bullicio de la City y se refugió en Escobar, donde construyó su nueva sede. Ahí, a su vez, inauguró el bioparque Temaikén y levantó su propio autódromo privado para poder conducir su colección de lujo.

Además de su pasión por los autos y el fútbol (como hincha de River Plate), el empresario tiene un particular aprecio por el campo. Por intermedio de Goyaike transformó ese entusiasmo en un negocio que hoy cuenta con 36.000 cabezas de ganado raza Hereford entre Argentina y Uruguay, 1400 vacas en ordeñe, 20.000 ovejas para producción de lana y más de 350.000 cabezas para producción de carne en su frigorífico uruguayo. A esto se le suma un trader de granos, en el país vecino, que movió 198 millones de toneladas de trigo, soja, maíz, sorgo y cebada en 2020.

En más de cuatro décadas, su carrera pasó por varios momentos de cambio. El último de ellos fue en 2015. Ese año el grupo anunció la escisión de Molinos: por un lado, quedaría el negocio alimenticio dedicado a manejar las marcas de consumo masivo; y por el otro, se conformaría Molinos Agro para ocuparse del vertical de industrialización y comercialización de granos. Pero en esos doce meses también se produjo su regreso al mundo energético después de 13 años. Perez Companc compró los activos de Skanska (la misma que le había comprado SADE) y la renombró Pecom Servicios de Energía SA. A diferencia de su antecesora, vendida en 2002, esta no se involucraría como titular de concesiones, sino que se constituyó como proveedora para la industr1ia de Oil & Gas.

Como si intentara recuperar el tiempo perdido, la nueva Pecom se expandió rápidamente para aprovechar el entusiasmo y perspectivas de Vaca Muerta. Erogó US$ 33 millones por la firma de ingeniería especializada en el sector energético Tel3 en agosto de 2018 y tres meses después desembolsó $ 4500 millones para comprar Bolland & Cía, firma de servicios petroleros y comercializadora de bombas mecánicas y productos químicos. Al año siguiente construyó el oleoducto Loma Campana Lago Pellegrini, una obra de 88 kilómetros de extensión y capacidad de transporte de 25.000m3 diarios. Ahora brindan servicios de operación y mantenimiento en Brasil, Bolivia, Uruguay, Perú y Colombia.

Luis Perez Companc (derecha) quedó al frente de Molinos tras el retiro de Goyo

La separación de Molinos y Molinagro marcó un cambio. La primera pasaría a dedicar esfuerzos en la Argentina, mientras que su prima cerealera apuntaría al mercado exterior. De acuerdo a su último ejercicio anual, finalizado en marzo de 2022, Molinos Agro generó ingresos por $ 432.462 millones, de los cuales un 93 por ciento provino de exportaciones. En ese período ganó US$ 71,5 millones.

Por su parte, Molinos Río de la Plata buscó aligerar su estructura en los últimos cinco años con el objetivo de reducir costos y enfocarse en el mercado argentino. Disolvió sociedades en Estados Unidos (Molinos USA Corp.), Chile (Molinos Chile SA), Uruguay (Molinos International SA) y España (Molinos del Plata SLU). Absorbió algunas de sus subsidiarias como Molinos IP SAU (encargada del manejo marcario), La Salteña y la bodega Ruca Malen. Y vendió el predio en Victoria donde estaban sus oficinas por más de US$ 20 millones.

En 2019 el Grupo Perez Companc cumplió 100 años desde aquel primer emprendimiento lanar. Sus hermanos lo hicieron caminar, pero Goyo fue el artífice de convertirlo en uno de los grupos de capitales nacionales más importantes de la Argentina. Un grupo familiar que se supo mover según el aire que se respiraba en el mundo de los negocios y, seguramente, lo siga haciendo. 

La versión original de esta nota se publicó en el número 348 de revista Apertura.

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