A los 23 años, Lucas Glustman se quedó sin dinero.

A los 21 había fundado su primera empresa, una cuponera para redes sociales, pero dos años después tuvo que cerrarla. Había fallado en casi todo: el nombre, el modelo de negocio y la forma de comercializarla.

Por aquel momento solo tenía u$s 300 en el bolsillo. Para sostenerse económicamente mientras buscaba una nueva oportunidad, empezó a trabajar como mozo en un restaurante de sushi.

Al poco tiempo, un amigo le habló de un máster en la Universidad de Tel Aviv. Era una beca, casi completa, de u$s 500 dólares para desarrollarse en el ámbito del ecosistema emprendedor tecnológico. Los u$s 200 que le faltaban, los pidió prestados. Y así, aquella historia de fracaso quedó bastante lejos.

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