Como hemos puntualizado en varias ocasiones, el fenómeno de la inmigración constituye un tema central en las agendas políticas de todos los países. Sus dirigencias orientan los cometidos y estrategias con proyección global. En una extensa nota publicada en The New York Times el domingo 24 de julio se confirma el fenómeno y se menciona otro aspecto, de alguna manera vinculante y también ausente entre nosotros: el multiculturalismo.

Resulta extraño, entonces, que en pleno proceso electoral ningún candidato o partido político en nuestro medio, incluya temas que desvelan a dirigencias de la envergadura de Merkel, Sarkozy y Cameron, entre tantos otros.

Semejante desinterés denuncia cierto autismo, que por definición científica responde a la inclinación a concentrarse en un limitado universo, con abstracción de asuntos importantes cuya tácita negación puede resultar patológica, según asevera el Diccionario de la Real Academia Española.

La actualidad del tópico es tal, que la agencia EFE de España ha revelado que cuatro de cada diez españoles están a favor de expulsar a inmigrantes desempleados y casi el 80% estima que hay un número excesivo de extranjeros en el país, según su fuente, el Observatorio de Racismo y Xenofobia del Ministerio de Trabajo e Inmigración.

Para evitar malos entendidos, recuerdo que Francia y Alemania han encabezado las críticas al Espacio Schengen que rige en 25 naciones europeas, incluidas tres que no son miembros de la UE. Según el Acuerdo de marras, el ingreso por uno de los estados miembros legaliza la permanencia en toda el área. El tema es eminentemente práctico. No se aboga por abolir la inmigración, sino por reglamentar la admisión y permanencia en función de las posibilidades y necesidades de la sociedad argentina, lo cual se ajusta a la realidad interna y externa. En caso de ignorarla, en el contexto de nuestras porosas fronteras, pueden profundizarse los problemas existentes, habida cuenta las restricciones globales que podrían convertir a la Argentina en un inconveniente y oneroso refugio.

Es una cuestión defensiva que nada tiene de discriminatoria. Entre nosotros existen demasiados conglomerados humanos librados a su suerte y que han modificado el espacio público y presionado la vida societaria. Como consecuencia, los servicios públicos como educación, salud, justicia, transporte y seguridad denuncian bajos niveles de satisfacción y para peor, influyen en los índices de desarrollo humano que, por su parte, descalifican al país en el concierto internacional.

Las disposiciones que rigen en la Unión Europea ofrecen un adecuado marco de referencia para codificar el tema y ofrecen un imparcial testimonio para legitimar definiciones que hacen al bien común y resultan insospechadas de arbitrariedad. Certificados de salud, de buena conducta y acreditación de oficios o habilidades laborales sino garantizan la personalidad de los interesados, permiten tener acceso a los antecedentes de los mismos y, si corresponde, cancelar los permisos de radicación sin que se interpreten como ofensas y sirvan para desacreditar al país.

Es absolutamente cierto que entre nosotros y en el resto del mundo la inmigración satisface demandas laborales indiferentes para los nativos o residentes. Empero, ello puede contemplarse en un enfoque racional y defensivo del tema con adecuados criterios de selección según la demanda laboral, lo cual no es lo mismo que una liberalidad irresponsable que conlleva tantas irregularidades como las

que ostensiblemente pueblan el paisaje argentino.

Al margen de todo ello, y aunque pueda resultar odioso, es importante preservar explícitamente valores compartidos en la identidad argentina, sin necesidad de apelar a coartadas que esconden discriminaciones incompatibles con nuestras tradiciones políticas, religiosas y sociales.

El autismo que delatan la indiferencia y los silencios que lo expresan, no es ajeno a cierto peligroso debilitamiento del carácter nacional. La economía, el desempleo, la marginalidad laboral, los desvíos fiscales y nuestra intrascendencia internacional, confirman omnipotentemente las consecuencias de ostensibles debilidades en la voluntad colectiva, para peor, con viento de cola todavía a favor.