

En una reciente y extensa nota publicada en The New York Times, su título denuncia sin ambajes el contenido. Se ocupa de la visita del presidente Obama al Nuevo Brasil y se formulan amplias consideraciones sobre un país transformado en poco más de una década, que supo sacar de la pobreza a treinta millones de habitantes y que conquistó el séptimo lugar en la economía mundial. El comentario agrega que los cambios han revolucionado, además, otras políticas y despertado a los diez estados linderos convirtiéndose en consecuencia en un poder eminente y conductor de la estrategia regional, lo cual no le ha impedido estrechar lazos con Israel, Siria e Irán.
Ahora bien, el exitoso transitar, al cual me referí in extenso en Archivos del Presente hace cuatro años, no es ajeno a una fina e invariable estrategia política y gestión diplomática, pues a los logros globales mencionados, deben agregarse otros también contemplados en la nota de marras. Así se subraya la atracción de amigos mediante crédito, ayuda y comercio, como es en el caso de frica, adonde llegan los intereses nacionales vía asistencia para el desarrollo y fuertes inversiones en petróleo e infraestructura. Los EEUU no quedan al margen. Brasil es un importante acreedor, proveedor y cliente con u$s 160.000 millones en Bonos federales.
Yendo al amplio vecindario que compartimos el firme posicionamiento en la zona amazónica afirma una envidiable fortaleza estructural que con habilidad política y diplomática, a la cual no es ajena su ofensiva en el campo militar industrial, habilita al país a desempeñar un hegemónico papel en la región y en el mundo a partir de sus significativas reservas petroleras, de disponer del 40% del agua fresca (potable) disponible en el globo, de enormes reservas energéticas y con capacidad de convertirse en garante de la seguridad alimentaria mundial.
Según la nota del matutino estadounidense, la expansión de Brasil ha irritado a muchos en Washington seguramente debido al manejo de tiempos y objetivos políticos independientes, de modo que no podría deducirse vasallaje alguno respecto de la relación con la superpotencia y sus resultados. Por ejemplo, choques sobre intereses y puntos de vista mundiales que han irrumpido en años recientes sobre cuestiones como Irán, Colombia, Honduras, cambio climático, comercio internacional, Irak, Cuba, Venezuela lo confirman en una atmósfera de desconfianza bilateral que coloreó los últimos dos años. La especial relación con Irán es reveladora, lo mismo que incursiones en Africa y en los estados árabes a pesar de discrepancias sobre derechos humanos.
En la reciente entrevista con el Presidente Obama, la mandataria brasileña subrayó que el trato con los EEUU será en un pie de igualdad y sin superiores alrededor. Prevalecerá una relación productiva sin disputas ideológicas. Como consecuencia, los intereses estadounidenses en América Latina demandarán crecientes grados de consulta y cooperación con el poder regional líder, Brasil. El ascendente poder científico y militar no es ajeno a la necesidad norteamericana de contar con esa cooperación, léase también Atlántico Sur. La tolerancia con la expansión del complejo militar-industrial brasileño parece confirmarlo y, obviamente, acortará los tiempos para conquistar una poltrona como miembro permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Será un paso trascendental, no fácil, pero coronará una década envidiable que desafortunadamente no podemos compartir porque a pesar de varios cambios políticos, los objetivos nacionales entre nosotros todavía carecen de formulación concreta. Siempre la coyuntura nos condiciona en contextos donde no se apela a los ajustes circunstanciales como vehículos para alcanzar metas estructurales que nos proyecten al porvenir, sino para sobrevivir a desafíos que no se resuelven sin contemplar el porvenir con ingenio, coraje y voluntad transformadora. La política, oficial y opositora, tiene la ocasión electoral para competir según ideas y programas, abandonando un escenario que nos confina a una posición cuya perpetuación amenaza nuestro rango en el mundo.
Cuando afirmamos que la Argentina no reacciona no estamos apuntando a sectores o facciones determinadas de la vida nacional. Señalamos la ausencia de ideas provocadoras, de una fatiga que sólo desde la política podría corregirse con prescindencia de ideologías cuya intrascendencia ha sido probada y cuya repetición condiciona severamente el porvenir. Lo de Brasil no es casual, tampoco lo de Chile y Uruguay, en la medida cuyos desempeños merecen un insoslayable reconocimiento ecuménico que nos da las espaldas.










