

Las próximas horas representan una amenaza real para millones de personas. Un poderoso domo de calor se cierne sobre el territorio nacional con temperaturas que podrían alcanzar los 45 °C en varios estados, combinando factores atmosféricos, urbanos y climáticos que convierten esta ola de calor en una de las más severas de los últimos años.

¿Qué es el domo de calor y por qué es tan peligroso?
El domo de calor no es una tormenta que pasa: es una trampa atmosférica. Se forma cuando un sistema de alta presión atrapa el aire caliente cerca del suelo, impidiendo que suba y se disperse. Ese aire queda comprimido entre el sistema de alta presión y los sistemas de baja presión a sus costados, actuando como una cúpula invisible que eleva aún más la temperatura.
El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) confirmó que el país enfrenta una circulación anticiclónica en niveles medios de la atmósfera que mantiene el calor estancado, sin posibilidad de escape para quienes viven bajo ella.
Las ciudades, en el ojo de la tormenta: calor extremo y aire irrespirable
Las grandes urbes no solo sufren el calor: lo amplifican. La Ciudad de México, que normalmente no supera los 25 °C en esta época del año, ya registra más de 30 °C. El fenómeno urbano agrava la situación: el escaso viento y la alta radiación solar favorecen la acumulación de ozono, lo que deteriora la calidad del aire y pone en riesgo especialmente a personas con enfermedades respiratorias, niños y adultos mayores. En otras ciudades del país ocurre lo mismo: los contaminantes permanecen más tiempo en el ambiente, convirtiendo el aire de las metrópolis en una amenaza adicional al calor.

No es un evento aislado: el cambio climático detrás del domo
Los científicos son contundentes: eventos como este no son casualidad. Los domos de calor siempre existieron dentro de la variación natural del clima, pero la frecuencia, duración e intensidad con que se presentan en las últimas décadas está directamente vinculada con el calentamiento global provocado por la quema de combustibles fósiles.
Las emisiones industriales atrapan calor en la atmósfera desde la era industrial, y ese calor adicional no se distribuye de forma pareja: se concentra, se intensifica y se convierte en fenómenos extremos. A menos que se reduzcan drásticamente las emisiones globales, estos episodios serán cada vez más frecuentes y más devastadores.















