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“El modo en que Estados Unidos respondió al 11-S aceleró su propio declive”. Así sintetizó Brian Nussbaum, profesor de seguridad nacional de la Universidad de Albany, al analizar el cuarto de siglo transcurrido desde los atentados, el impacto que tuvieron los atentados a las Torres Gemelas en la política global tal como se la conocía hasta ese entonces.

Nussban, que formuló estas declaraciones al diario chileno La Tercera, no exageró: los ataques que redujeron a escombros al World Trade Center, que además golpearon el Pentágono y que pudieron haber alcanzado al Capitolio, de no ser por la acción de los pasajeros del vuelo 93 de United Airlines que estrellaron un avión en Pensilvania, generaron una reacción de la administración de George W. Bush rediseñó por completo el tablero mundial con consecuencias que perduran hasta hoy.

Casi 3000 personas murieron esa mañana y, 25 años después, Estados Unidos y el mundo todavía cargan las consecuencias políticas, militares y sociales de aquel día.

El impacto fue inmediato puertas adentro de Washington. Apenas 45 días después de los ataques, el entonces presidente George W. Bush firmó la Patriot Act. La ley amplió drásticamente los poderes de vigilancia del Estado. Modificó más de 15 estatutos federales, entre ellos las normas de privacidad de las comunicaciones electrónicas.

La justificación oficial hablaba de dotar a los servicios de inteligencia de “nuevas herramientas” contra el terrorismo. Pero la norma habilitó una vigilancia masiva y sin sospecha, según denunció después la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU). Alcanzó incluso a activistas políticos sin ningún vínculo con el terrorismo islámico.

Ese modelo de excepción, lejos de ser algo puntual, dejó una arquitectura permanente. El programa de espionaje PRISM, revelado por Edward Snowden en 2013, mostró cómo la vigilancia digital se volvió estructural en la política de seguridad estadounidense. Hoy alimenta, además, un mercado privado de software espía como Pegasus.

Dos guerras que erosionaron la credibilidad del país

En el plano militar, la respuesta fue todavía más drástica. Estados Unidos invadió Afganistán a fines de 2001 para desmantelar a Al Qaeda y derrocar al régimen talibán que la albergaba. La guerra se extendió veinte años, hasta la caótica retirada de 2021 y el regreso de los talibanes al poder en Kabul.

En 2003 llegó la segunda gran intervención: Irak. A diferencia de Afganistán, Saddam Hussein no tuvo relación con los atentados. La invasión se justificó con supuestas armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas, un dato que erosionó la credibilidad estadounidense en el mundo.

Ambas guerras dejaron un saldo humano enorme. Más de 2400 militares estadounidenses murieron en Afganistán, y decenas de miles resultaron heridos. Cientos de miles de civiles murieron en ambos países, según estimaciones del Proyecto sobre los Costes de la Guerra.

La invasión de Irak tuvo, además, un efecto geopolítico de largo plazo. La caída de Hussein eliminó uno de los principales contrapesos regionales de Irán. Esa decisión terminó fortaleciendo la influencia iraní sobre la política y las milicias iraquíes en las décadas siguientes.

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En el terreno ideológico, la llamada “guerra contra el terror” tampoco logró su objetivo declarado. Lejos de extinguir la amenaza yihadista, contribuyó a su expansión y mutación en varios continentes, desde el Sahel hasta Medio Oriente y el sudeste asiático.

Al Qaeda, fundada hacia 1988 durante la resistencia afgana contra la URSS, fue la primera organización terrorista verdaderamente multinacional. La muerte de Osama bin Laden en 2011 no significó su desaparición. La organización se reforzó en Siria y en Malí, aprovechando la inestabilidad regional.

Las tensiones internas del movimiento yihadista, especialmente en Irak, dieron lugar a una escisión decisiva. De esa fractura surgió el Estado Islámico, que conquistó territorios en Irak y Siria y proclamó un califato en 2014, con una estrategia mucho más territorial y mediática que la de Al Qaeda.

Aunque ambos grupos comparten raíces ideológicas, sus métodos difieren. Al Qaeda apostó por células dispersas y ataques de gran escala contra símbolos occidentales. El Estado Islámico priorizó el control territorial y una propaganda digital mucho más sofisticada, dirigida a reclutar seguidores en Europa.

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Cómo cambió la seguridad aérea y los aeropuertos en todo el mundo

Antes del 11-S, viajar en avión era una experiencia mucho menos intrusiva. Las despedidas familiares llegaban hasta la puerta de embarque, y las inspecciones de equipaje eran mínimas y estaban a cargo de empresas privadas, no del Estado.

Todo cambió en noviembre de 2001, cuando Washington creó la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA). El Estado asumió el control directo de los controles aeroportuarios, que hasta entonces dependían de contratistas privados con criterios dispares.

Las medidas llegaron en oleadas, cada una asociada a un intento de atentado. Se prohibieron cúteres y objetos punzocortantes, similares a los usados por los secuestradores. Después, en 2006, tras un plan frustrado con explosivos líquidos, se limitaron los líquidos a envases de 100 mililitros.

El intento fallido de Richard Reid, el “bombardero de zapatos”, en diciembre de 2001, generó otra costumbre que duró más de dos décadas: quitarse los zapatos en el control. Recién en julio de 2025 Estados Unidos eliminó esa exigencia para vuelos domésticos.

También se blindaron las cabinas de mando con puertas reforzadas, se sumaron agentes federales encubiertos a bordo y se restringió el acceso a las puertas de embarque solo a pasajeros con boleto. Los aeropuertos se rediseñaron alrededor de la sospecha permanente.

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La tecnología terminó de transformar el escenario. Los escáneres corporales, el cruce de datos con listas de vigilancia y, más recientemente, el reconocimiento facial automatizaron buena parte de los controles. El programa TSA PreCheck, con verificación previa de antecedentes, agilizó el paso para quienes aceptan compartir más datos personales.

Los “niños del 11-S”: la generación que creció bajo la sombra de la tragedia

Cerca de 3000 chicos perdieron a uno de sus padres aquel martes de 2001. Entre ellos hubo adolescentes, niños pequeños y bebés que ni siquiera llegaron a conocer a sus padres, fallecidos antes de que nacieran.

Se los conoce como la “Generación 9/11”. Muchos cuentan que su duelo se volvió, además, un espectáculo público. Las imágenes de las torres cayendo se repitieron en televisión durante años, forzándolos a revivir la pérdida de manera constante frente a las cámaras.

Rebecca Asaro tenía apenas dos años cuando murió su padre, bombero de Manhattan. Hoy, con 30, trabaja en la misma estación donde él prestaba servicio, según reveló el diario New York Times en 2019. Tres de sus hermanos también decidieron seguir sus pasos como bomberos, transformando el duelo en vocación.

Otros nacieron ese mismo día, en paralelo a la tragedia. Cerca de 13.000 bebés llegaron al mundo en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Uno de ellos, Anish Shrivastava, nació en Nueva Jersey minutos después de que cayera la Torre Sur.

Su nacimiento tuvo un efecto inesperado: su tío, que trabajaba en el World Trade Center, faltó ese día para acompañar el parto, según contó el mismo medio. Esa decisión le salvó la vida, y su familia interpretó su llegada como un símbolo de esperanza en medio del horror.

Hoy, la generación posterior al 11-S ya no lo recuerda en primera persona. Según el Museo del 11-S de Nueva York, unos 100 millones de estadounidenses no habían nacido o eran demasiado pequeños cuando cayeron las torres, y conocen los hechos por relatos familiares o clases de historia.

Una encuesta de Pew Research confirma esa distancia generacional. El 10% de los adultos estadounidenses nació después de 2001, y el 60% de los jóvenes de entre 18 y 24 años conoció los atentados en la escuela, no como una experiencia vivida.

Sin embargo, esa generación convive con las consecuencias políticas de aquel día, aunque no las recuerde. Las políticas migratorias más duras y las guerras en Afganistán e Irak siguen marcando el mundo que heredaron, veinticinco años después de una mañana que cambió todo.