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¿Llegó el fin del consenso democrático?

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por  CONSTANZA MAZZINA

Dra. en Ciencia Política. Consultora en política latinoamericana.

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¿Llegó el fin del consenso democrático?

Hace varios años que el académico norteamericano Larry Diamond afirma que la democracia ha entrado en un proceso de recesión, que la democracia está en retroceso. Las democracias latinoamericanas, resultado de la tercera ola de democratización, están entrando en su cuarta década en una zona gris. En esta zona los regímenes políticos no poseen características totalmente democráticas ni autoritarias, sino que resultan en nuevos “regímenes híbridos”, según Diamond.

La literatura sugiere que hay tres elementos que, combinados, dan lugar a una democracia moderna. Primero, el estado tiene el monopolio del poder coercitivo en un territorio determinado y debe asegurar la paz. Segundo, el rule of law, que refleja valores comunitarios y está por sobre todos los ciudadanos, incluyendo a los propios gobernantes. Por último, la rendición de cuentas, que asegura la responsabilidad estatal para con los intereses de la comunidad por medio de las elecciones.

El error en el que caen las democracias actuales es en sólo asegurar elecciones mientras que se descuida la capacidad del estado y el cumplimiento de la ley. El índice de Estado de Derecho (rule of law index), realizado por el World Justice Project nos mostraba para 2018 que Brasil obtenía un 0.54, donde puntuaciones cercanas a 1 indican un mayor respeto o cumplimiento del estado de derecho y 0 indicaría su ausencia.  Por su parte, Argentina obtuvo un 0.58, Perú un 0.52, México 0.45, Bolivia 0.38 y Venezuela 0.29, encontrándose al final de la tabla.

Por otro lado, se señalan las condiciones para elecciones justas: administración de todo el proceso en manos de autoridades neutrales, la administración electoral es suficientemente competente y con los recursos necesarios para tomar las precauciones necesarias en contra del fraude durante el voto y el conteo,  la policía, militares y demás fuerzas tratan a los candidatos imparcialmente,  los contendientes tienen un igual acceso a los medios,  las reglas y distritos electorales no otorgan desventajas a la oposición,  el conteo independiente y el monitoreo están permitido en todas las localidades,  la votación es secreta, todos los adultos pueden votar, los procesos de organización y conteo son transparentes y públicos, y hay procesos imparciales para resolver disputas y quejas. Esta lista nos sirve para darnos cuenta en qué medida y hasta qué punto nuestras democracias no cumplen con estos requisitos y no han sabido mejorar su desempeño.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Las consecuencias de este proceso trunco están a la vista: hasta hace algunos años veíamos que, si bien la democracia no resolvía todos los problemas, era preferible a otras formas de gobierno. En muchos casos, con el recuerdo aún fresco de las dictaduras y en medio de crisis económicas, la democracia se sobreponía, tenía capacidad de resilencia. Sin embargo, ya desde hace años los datos muestran que la preferencia democrática ha llegado a su fin. Hoy prevalece la insatisfacción generalizada con el funcionamiento democrático: para 7 de 10 latinoamericanos la democracia no funciona, solamente 2 de cada 10 se manifiestan satisfechos. La satisfacción con la democracia ha disminuido constantemente de un 44% en 2008 hasta un 24% en 2018, en ningún país de la región hay una mayoría satisfecha, y sólo en tres países este resultado se acerca a tener uno de cada dos ciudadanos satisfechos: Uruguay con 47%, Costa Rica con 45% y Chile con 42%. En Brasil sólo el 9% está satisfecho, mientras en Nicaragua es 20% y en Venezuela el 12%. En este escenario, la democracia ha dejado de ser la única alternativa posible. Estamos a las puertas del fin del consenso democrático que primó en las primeras décadas de la transición democrática.

Gran parte de la responsabilidad en este proceso cae en aquellos que debían ser los guardianes de la democracia: los partidos políticos y sus líderes. Atravesados por las consecuencias de las enormes causas de corrupción que no distinguen ideologías partidarias y que terminaron incluso con algunas presidencias de la región (Dilma Russeff, en Brasil; Pedro Pablo Kucynski, en Perú), abdicaron de su responsabilidad política. El impacto político de la corrupción es visible: la emergencia de líderes autocráticos legitimados en procesos electorales semi competitivos o poco transparentes. ¿Qué salvaguardas nos quedan o qué barreras tienen las democracias ante el avance de líderes que, a izquierda o derecha, pretenden barrer los cimientos democráticos?

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