
Cuando los presupuestos de los gobiernos son ajustados, el gasto en ciencia básica sin beneficio a corto plazo se reduce de manera inevitable, igual que el de la educación o el de la construcción de autopistas. Así lo ve Brian Clegg.
Clegg (71 años) estudió Ciencias Naturales, con especialización en física experimental, en la Universidad de Cambridge. Es autor, entre varias decenas de libros, de Einstein de bolsillo. Diez lecciones breves sobre viajes en el tiempo, publicado en la Argentina por Ediciones Godot. En diálogo con El Cronista, afirma que la relatividad rara vez resulta útil, que el GPS es uno de los pocos ejemplos y que a veces hay que apoyarse en individuos ricos para financiar ideas que suenan descabelladas.
La física cuántica y la curiosidad como razones para financiar ciencia sin aplicación
Para Clegg hacen falta los dos tipos de ciencia: la que no tiene un producto final específico en mente y la que apunta a un resultado práctico. “Si solo financiamos la ciencia con un objetivo práctico, muchas oportunidades futuras se van a perder”, afirma el autor. El libro, por su parte, indica que Einstein buscaba comprender la naturaleza de la realidad antes que crear algo práctico.
Como ejemplo, cita la física cuántica: “La física cuántica que sustenta toda nuestra electrónica moderna no se trabajó con ninguna aplicación en mente. Nunca se habría desarrollado si pensáramos puramente desde el punto de vista de la aplicación”. A esa razón suma otra: “Parte de ser humanos es nuestra curiosidad por el universo y por cómo funciona, y eso está tan justificado como, por ejemplo, producir obras de arte”. Los agujeros negros le sirven de ejemplo: “Comprender, por ejemplo, los agujeros negros nunca tendrá un uso práctico, pero enriquece la existencia humana”.

Presupuestos ajustados, gobiernos e individuos ricos
Defender la ciencia básica ante los gobiernos se hace “con dificultad”, reconoce Clegg. El láser y el entrelazamiento cuántico tuvieron algunos usos tempranos, y lo que llevó tiempo fue volver práctica su producción comercial. Aun así, el panorama que describe es poco alentador:
“Lamentablemente, cuando los presupuestos de los gobiernos son ajustados, inevitablemente vamos a encontrar un gasto reducido en ciencia básica sin beneficio a corto plazo, igual que en cosas como la educación o la construcción de autopistas”.
La única salida que ve consiste en “tratar de asegurar que la ciencia siga presente en la mente de los legisladores y vuelva a primer plano cuando los fondos fluyan con más facilidad”.
Sobre quién decide qué ideas se financian, Clegg precisa que el dinero público lo gastan los gobiernos más que “la sociedad”. En su opinión, esos gobiernos van a limitar inevitablemente el gasto en las ideas que suenan descabelladas “porque sería políticamente peligroso gastar dinero público en ideas descabelladas”. Y agrega: “A veces tenemos que apoyarnos en individuos ricos y privados para financiarlas”.
El libro recoge un caso de falta de financiación. Ronald Mallett, profesor de física estadounidense que investiga el viaje hacia el pasado, ideó en la primera década del siglo XXI un diseño de 2000 láseres de anillo. Al momento de la redacción nadie lo había intentado, por falta de financiación y por el retiro del propio Mallett. Según el texto, otros físicos se muestran escépticos sobre la posibilidad de reproducir las condiciones de ese diseño y sobre si el efecto sería lo bastante fuerte para detectarse, y tampoco está claro que el experimento llegue a financiarse.
El GPS, la NASA y las aplicaciones que se atribuyen a la ciencia
“No todo termina siendo útil; de hecho, la relatividad rara vez lo es”, advierte Clegg. El GPS figura entre “uno de los pocos ejemplos” en que la teoría tiene una implicancia cotidiana. Según el libro, los satélites del sistema están a unos 20.000 kilómetros de altura y, sin la corrección del efecto combinado de la relatividad especial y la general, se desviarían varios kilómetros de la precisión necesaria en un solo día, de modo que el sistema quedaría inutilizado.
A veces surgen derivaciones inesperadas de la ciencia teórica pura que ayuda a comprender el universo, aunque no se puede saber de antemano cuáles serán. Para ilustrarlo, el autor propone una imagen: “Se puede pensar en el conjunto de la teoría como algo parecido a una biblioteca: no podemos decir que todos los libros de la biblioteca se van a sacar con frecuencia, pero sin la biblioteca no podríamos pedir prestado ningún libro”.
También cree que existe una tendencia a poner demasiado énfasis en las aplicaciones y derivaciones. A menudo se atribuye al programa espacial de la NASA el origen de cosas como las microcomputadoras o el teflón, pero “en la práctica, rara vez son ciertas”. Según detalla, las primeras computadoras de los módulos Apollo “no tuvieron ninguna influencia real en el desarrollo comercial” y el desarrollo del teflón “no tiene nada que ver con la NASA”. Su conclusión: “Es mejor poner el acento en la necesidad humana de empujar la frontera, en lugar de en aplicaciones espurias”.
La prensa, la escuela y el tiempo como puerta de entrada
La prensa y las oficinas de prensa de las universidades, a juicio de Clegg, “publican demasiada ciencia especulativa como si fuera establecida”. Y opina: “Sería mucho mejor ceñirse a la ciencia bien establecida, donde sigue ocurriendo mucho que es emocionante, y dejar la especulación de lado hasta que las cosas estén más claras”.
El interés del público por el tiempo y los viajes en el tiempo funciona, para el autor, como “definitivamente una puerta de entrada”. Le gustaría que la física escolar incluyera temas como la teoría de la relatividad especial: “Las matemáticas para entender por qué el tiempo se ralentiza cuando observamos una nave en movimiento están al nivel que se enseña a chicos de quince años, y las implicancias del viaje en el tiempo son mucho más emocionantes que el tipo de física que suelen enseñarles”.
Cuando se le pide un argumento para quien desconfía del gasto en ciencia, Clegg lo plantea en términos humanos: la ciencia, tanto como el arte, tiene que ver con algo que está en el centro de lo humano. “Somos narradores enormemente curiosos. Queremos saber qué hay a nuestro alrededor y por qué es como es; esa necesidad impulsa tanto la religión como la ciencia”, dice. Y cierra: “Seríamos mucho menos ricos en nuestra comprensión de nuestro lugar en el universo si no hiciéramos ciencia por el conocimiento puro tanto como por las aplicaciones”.
Sobre los experimentos con el tiempo, el libro cuenta que el más temprano de los que mostraron un viaje al futuro a pequeña escala consistió en reservar un reloj atómico en una serie de vuelos comerciales alrededor del mundo, porque los científicos no podían costear el alquiler de un avión. Al volver, el reloj mostraba una hora atrasada por una fracción de segundo respecto de otro reloj atómico que no se había movido.
















