

Una investigación liderada por la Universidad del Sur de California (USC) echó por tierra una creencia muy extendida en el mundo del fitness: que la música fuerte es necesaria para rendir más.
El trabajo analizó a 189 personas que asistían regularmente a clases de entrenamiento con pesas en Los Ángeles. Los investigadores dividieron las sesiones en dos grupos: uno con música a un promedio de 91,4 decibeles (el equivalente aproximado a una cortadora de césped o un taladro) y otro con música a 88,5 decibeles —una diferencia que puede parecer menor, pero que en términos de exposición auditiva acumulada es significativa, ya que la escala de decibeles es logarítmica.
Al finalizar cada clase, los participantes completaron encuestas de esfuerzo percibido. El resultado fue contundente: quienes entrenaron con música más baja no reportaron sentirse menos exigidos ni menos motivados. El rendimiento subjetivo fue equivalente en ambos grupos.
“Reducir el volumen de la música en las clases de fitness grupales no produjo reducciones significativas en el esfuerzo percibido, y puede reducir el riesgo de pérdida de audición inducida por ruido”, escribieron los autores en la revista científica JAMA Otolaryngology – Head and Neck Surgery.
Por qué 3 decibeles importan más de lo que creés
La diferencia entre 88 y 91 decibeles puede sonar mínima, pero el oído no funciona en escala lineal. Según los estándares de la Administración de Salud y Seguridad Ocupacional de Estados Unidos (OSHA), a 90 dB el umbral de exposición segura es de ocho horas. A 93 dB, ese límite se reduce a la mitad: cuatro horas. A 96 dB, a dos horas.

Franki Oliver, gerente de audiología de la organización británica RNID (Royal National Institute for Deaf People), advierte que la exposición repetida a música fuerte es una de las principales causas de pérdida auditiva y tinnitus —ese zumbido persistente en los oídos que afecta a millones de personas—. “La buena noticia es que también es una de las más prevenibles”, señala.
Una clase de fitness de 45 a 60 minutos tres o cuatro veces por semana, año tras año, con niveles de sonido superiores a los 90 dB, representa una exposición acumulada considerable. El daño auditivo provocado por ruido es irreversible: no existe tratamiento para recuperar las células ciliadas del oído interno una vez que se deterioran.
La música ayuda, pero no por el volumen
Esto no significa que apagar los parlantes sea mejor opción. La psicología del deporte lleva décadas documentando los beneficios de entrenar con música. El investigador Matthew Stork, especialista en psicología del ejercicio, explica que durante la actividad física el cuerpo genera señales de fatiga —aumento del ritmo cardíaco, acidez muscular, dificultad para respirar— y la música puede actuar como un distractor cognitivo que reduce la percepción de esas sensaciones.

Además, funciona como regulador del estado de ánimo. Canciones asociadas a recuerdos positivos o con letra motivacional pueden aumentar la predisposición al esfuerzo, especialmente en ejercicios de alta intensidad como el HIIT o el entrenamiento en circuito.
Lo que realmente influye en el rendimiento: el tempo, no el volumen
El profesor de kinesiología Christopher Ballman señala que el tempo —es decir, la velocidad de la música medida en pulsaciones por minuto (BPM)— tiene un impacto mucho más documentado sobre el rendimiento que el volumen. Para ejercicios cardiovasculares como correr, andar en bici o remar, el rango óptimo suele ubicarse entre los 120 y los 140 BPM, una frecuencia que tiende a sincronizarse con el ritmo cardíaco durante el esfuerzo moderado-alto.
A esto se suma el factor de preferencia personal: escuchar música que genuinamente te gusta genera una respuesta emocional positiva que puede traducirse en mayor motivación y en una experiencia de entrenamiento más placentera. En otras palabras, una playlist armada con tus canciones favoritas a volumen moderado puede ser más efectiva que reggaeton a todo volumen que no elegiste.
Señales de alerta que no deberías ignorar
Los especialistas recomiendan estar atentos a estos síntomas después de una exposición frecuente a música fuerte:
- Tinnitus poscarga: zumbidos o pitidos en los oídos que aparecen al terminar la clase y tardan en desaparecer.
- Sensación de oído tapado o de escuchar todo “amortiguado” durante las horas siguientes al entrenamiento.
- Dificultad para seguir conversaciones en ambientes ruidosos, o necesidad de subir el volumen del televisor o el celular.
Si estos síntomas se repiten, lo más conveniente es consultar con un fonoaudiólogo o un médico otorrinolaringólogo antes de que el daño se vuelva permanente.
Una solución simple que los gimnasios pueden adoptar ya
El estudio de la USC ofrece un argumento sólido para que los gimnasios y estudios de fitness reconsideren sus protocolos de sonido. Bajar el volumen entre 3 y 5 decibeles no afecta la experiencia de los usuarios ni su rendimiento —pero sí puede hacer una diferencia enorme en su salud auditiva a largo plazo.
En países como el Reino Unido, organizaciones como RNID ya trabajan junto a cadenas de gimnasios para establecer límites de volumen recomendados. En Argentina, donde no existe regulación específica sobre el nivel sonoro en espacios de fitness, la iniciativa por ahora depende de instructores y operadores que estén dispuestos a informarse y actuar.
Hasta que eso cambie, la sugerencia es simple: si podés escuchar la música, ya está haciendo su trabajo.















