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A los 33 años, Malory llevaba en Bélgica un estilo de vida ordenado y predecible. Con un empleo formal que le reportaba un ingreso mensual de unos 2.000 euros, contaba con auto propio, bienes materiales y estabilidad económica.

Sin embargo, detrás de esa aparente tranquilidad atravesaba un cuadro de depresión alimentado por una rutina que sentía vacía y carente de propósito.

Ante esa crisis personal, tomó la decisión de dar un giro definitivo a su realidad, desprenderse de sus pertenencias y comenzar una travesía orientada al autodescubrimiento y la vida sustentable.

Un recorrido global marcado por el desapego y la meditación

El proceso de cambio de Malory comenzó con una prueba de confianza e introspección al recorrer 2.500 kilómetros a pie durante 87 días en el Camino de Santiago, prescindiendo por completo de teléfonos inteligentes para aprender a apoyarse en la comunidad.

Más tarde se trasladó a Tailandia para profundizar en las prácticas de meditación y la filosofía budista, antes de fijar su destino en América del Sur.

Al arribar a la Argentina inició una extensa travesía a dedo que lo llevó a conectar Buenos Aires, las Cataratas del Iguazú, la Patagonia e integrar todo el trazado de la Ruta 40, realizando tareas de voluntariado en Bariloche.

Durante su paso por la provincia de Córdoba, tomó contacto con la permacultura y la bioconstrucción, herramientas que redefinieron su visión sobre el hábitat y el consumo.

De la ruta al refugio propio en el monte cordobés

Para afianzar ese aprendizaje, adquirió un motorhome al que bautizó “La Tortuguita”, vehículo en el que recorrió diversos emprendimientos ecológicos de la región.

Tiempo después impulsó una rifa comunitaria para vender la unidad y destinar esos fondos a la adquisición de un terreno de 260 hectáreas en Altautina, dentro del valle de Traslasierra.

En ese predio se radicó de forma permanente para edificar su vivienda familiar con barro, cañas e insumos reciclados.

Desde allí promueve la conservación del bosque nativo, la alimentación consciente y la regeneración del suelo, tras dejar atrás hábitos de consumo como el alcohol para consolidar una cotidianeidad austera basada en la colaboración mutua.

Un aprendizaje de vida: usar el miedo como guía para el cambio

En el tramo final de su reflexión, Malory compartió las claves de su proceso de adaptación y el cambio de mentalidad necesario para abandonar la zona de confort.

Aconseja utilizar el temor no como una traba, sino como una brújula para dar pasos paulatinos pero sostenidos en el tiempo, manteniendo la disciplina sin culparse ante eventuales contratiempos.

Para el belga, la verdadera transformación radica en reconectarse con los ritmos de la naturaleza y valorar la vida comunitaria.

Su experiencia demuestra que es posible replantearse las prioridades y construir un proyecto de vida autónomo, respetuoso del medio ambiente y alejado de los mandatos del consumo tradicional.