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En 2012, Rocío dejó Buenos Aires y llegó a Traslasierra, Córdoba, con una carpa, algunos cajones, una hija de apenas un año y la decisión de empezar una vida completamente diferente. Se instaló en Achiras Arriba, un pequeño pueblo ubicado sobre San Javier, a unos cuatro kilómetros de su plaza.

Por entonces, el lugar era muy distinto al de hoy. El camino prácticamente no tenía tránsito y en la zona donde decidió instalarse no había vecinos. Allí comenzó una experiencia que cambiaría para siempre su manera de entender la vida: durante los primeros cuatro años vivió sin luz y levantó progresivamente su propia casa con barro, piedra, madera y otros materiales que encontraba en el entorno.

De Buenos Aires a una vida en el monte

Rocío, que hoy tiene 38 años y es madre de dos hijas, contó que en Buenos Aires llevaba una rutina que ya no sentía propia. Trabajaba durante el día y luego tenía otro empleo para poder pagar el alquiler, los servicios y los gastos cotidianos.

La sensación de que su vida consistía únicamente en trabajar para mantener esa estructura fue uno de los motivos que la llevó a buscar un cambio.

Cuando llegó a Córdoba, tenía el terreno, pero no contaba con dinero suficiente para construir. En lugar de esperar a reunir los recursos, comenzó a avanzar con lo que tenía. Compró un pico y una pala y, poco a poco, fueron apareciendo los materiales y las herramientas que necesitaba.

“Las cosas van apareciendo mientras uno va avanzando”, explicó durante una entrevista.

Una casa construida con barro, piedra y materiales del lugar

La primera construcción que hizo tenía apenas siete metros cuadrados. Allí estaban la cama, otra cama, una cocina económica y los cajones que utilizaba para guardar sus cosas.

Con el tiempo comenzó a ampliar el espacio y a experimentar con distintas técnicas de construcción natural. La vivienda actual combina piedra, barro, madera y quincha, entre otros elementos.

Rocío cuenta que muchas partes de la casa las hizo sola. Levantó paredes y realizó incluso la instalación de agua, aunque también reconoce que no todo el proceso fue individual: varias personas pasaron por el lugar y colaboraron en distintas etapas.

Uno de los elementos que más destaca es el techo, construido con una técnica que permite que sea autoportante, sin una columna en el centro. También reutilizó materiales y objetos para algunas partes de la vivienda, como una llanta de automóvil.

El proceso de construcción todavía no está completamente terminado. Hay sectores exteriores que requieren trabajos de revoque y algunos detalles pendientes.

Cuatro años sin luz y una vida con lo imprescindible

La adaptación a esa nueva vida no fue sencilla. Rocío pasó sus primeros cuatro años sin electricidad y durante ocho años tampoco tuvo espejo.

En aquel momento llegó a quedarse sola en el monte con sus dos hijas. El miedo fue una parte importante de esa experiencia, especialmente durante las noches, cuando cualquier ruido podía generar incertidumbre.

Con el tiempo encontró herramientas para atravesarlo y también comenzó a abrir su espacio a otras personas. La vida comunitaria terminó convirtiéndose en una parte fundamental de la experiencia.

Además de construir su casa, creó una huerta y plantó distintos árboles frutales, entre ellos un palto, una higuera, un nogal y un pomelo.

La casa que había imaginado desde chica

Para Rocío, la vivienda tiene un significado que va mucho más allá de sus paredes.

Contó que desde niña solía dibujar casas con determinadas características y que, cuando llegó a Córdoba, descubrió que podía construir una vivienda siguiendo aquella imagen que había imaginado durante años.

Con el paso del tiempo también entendió que su verdadero sueño no era únicamente tener una casa en el monte. Su objetivo estaba relacionado con acompañar el crecimiento de sus hijas y construir una vida diferente junto a ellas.

Hoy ya no vive en aquella casa: se mudó a Villa de las Rosas y la vivienda quedó alquilada. Sin embargo, todo lo aprendido durante esos años se transformó en una nueva etapa. Rocío actualmente acompaña a personas que quieren construir sus propios hogares y asegura que lo que más la entusiasma es ayudar a quienes creen que no cuentan con recursos para hacerlo.

Su historia comenzó con una carpa, una hija de un año y un terreno en medio del monte. A partir de allí, durante años fue construyendo mucho más que una casa: una forma de vida.