

En una era dominada por algoritmos que nos exigen “estar bien” y filtros que ocultan cualquier rastro de angustia, Gabriel Rolón propone un camino a contramano. Para el psicoanalista y escritor, la felicidad no es una meta a alcanzar ni un estado de plenitud constante, sino un trabajo cotidiano que requiere coraje.
“Ser feliz implica una responsabilidad muy grande”, asegura Rolón. Esta premisa desarma la idea marketinera de que la felicidad es una elección opcional: para el autor, sentirse pleno es una tarea consciente que implica despojarse de expectativas ajenas e inalcanzables.
De la felicidad a la “faltacidad”: qué dice Rolón
En su último trabajo editorial, titulado precisamente La felicidad, Rolón introduce un término que ya resuena en consultorios y redes sociales: la “faltacidad”. Este neologismo surge de la raíz del pensamiento lacaniano, donde “la falta” es lo que nos constituye como sujetos.
- ¿Qué es la faltacidad? Es la capacidad de integrar las ausencias, los dolores y las heridas en nuestra propia historia.
- La crítica a la positividad tóxica: Rolón se aleja de las corrientes que simplifican el bienestar. Según el analista, no existe una felicidad pura; lo que existe es una “felicidad imperfecta” que habita en la eternidad del aquí y ahora.
“Hay que construir felicidad en el presente”, sostiene. Mirar con nostalgia el pasado o con ansiedad el futuro solo sirve para anular la existencia actual.
Uno de los puntos más profundos de su análisis es la función del amor. Lejos de las visiones románticas ideales, Rolón lo define como un “invento maravilloso de los hombres para engañar a la muerte”.
En un contexto de soledad existencial, el afecto sirve para que la tristeza sea menos perturbadora. Sin embargo, amar conlleva un riesgo ético que pocos mencionan: otorgarle poder al otro.
La ética del poder en la pareja
Rolón advierte que amar a alguien es darle las herramientas para herirnos. Por eso, define al amor sano no por la ausencia de conflictos, sino por la renuncia voluntaria al daño: “La persona que te ama con sanidad es la que renuncia a usar ese poder para ganarte una discusión o lastimarte cuando siente enojo”.
Para el psicoanalista, desde que nacemos estamos rodeados de mandatos. Las expectativas de los padres, las presiones sociales y las opiniones ajenas terminan construyendo lo que él denomina un “destino impuesto”.

Frente a esto, el rol de la terapia es disruptivo. “Me gusta definir al psicoanálisis como el arte de intentar que alguien no cumpla su destino”, explica. El objetivo es que el sujeto deje de ser “excéntrico a sí mismo” (ajeno a su propio centro) para empezar a escuchar su deseo.
Aunque saber qué es lo que uno realmente desea es una de las preguntas más difíciles de responder, Rolón cierra con una nota de esperanza para quienes se sienten estancados: “El deseo no se agota nunca”.















